La creación de la Dirección General de Bibliotecas, Archivos y Museos (Dibam), mediante el Decreto con Fuerza de Ley 5.200, del 18 de noviembre de 1929 unió, al finalizar la década del 20, bajo una misma entidad, a diversas instituciones públicas que conservaban las principales colecciones bibliográficas, culturales y artísticas del país, pero que funcionaban de manera autónoma y sin coordinación administrativa y carecían, por tanto, de una política común que regulara su gestión, definiera sus tareas y planificara su desarrollo. Esto, sumado a la reformulación de la naturaleza del sector fiscal, propiciada por la crisis económica mundial y por la necesidad de mejorar la administración de los recursos públicos, permitió que la Dibam, dependiente del Ministerio de Educación Pública, diera a sus servicios dependientes una “estructura de coordinación, armonía y concordancia. exigida por la misión cultural a que en conjunto están llamados”. Asimismo, fijó las funciones de cada establecimiento y las relaciones entre sí para ”cooperar con eficacia a la educación nacional, divulgando por todos los medios a su alcance los tesoros de sus colecciones y los resultados de sus investigaciones”.
Las instituciones que pasaron a formar parte de la Dibam fueron la Biblioteca Nacional (BN), el Archivo Nacional (AN), el Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), el Museo Histórico Nacional (MHN), los museos regionales de Valparaíso, Talca y Concepción, el servicio de Visitación de Imprentas y Bibliotecas, el Registro de Propiedad Intelectual, el Depósito de Publicaciones Oficiales, y la Biblioteca Departamental de Valparaíso, Santiago Severín, debiendo incorporarse también todas las bibliotecas similares que existían en el resto del país.
Producto de la crisis económica por la que atravesaba Chile en los años 20 y de los escasos fondos que recibió la Dibam durante sus primeros años de existencia, la labor fue compleja, orientándose a organizar una estructura administrativa y a distribuir los recursos que le eran asignados en el Presupuesto de la Nación.
La década del 30 estuvo marcada por esta austeridad y por la urgencia de ordenar el funcionamiento de la industria editorial chilena. Así, la Dibam destinó parte importante de sus esfuerzos al cumplimiento de la obligación del depósito legal (cada libro o impreso impreso en Chile debe dejar copias en la Biblioteca Nacional) y a regularizar la situación de los derechos de propiedad intelectual de numerosos libros de autores extranjeros que se habían reeditado en el país sin consentimiento de sus propietarios.
El impulso de iniciativas culturales, de investigación y de difusión patrimonial no estaba del todo anulado por la falta de recursos. La Dibam contaba con profesionales e intelectuales capaces de emprender dicha tarea, y podía convocar a otras instituciones a comprometerse en este tipo de proyectos. En conjunto con la Universidad de Chile se reinició la publicación de importantes series sobre literatura e historia comenzadas con ocasión de la celebración del centenario de la Independencia, como la “Biblioteca de Escritores de Chile”, que había reeditado a autores del siglo XIX, y que fue continuada con obras más recientes; en tanto que la “Colección de historiadores y de documentos relativos a la Independencia de Chile” siguió publicándose hasta 1966 con el apoyo de la Sociedad Chilena de Historia y Geografía y con la participación de numerosos investigadores.
Al comenzar la década del 40, la Dibam ya había logrado regularizar su funcionamiento y convertirse en un actor gravitante para la cultura y la educación del país. El quehacer de la Biblioteca Nacional se extendió por todo el país mediante los vínculos establecidos con 602 bibliotecas públicas y privadas, –a las que proveía de obras que recibía a través de los servicios de depósito legal y de visitación de imprentas, o que eran el resultado de los proyectos de investigación histórica y literaria que lideraba. Simultáneamente, incrementaba sus convenios de canje en el extranjero, lo que permitía que sus colecciones crecieran a un ritmo mayor que el presupuesto asignado para adquisiciones.
El Archivo Nacional Histórico, gracias a acuerdos de colaboración con la Academia Chilena de la Historia y la Sociedad Chilena de Historia y Geografía, aceleró el proceso de catalogación de sus colecciones documentales y de publicación de algunas de éstas consideradas de utilidad para los investigadores.
En cuanto al patrimonio natural, el Museo Nacional de Historia Natural realizó numerosas expediciones en terreno para recopilar especies y muestras destinadas a incrementar sus distintas secciones. Al finalizar la década, se incorporó a la dirección el Museo Arqueológico de La Serena, creado en 1943 por la municipalidad de esta ciudad, para albergar las muestras encontradas a lo largo de décadas por investigadores locales. La exhibición al público de este material condujo a muchos particulares a donar las piezas que tenían en su poder, incrementando rápidamente la colección del museo, por lo que el apoyo de la Dibam resultó fundamental para atender sus necesidades de catalogación, almacenamiento y exhibición.
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