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Antropólogo por Manuel Vicuña






 
 

Históricamente, el sentimiento religioso nació como un conjuro para disipar el poder de la muerte, rindiendo homenaje a los difuntos y ensalzando la fertilidad que renueva los ciclos de la vida. A la luz de esta evidencia plurimilenaria debería entenderse el atractivo, causa de su explosiva propagación mundial, del movimiento espiritista originado a mediados del siglo XIX en Estados Unidos. En Chile adquiere presencia pública en la década de 1870. Entonces se funda la primera revista espiritista local, punto de arranque de la propaganda del movimiento, entre cuyos seguidores se contaron prominentes intelectuales de filiación liberal, mujeres patricias aficionadas a desafiar la tutela del clero, y obreros de la pampa salitrera con credenciales anarquistas. Daría para rato hacer el inventario de los bienes inmateriales que el espiritismo prometía a sus seguidores. Concentrémonos en uno, muy vistoso y persuasivo: domesticar a la muerte para serenar la conciencia de los mortales, acosada por las imágenes -recuerdos y previsiones- de sus incursiones predatorias en la vulnerable ciudad de los vivos.

Quienes se comprometen con el espiritismo coinciden en señalar su capacidad para dispensar consuelo frente a la experiencia de la muerte, que suelen dulcificar sin eludir o minimizar el dolor físico de la agonía. A primera vista, destaca la promesa de preservar los vínculos afectivos con los seres queridos, aun menos distantes que los familiares o amigos vivos residentes en el extranjero, merced al trato directo de las comunicaciones mediúmnicas. Por esta vía, se aligeraba la sensación abrumadora de la pérdida afectiva. A la vez, se desdramatizaba la irrupción de la muerte, reducida al esquema cordial, en opinión de los espiritistas, del fin natural de una jornada del itinerario corporal del alma en el devenir de las reencarnaciones. Desde este punto de vista, el luto y su aparato lúgubre que compromete a los sobrevivientes, en particular a las mujeres, en ritos y prácticas que replican simbólicamente el retiro del mundo por parte del difunto, pierde razón de ser. La muerte, de acuerdo a una imagen grata a los espiritistas, representa el abandono de la “envoltura material” por el alma, metamorfosis a su entender análoga al nacimiento de la mariposa a partir de la crisálida. En las notas necrológicas que consignan la muerte de los “hermanos”, los espiritistas no tardan en apuntar que la pérdida del compañero en vida se compensa con la ganancia del auxilio debido a un nuevo espíritu amigo, ahora libre de las cortapisas físicas y morales de la existencia corporal. La muerte -anunciaron el año 1910, en uno de sus medios de propaganda- no es ya el “ángel destructor” del pasado, sino el “ángel de luz” que acude a liberar al “alma de su estrecho calabozo material”.

En tales circunstancias, la muerte no debe infundir temor, ni pena la partida de los seres queridos. En 1904, al momento de anunciar la muerte de Maipina, la itinerante hija escritora de Eduardo de la Barra, se precisó en la revista del centro espiritista de Santiago creado en homenaje a su padre: “No diremos los espiritistas que estamos de luto por esta pérdida -como dirían los profanos-porque semejante expresión es demasiado fúnebre, para indicar el desprendimiento de un alma tan elevada de su envoltura corporal”. No sólo los exponentes del movimiento persistirán en señalar que el ritual de la sesión ponía en marcha operaciones de reintegración cósmica entre vivos y muertos, capaces de remediar las dislocaciones psíquicas acarreadas por la muerte. De hecho, quienes se sumaron a sus prácticas en privado, tampoco pasaron por alto estas propiedades benéficas: aminorar la virulencia de un acontecimiento fatídico que ensombrece la vida con temores anticipatorios. Arturo Prat, según consta en los protocolos de las sesiones realizadas durante 1876 en el círculo porteño de Jacinto Chacón y Rosario Orrego, en donde marido y mujer oficiaban de médium, cuando menos ese año sólo buscó comunicarse con su hija y su padre difuntos; muerto Prat, sintomáticamente, la viuda reanudará el diálogo con su marido a través de las sesiones mediúmnicas. Como la muerte ya no interrumpe de golpe y para siempre las relaciones afectivas, es posible reanudar los diálogos y, en caso de disputas, reparar las relaciones dañadas; mediante este recurso, buscaban calmarse los remordimientos del deudo que teme haber quedado irremediablemente en falta con la persona fallecida.

Consuelo ante el lecho del agonizante y ante la imagen de los difuntos imprevistos, el espiritismo niega a la muerte la radicalidad de un corte que desgarra la trama cotidiana de la vida familiar. No es aventurado, entonces, considerar al espiritismo como una suerte de ars moriendi. La reiterada constatación “empírica” de la inmortalidad del alma en el marco experimental de las sesiones, remedo del trabajo de laboratorio, haría bastante más que acallar a los materialistas que profieren la disolución del ser en la descomposición física. El testimonio de los espíritus pretende zanjar otras cuestiones también. En el vocabulario del movimiento, los sujetos “desencarnados” siempre preservan su identidad individual (si bien cuesta elucidar qué le prestaba coherencia, considerando la abismal disparidad que puede haber entre vidas sucesivas, fragmentando en unidades inconexas la conciencia de sí mismo). Teóricamente, esta identidad, de manifiesto en una voluntad independiente, se arraiga en una memoria estratificada en perspectiva temporal, que conserva las relaciones afectivas cultivadas en vida, con los correspondientes apegos emocionales a personas concretas, encarnadas o no. Según los espiritistas, que apelan a la experiencia personal a fin de persuadir al resto del valor curativo de su doctrina, ello serena a los deudos. Por dos razones complementarias. Para empezar, pueden consolarse con la idea de restablecer el trato interrumpido con sus seres queridos; y, acto seguido, adquirir la certeza de que su propia muerte no les depara la pérdida irreversible del contacto con los sobrevivientes, ni tampoco el abandono definitivo del mundo con el cual se encuentran emocionalmente comprometidos. “Los espíritus –tal como se adujo en 1903, para recordar la reciprocidad requerida por el pacto social que, fundado en el deber de la memoria activa, mantiene unidos a vivos y muertos—conservan aquellos afectos serios que tenían en la tierra, se complacen estando al lado de los que han amado, sobre todo cuando son atraídos por el recuerdo y por los sentimientos afectuosos que les guardamos, al paso que se muestran indiferentes con los que de ellos no se acuerdan".

Durante el congreso espiritista internacional celebrado en 1913 en Ginebra, se reiterarán las virtudes confortadoras del nuevo credo, con la solemne retórica heredada del siglo XIX: “A todos los que lloran la muerte de seres queridos y tocan con la frente el mármol de los sepulcros; a la madre privada de su niño, a la mujer inconsolable viuda de un esposo adorado, el espiritismo lleva todos los consuelos, todas las certidumbres”. No por nada la prensa chilena atenta a sucesos europeos consignará, en 1919, el “renacimiento” del espiritismo a raíz de las bajas de la Primera Guerra Mundial. Con su secuela de muertes y deudos ansiosos por amortiguar el impacto de las pérdidas, el diario La Nación señaló el aumento de sus adeptos en el Viejo Mundo. No faltan los relatos ejemplares de padres y madres inmersos de improviso en el espiritismo con el propósito de encauzar el amor filial y el reclamo de consuelo hacia un remedo de contacto con sus hijos fallecidos en las trincheras. Baste el caso del médico Arthur Conan Doyle, autor de los relatos sobre Sherlock Holmes. Tras décadas de meditado examen y escepticismo vigilante, adhirió sin reservas al espiritismo. Desde ese entonces, lo pregonó en opúsculos y lo predicó en conferencias como la nueva revelación religiosa (a la espera de un Mesías equiparable a Cristo) para un mundo arrasado por la hecatombe de la guerra, trasladando al horizonte del Más Allá la visión a la vez arcaica y moderna de la sociedad ideal común en el imaginario utópico occidental. El hecho es que a raíz del conflicto, Conan Doyle tuvo que lamentar la muerte de su hijo Kigsley. Esta ausencia personalizó sus investigaciones psíquicas, de súbito convertidas en el urgente antídoto contra la carencia, y no ya en experimentos realizados con el desapego del diletante. Consten aquí también sus contactos “con trece madres que se comunican con sus hijos muertos”; doce de ellas (según sabía), nunca se habían interesado en tales prácticas con antelación a esos fallecimientos.

Dado que la sociedad de los vivos reside en permanente y estrecha, íntima vecindad con el mundo de los espíritus, la asistencia entre unos y otros desarrollaría lazos de perenne fraternidad universal. El francés Allan Kardec, máximo referente doctrinario del espiritismo, con su acostumbrado talante visionario, llegó a hablar de la extinción de la ausencia y, como contrapartida, del cese de la soledad de quienes se creían aislados entre los avatares del universo visible. “Quise entonces –refirió en 1902 el espíritu de un tal Alejandro Moreau, con tribuna en una revista chilena- comunicarme con mi mujer, por medio del espiritismo, y darle el único consuelo que pueden dar los invisibles”, esto es, poder “comunicarme todos los días con ella y hacer que aproveche los conocimientos por mí adquiridos”. Espíritus locuaces como éste, premunidos de la autoridad testimonial de quienes ejercen como corresponsales en el territorio extranjero situado más allá de los límites de la muerte, con ayuda del médium sortean los puestos fronterizos de la materia, enviando mensajes que intentan aplacar la angustia de la agonía, despejar dudas sobre la vida de ultratumba y, a veces, obtener certidumbres relativas a la existencia y a la naturaleza de Dios. “¡Qué medio más fácil de mirar a plena luz a través del impenetrable i tenebroso velo del más allá!”, acotó un cronista indócil a los encantos del espiritismo. Preciso que los espiritistas, contra la desintegración de las estructuras familiares, no se conformaban con proponer la alianza o la comunión entre seres corporales y espíritus desencarnados con historias comunes; en efecto, tras la muerte, eventualmente se reconstituyen los lazos de sangre, instaurándose comunidades afectivas que reproducen, en otro plano, las formas de solidaridad relacionadas con las familias convencionales. En 1914, cuando se informó de las exitosas sesiones celebradas “en casa de una distinguida señora de Santiago”, con la participación de “personas de lo más honorable de nuestra sociedad”, congregadas en virtud del “noble propósito” de “consolar a una madre que lloraba la pérdida de su hijo”, el difunto, requerido por una médium, quiso tranquilizar a su madre refiriendo la ayuda recibida en el Más Allá por parte de sus ancestros, espíritus tutelares en esta nueva etapa de su existencia.

Ya queda en claro: el espiritismo estimuló la veneración por los muertos, pero no al estilo convencional y ortodoxo entre los cristianos. La comunicación con los difuntos, o los actos, las plegarias y los rituales destinados a mantener a flote su recuerdo en la memoria y en los procederes de los vivos, se desterritorializan al abandonar o al menos desbordar el enclave funerario de los cementerios. Ahora, los espíritus desencarnados cohabitan con los vivos, trajinando alrededor nuestro, como entidades que acuden al llamado de los suyos, compartiendo, si es que no participando, de sus peripecias e inquietudes. Ahora, el vértice de comunicación entre lo visible y lo invisible, de apertura al Más Allá, de conexión trascendental, se instala en los salones de las casas, en la intimidad del hogar, en el escenario doméstico de la sociabilidad.

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Historiador Manuel Vicuña
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