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Antropólogo por Renato Cárdenas

Los numerosos ritos, creencias y costumbres asociados a la muerte en la tradición chilota, dan cuenta de una rica cultura donde se mezcla la cosmovisión de los pueblos originarios con la cultura cristiana. Revisamos aquí algunas de sus manifestaciones.

 
 

En latín Cemeterium es dormitorio. En Chiloé los panteones miran al este, igual que las casas de los vivos.

Durante la Colonia el lugar de enterramiento de los muertos era la iglesia, al menos para los privilegiados. Cuando se repuso el piso de la iglesia de Achao, alrededor de 1976, se encontraron muchos cajones mortuorios; los dejamos en sus lugares. La Iglesia prohibió el enterramiento en intramuros y el Estado legisló respecto de los cementerios. Pero los cementerios de campo, en general, quedaron anexos a la iglesia y así fueron dotados por la comunidad de la misma sacralidad que se le confiere al templo. Cualquier actividad ajena al camposanto puede entenderse como profanación. Tampoco puede sacarse nada de él, ni flores, ni madera, ni tierra.

–“No sirve dejar estos gualatos con tierra de cementerio. Dicen que las siembras no producen”–, me asegura una mujer inclinada sobre el riachuelo próximo al cementerio.
– “Tampoco hay que sembrar después de haber asistido a un funeral; ni siquiera se puede atravesar una siembra después de haber estado en un cementerio o funeral”-– Finalmente me secretea:
–“Es que la tierra de cementerio es muy dañina. Hay gente envidiosa que tira esta tierra por las cuatro esquinas de la siembra de un contrario para arruinarla.”

El territorio de la muerte está aislado de los vivos, pero conectado en fechas rituales. Sin embargo, estas pequeñas ciudadelas recrean el imaginario de la sociedad local. En el antiguo cementerio de Castro, por ejemplo, las lápidas permanentes no inscriben apellidos indígenas, los que han quedado en los márgenes, en fosas comunes.

Cultura de la muerte
Dos tradiciones sustentan la muerte en este archipiélago. Los españoles impusieron el catolicismo barroco y, con esa doctrina, el pecado y la búsqueda de la purificación. En este imaginario se entiende que el diario vivir es el escenario preparatorio para la muerte: “buena vida para alcanzar una buena muerte”. Por eso los jesuitas se preocupan de dotar a todas las poblaciones de Chiloé de un asistente –el fiscal– que administrará dos sacramentos fundamentales: el bautismo y la extremaunción, para que al morir estas almas no estén en pecado.

La religión mapuche, en cambio, no concibe un juicio final, porque los espíritus tutelares –sus ancestros– al momento de la muerte no juzgan el comportamiento humano de sus parientes. Los antiguos mapuches, eso sí, no concebían la muerte como un proceso natural, sino como un "daño" provocado por sus enemigos. Esto los alertaba para estar siempre prevenidos, "sin bajar las defensas", para evitar que el mal entre a su cuerpo. La machi combatirá las enfermedades haciendo que su paciente expulse el mal con vomitivos y digestivos. Si no resultan las plantas, está la operación mágica: el “machitún”.

La simbiosis de educación mapuche y europea crea una cultura basada en la desconfianza y los peligros del cotidiano. Para unos el pecado los puede acarrear a la condenación eterna; para los nativos, en la naturaleza están los males que los pueden llevar a la muerte. El entorno, eso sí, da señales y la tradición crea prohibiciones. Estas concepciones se mezclan hoy en complejas formas de pensamiento mágico.

Mitos
El negro es el color de la muerte, la noche su espacio. No hay que responder a ninguna llamada que no sea hecha por alguien conocido. Ni tampoco gritar y andar con desorden en la playa ni en el mar. La basura no se bota en la noche. Quien transgreda estas normas será sancionado con la muerte.

Los brujos representaban el peligro mayor para los “limpios” o cristianos. Su hábitat es la noche. El catolicismo los combatirá con los símbolos de su religión: la cruz, el agua bendita, las oraciones… y si eso no resultare, frases de grueso calibre espantan a “coos” y otros voladores nocturnos.

Los cristianos establecen una persecución, por siglos, contra los brujos, que es absolutamente coincidente con la disputa territorial y de poder entre los europeos y los mapuches de estas islas. Su expresión más significativa es el “Proceso contra los Brujos de Chiloé” que tuvo lugar en Ancud entre 1880 y 1882, y provocó el encarcelamiento de casi un centenar de isleños acusados de crímenes relacionados con la brujería. Los mapuches de Cucao creen que una vez que mueren, su alma se instala en los roqueríos agusanados de Pirulil. Desde allí llaman por balseo y desde el Pacífico ruidoso aparece “Tempilcahue” entre las olas, con su barquichuela blanca. Así pasan al “Más allá”.

“El Caleuche” es otro mito relacionado con la muerte. Su tripulación está compuesta por náufragos rescatados por este barco de arte. –Nadie debe mirar a estos caleuchanos porque al año mueren–, me dicen en Apiao.

Muertos en vida, como los que describe Evaristo Molina, en Quinchao, a mediados del siglo XX: “…el muerto va caminando muy lentamente con sus propias piernas, seguido por un gran séquito de brujos, que van cantando responsos y otros cánticos fúnebres (...) cuando se resiste mucho lo hacen caminar a fuerza de azotes.”

Los mapuches creían que los “calcus” serían brujos que enganchaban el alma o “am”, cuando iba a abandonar el cadáver. El muerto pasa entonces a ser el “huichal-alhué”, un alma esclavizada por estos hechiceros quienes la usaban para hacer daño a sus enemigos. Si escapa a este trance el Am se transforma en “Pulli” y abandona los lugares que frecuentó en vida para ubicarse más allá del Océano, allí donde muere el sol. Así lo creen las culturas mapuches de la costa.

Tierra de cementerio y osamentas para hacer improductiva una siembra:
Elena Quintana (Voces... p. 98) dice que el “ñatuén” es el cerebro de los muertos que los enemigos de un agricultor ponen en la cabecera de las siembras para que éstas no produzcan.

Una señora me contaba, en 1979, como ella presenció en Quellón, cuando le “sajaban” la espalda a un cadáver para inutilizar su piel. De esta manera los “Pelapechos” no mancillarían la tumba para confeccionar sus chalecos o corpiños mágicos que les permiten volar. Otra manera de evitar estas profanaciones es colocar cuatro cruces de “quilineja” (quila del monte) en las esquinas interiores del ataúd.

En general, el imaginario mítico de Chiloé es un panteón de esperpentos y criaturas monstruosas asociadas más a la muerte que a la vida. Sin embargo, al interior de esa dimensión se establece cierto resguardo y equilibrio de la naturaleza a través de la muerte, el temor y al castigo.

Meños, auciones y ánimas
Tanto en la tradición religiosa católica como en la mapuche los aparecidos y las ánimas penan y manifiestan su presencia física después de su defunción. Pero también son fuertes las manifestaciones previas que los deudos dicen haber tenido del difunto.

El “aume” es una “aución”, un augurio. Puede manifestarse con martillazos, ruido de serrucho, pasos… sonidos que habitualmente provoca un miembro de la familia cuando trabaja, pero al ir a verificar no se encuentra a nadie.

El “cudequén” o “liuquem” es un misterioso ruido nocturno. Si suena como una brazada de leña, el infortunado será un varón; en cambio, si se siente como si lanzaran una carga de ramas, habrá que pensar en una mujer.

No hay que burlarse de la muerte ni menos provocar situaciones que la provoquen. Resulta de mal gusto tenderse en una mesa o medir directamente a alguien con un metro porque se asocia al cadáver; más sancionado todavía es ponerse dentro de un ataúd. Sin embargo, “Hacer meño” es una conducta involuntaria e inhabitual de un vecino que por lo extraña se piensa que puede estar anunciando su muerte. Entonces es considerado “dache”, o de corta vida, por su comunidad.
–“Si por distracción amanece abierta la puerta principal de una casa…” [Dallico].
–“Si dos parientes o amigos que se han llevado bien por años se empiezan a disgustar es porque uno de ellos está "haciendo meño" y va a morir pronto” [Calen].

Los sueños también son premonitorios de muerte:
Soñar con un banquete [Quenac].
Brasas apagadas o carne [Castro]. Murmuración [Quenac].
Diente: si se cae con dolor, muerte de un pariente o amigo querido; si no duele, muerte de un pariente lejano [Calen].
Dolor: muerte de un pariente. [Achao].
Molino: si gira sin moler nada: anuncia su muerte. [Quinchao].
Acostarse con una mujer fea, significa muerte.
Remos rotos: peligro de muerte.
Santos: muerte de un familiar [Voigue].
Cuando los tiuques se revuelcan en el polvo del camino, por ahí bajará la muerte [San Juan].

El protocolo de la muerte
La familia y la comunidad empiezan a despedir a su deudo desde la agonía. Llegan los vecinos a acompañarlo; el fiscal está a su lado ayudándolo a “bien morir”.

Se cree que el deceso ocurre cuando el mar está en reflujo o bajando la marea. En Quenac creen que la muerte se da a la misma hora del nacimiento.
Al fallecer lo lavan y lo visten con las mejores ropas, pero sin nada metálico, ni dinero, ni joyas, ni botones. En la pieza donde falleció hay que mantener una vela prendida hasta el día del funeral y hay que abrir las ventanas” “para que el alma pueda escapar”. Se pasa el cadáver al salón donde se ha dispuesto la “capilla ardient”. Allí permanecerá por dos noches en velatorio sobre un camastro. El día anterior a su entierro será colocado en la urna. Tradicionalmente estos cajones eran hechos en la vecindad y se utilizaba un “mocho” de alerce que el extinto había adquirido en vida para este fin.

Creencias respecto de estos momentos:
–Cuando a un muerto le quedan los talones blandos es porque llama a uno de sus parientes que lo seguirá en la muerte [Putique].
–Cuando el cadáver no se vuelve duro, es señal de que morirá otro familiar [Quinchao].
–Cuando al morir una persona le queda el pie medio torcido es porque le seguirá otro familiar [Putique].
–Cuando al muerto se le cae el pie derecho al costado señala que el que lo atiende también se le morirá un pariente [Palqui]

Durante estos días y, en especial, en las noches, la casa ha estado repleta de vecinos: cocineras, picadores de leña, amasadoras de pan (mañijas), servidores de trago, rezadores… que hacen de la muerte un rito social y religioso. Se destacan los “romanceos” de las rezadoras, con rapidísimas oraciones, que dan a la atmósfera una melodía especial. Una vez sepultado el deudo volverán los vecinos por nueve noches, hasta el “remate de rezos”.

Estos rituales vecinales de despedida al muerto tienen grandes influencias de los mapuches quienes generaban los mismos encuentros, y durante varios días, comiendo y bebiendo. El sacerdote aparece cuando el difunto va a ser trasladado a la iglesia. Aquí su presencia se siente obligatoria. Debe encabezar responsos y oraciones que son de su autoridad. Los familiares y el pueblo no estarían tranquilos si el extinto no es despedido con una misa. También es responsabilidad de la familia solicitar una “misa de difuntos” al enterar un año de su deceso.

El ataúd sale de la casa con los pies por delante y es llevado en procesión entre dos varas laterales (arandelas), atadas con paños blancos. El difunto va con la cabeza por delante. En la actualidad, con los servicios de pompas fúnebres, ha variado notablemente esta tradición.

La despedida en el cementerio es dramática. La gente llora y se lamenta. Coronas de siempreviva y pompoñ. Siempre me impresionó el responso para el entierro de los difuntos:
“¡Oh, inmortales piadosos
ya lo llevan a enterrar
qué Dios lo saque de pen
y lo lleve a descansar.”

Hay que plantar un arbolito en la sepultura para saber el destino del difunto, nos dicen. Si enverdece va a la Gloria Eterna, si se seca está en las flamas del infierno.

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No hay que burlarse de la muerte ni menos provocar situaciones que la provoquen. Resulta de mal gusto tenderse en una mesa o medir directamente a alguien con un metro porque se asocia al cadáver; más sancionado todavía es ponerse dentro de un ataúd. Sin embargo, “Hacer meño” es una conducta involuntaria e inhabitual de un vecino que por lo extraña se piensa que puede estar anunciando su muerte. Entonces es considerado "dache", o de corta vida, por su comunidad.

 
 
Historiador Renato Cárdenas
Investigador y Director académico del Archivo Bibliográfico y Documental de Chile.