Hace más de 60 años, en una casa cercana del Cementerio Católico, justo al lado de una marmolería, nació don Carlos Luengo, un artesano de lápidas responsable de muchas de las tumbas del Cementerio Católico y de un buen número de inscripciones en estatuas y edificios de Santiago y regiones. Desde joven, don Carlos fue adiestrado en el oficio por el inmigrante griego Aristóteles Arabalopulus, propietario de la marmolería Atenas. Hoy, don Carlos trabaja junto a su hijo y la instrucción de su nieto ya ha comenzado. De esta manera, el oficio permanece en el tiempo sucediendo generaciones.
Los talladores tienen la capacidad de inscribir sobre las piedras diferentes tipos de letras de acuerdo a la sensibilidad de los que encargan el trabajo. Cada tipo de inscripción posee un nombre de fantasía. Así, en la oferta de letras podemos encontrar: “normales”, “góticas”, “manuscritas”, “cuadradas”, “redondas”, “helvéticas” o “perfiladas”.
Según el tallador Miguel Flores, de la marmolería Pax, el estilo más difícil es el “relieve”, donde –a diferencia de todo el resto- no se talla la letra sino su contorno, logrando mediante un bajo relieve, darle la forma.
De esta manera, hoy –bajo nuestras modernas narices– un puñado de artesanos repite un oficio que conoció su esplendor en la Roma Imperial, siglos de siglos atrás, cuando los constructores de templos y palacios inscribieron en ellos palabras pensadas para durar por siempre. Efectivamente, una de las obras cumbres de la letra lapidaria romana, la columna Trajana, fue esculpida cien años antes del comienzo de nuestra era. Sus proporciones y su aplicación en la piedra darán una impronta de solemnidad y eternidad que se asocia de manera directa con nuestro ritual mortuorio contemporáneo: letras sobre la muerte, esculpidas para toda la vida. 
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