Apropósito de las políticas populares acerca de lo que es memorable, una noche de la última semana, volvía a mi casa en taxi y el señor que manejaba me contaba acongojado cómo extrañaba a su nieto de un año y medio y a su hija que se había ido a vivir a Italia con el marido, todos corridos por un seguro destino de pobreza. Me hablaba de la miseria en que fuimos sumergidos por políticos dispuestos a vender el alma al mejor postor extranjero, o al diablo como decía su abuela, y de cómo nos habían despojado de nuestros derechos. Y dicho esto, recordó y trajo a cuento, aunque si bien él no era peronista, creía que ningún político había hecho por el país algo como lo que había hecho Perón. Y me contó emocionado cómo su madre había tirado adentro del tren en que viajaba Evita, cuando pasaba por Mendoza, una carta contando la enfermedad que sufría su hija menor –la hermana del taxista– que requería una cirugía en Buenos Aires que su marido que era ferroviario no podía costear. Y cómo Eva contestó esa carta, y cómo el Estado le costeó el viaje a Buenos Aires y las tres cirugías sucesivas que le devolvieron la salud a su hermana.
Todos los antropólogos, sociólogos e historiadores que hacemos trabajo de campo hemos recogido muchas historias parecidas a ésta, a veces con protagonistas menos famosos que Evita, con los que muchas vidas se encontraron y cambiaron de rumbo. A veces estos encuentros son personales, uno a uno, a veces son colectivos, como los de los hinchas de Boca con Maradona que ya lo declararon Patrimonio Nacional cantando desde la tribuna "Maradona no se vende, Maradona no se va, Maradona es Patrimonio, Patrimonio Nacional" cuando se corría el rumor de que iba a ser vendido a Europa.
Me parece que el contar biografías enteras del nacimiento a la muerte, como hacen los museos, y construir mitos vitales más o menos completos, con un inicio, un desarrollo y un fin, como hacen las novelas, las películas y las obras teatrales biográficas, tiene más que ver con la cultura letrada, es decir, con gentes que escriben y representan de acuerdo con el modelo biográfico escolar y académico y, por lo tanto distanciado de sus sujetos, que con las formas en que las personas comunes suelen recordar a sus vivos y sus muertos amados, esto es: en su relación con ellos, en el encuentro o en el milagro que operaron en sus vidas. Lo que las personas comunes recuerdan y cuentan de los grandes ídolos y de las heroínas y los héroes son más bien retazos de esas vidas que están dramáticamente ligados a sus propias vidas. Son esas memorias que entrelazan trayectorias vitales las que se consideran popularmente dignas de ser contadas, encuentros que se vuelven memorables. Y, otra vez, estamos ante un caso donde la visión académica parece diferir de la visión popular. Si esto fuera cierto habría que pensar, me parece, en cómo preservar, proteger y promocionar esos encuentros extraordinarios entre vivos, y también esos otros encuentros milagrosos entre vivos y muertos que se celebran en los santuarios populares, en las tumbas, en las cruces que marcan el lugar de la muerte y que a veces se vuelven tangibles en unas monedas, en una carta, en unas flores, en un cigarrillo encendido en la mano de una estatua, en un ex voto, en un pañuelo anudado, en una foto, en una estampita en el bolsillo, en un recuerdo que viene a cuento o en un aviso publicado en un diario que hace referencia a una relación personal que no termina.
Religión y política: dimensiones cercanas
Isabel es pastora evangélica en un barrio del segundo cordón del Gran Buenos Aires, es entonces, a un tiempo mujer y pastora, en una religión donde la combinación de ambos atributos es discutida y raramente aceptada. Cuando el antropólogo Pablo Semán hacía trabajo de campo para su tesis en el barrio, Isabel le contó cómo hacía para enfrentar la situación con estas palabras, que él transcribe en su tesis: "Cuando pienso en eso de subir al púlpito y encarar a la gente, yo tengo en mi cabeza todo lo que hizo Evita. Ella fue... increíble. Porque ella trajo mucho para las mujeres. Ella fue la primera en jugar al fútbol, en hacer política... No se dejaba pasar por arriba. Y yo hago como ella. Cuando algún pastor me dice que yo soy mujer y que no debería ser pastora, les digo que eso era antes. Pero ahora no. Que yo soy como Evita." (Semán 2000: 284-285).
Cuando uno piensa desde este punto de vista, mirando las relaciones que los vivos establecen entre sus propias acciones y lo que recuerdan de las vidas de sus muertos, esas difuntas y difuntos a los que en todo el territorio argentino, otra vez incluida Buenos Aires y sus cementerios, se les enciende una vela; se les ofrece una fiesta con baile en su aniversario; se les entrega desde un escarpín a una botella de cerveza a cambio de favores recibidos –ofrendas que se superponen con otras ofrendas generalmente en un altarcito mínimo y precario– toman otras dimensiones que cuando se los considera separados. Una dimensión que no es ya la de un panteón de santitos que ningún aparato estatal, eclesial ni de mercado reconocen ni como aliados ni como contrincantes porque están en los márgenes. Vistos de cerca y en relación con los vivos, mirando el punto en que los promesantes se encuentran con sus vidas, atendiendo a los retazos de biografías que recuerdan y, por lo tanto podemos suponer, los ligan, encontramos muchas veces la rebelión contra la justicia oficial y la muerte en manos de la institución policial. Y, para los que piensen que se trata de algo del pasado y del campo, que para la ideología posmoderna como para la moderna siguen siendo lo mismo, me han dicho que en Rosario uno de los muertos de la plaza de diciembre ya está haciendo milagros.
De otros difuntitos que hacen milagros, como José Dolores Córdoba; Antonio Mamerto Gil Núñez, el Gauchito Gil; el Vengador Isidro Velázquez; Juan Francisco Cubillos; Juan Bautista Vairoleto; el Quemadito José Carrizo; el Manco Frías; Francisco López; Olegario Alvarez, el gaucho Lega; Mate Cosido y Héctor Hugo Cequeira, muchas veces los que los mantienen vivos y activos en el mundo, cuentan que robaban a los ricos para ayudar a los pobres, que desafiaban a la policía, y que tenían poderes sobrenaturales que los volvían casi inmortales frente a las armas. (Chumbita 2000: 213-245). A casi nadie, salvo que haya leído a Chumbita, se le ocurre que encender una velita y dejarles una ofrenda a cambio de un milagro, visitar sus cuerpos en sus tumbas, y sus almas en los lugares donde los sorprendió la muerte, es mantener viva en la propia vida la conciencia de la arbitrariedad del orden que hace ricos a los ricos y a los pobres blanco de tiro, al actualizar la relación entre las vidas de estos últimos y la de aquellos vengadores, rebeldes y justicieros. Entonces el mensaje que sus familiares publicaron ayer (25 de agosto del 2002) en Página/12 a Darío Alberto Santillán [N del E.: el piquetero argentino asesinado en 2002 por la policía durante una manifestación de protesta contra las políticas de hambre y la desocupación] escribiéndole "la lucha sigue porque vivís en todos nosotros" no es más que la versión escrita de una larga tradición de relaciones entre rebeldes vivos y rebeldes muertos que recorre todo el país. Sin embargo, para las elites educadas y para muchos de nuestros colegas cientistas sociales argentinos que no se dedican a estos temas, la religión y la política se encuentran tan perfectamente delimitadas, que difícilmente vean un acto político en una vela encendida, o un acto de rebelión en dejar una ofrenda. A casi nadie se le ocurrió que el crecimiento en todo el territorio argentino del culto al originariamente correntino Gaucho Gil –de quien sus devotos recuerdan que murió sin defenderse en manos de la policía colgado cabeza abajo– era una forma de conciencia social que se extendía. Claro que sólo algunos de estos seres popularmente memorables son globalmente reconocidos, como Evita y el Che; claro que, en general, no se trata de difuntos importantes más que para el grupo que sostiene localmente su recuerdo, pero pensar sólo en los grandes memorables oscurece el hecho de que esos grandes mitos que alcanzaron fama internacional están hechos de retazos de otros mitos populares más pequeños y locales con los que resuenan y que, en cada caso, reactualizan y recrean.
Parafraseando ese ya lugar común de la sociolingüística según el cual una lengua es un dialecto con un ejército que la apoya, podemos pensar que un mito personal globalizado, como lo son Evita y el Che, son difuntitos o santos populares con un aparato estatal, en este caso dos aparatos estatales diferentes, primero, y una industria internacional del espectáculo después, detrás. Verlos y recordarlos sólo en su relación con esta última, aislados de su relación con nuestros otros difuntos activos implica, me parece, privilegiar las relaciones con lo que está lejos, y los aparatos que las promueven y sacralizan, negando en cambio las relaciones con lo que está cerca.
Reivindicación del desorden
Afortunadamente, los mitos, celebraciones y rituales tienen en las ideologías hegemónicas un lugar perfectamente accesorio, banal e irrelevante. No son cuestiones importantes, y no son cuestiones serias. Y digo afortunadamente porque me parece que se puede sacar provecho de esa aparente falta de importancia, emplear la extrema intangibilidad, ahora en el sentido de irrelevancia, que se le supone al campo que nos ocupa, el de los mitos, las celebraciones y los rituales, para permitirnos algunas libertades: esto es proponer algunas cosas impensables y crear algunos desórdenes en el orden de sacralización global que la patrimonialización encarna; tomar, en suma, algunos riesgos y proponer algunos desórdenes en un campo en que nadie espera que los desórdenes tengan alguna consecuencia seria. Uno se podría preguntar, por ejemplo, cómo aprovechar esas posibilidades de patrimonializar que da la fama y la extensión internacional de ciertas mitografías como la de Eva, el Che, Gardel o Maradona –y lo mismo es posible de ser pensado en relación con ciertas ceremonias que alcanzaron difusión global como las milongas porteñas– para desarrollar una política patrimonial que tienda a la equidad y al enraizamiento y por enraizamiento entiendo una disposición a pensar en y hacer con los que están más cerca antes que con los que están más lejos, con la región, el territorio nacional, los países del Mercosur y Latinoamérica antes que con cualquier otra área geográfica, y con el sur antes que con el norte. Es posible encontrar en los retazos recordados de la vida de Eva, esquemas similares a aquellos con que se recuerda a la Difunta Correa –ambas dejando en el camino jirones de su vida, ambas detrás de causas políticas encarnadas en maridos–, o a [la cantante de bailantas] Gilda, que aparece en un video póstumo afirmando querer ser recordada como la abanderada de la bailanta. Del mismo modo es posible conectar al Che con toda una tradición de rebeldes trashumantes y a Gardel con otros héroes de la fiesta. Tal vez sea posible imaginar rutas culturales, que unan los días y lugares de celebración de aquellos difuntos que resuenan globalmente con aquellos difuntos que sólo resuenan en la memoria popular local, de modo que los que tienen más fama iluminen con su prestigio a los que tienen menos, en tanto éstos les prestan raíces a los que han sido globalizados. La Difunta Correa o Martina Chapanay, son seguramente parientes más dignos para Evita que otros que últimamente se le han asignado, como el de Madonna o Marilyn Monroe. Las posibilidades de relación e interconexión que personalmente se me ocurren en este sentido son muchas, pero la determinación de cuáles son popularmente relevantes requiere escuchar a muchos más porteños, a muchos más argentinos y a muchos más latinoamericanos de los que cualquiera de nosotros, incluso los que tenemos el escuchar como profesión, ha escuchado acerca de lo que consideran encuentros memorables en sus vidas. 
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