hoy hay una tendencia a obviar el tema de la muerte. Hay un culto a la juventud, ojalá a una eterna juventud. Esta es adulada por comerciantes, políticos e ideólogos. Estar bien con ella, contar con su adhesión es estar con la vida y su forma de ser-estar plena. Hoy prevalece el ideal y el carpe diem desde una juventud como un “divino tesoro” que no se va, que vino a quedarse para siempre. Cuando acontece el hecho inoportuno de la muerte, se la maquilla, se la camufla, se la barre para debajo de la alfombra de un “Parque del Recuerdo” siempre verde, horizontal y florido.
Pero quien no quiere ver la muerte y asumirla no quiere ver ni asumir la vida. La vida viene con la muerte y viceversa. Ambas son juntas. No hay una sin la otra.
La manera más sabia de disfrutar la vida es viviéndola como parte de una realidad compleja que tiene un comienzo y un fin sólo medianamente conocido.
Somos polvo, aunque de estrellas, pero polvo al fin, antes, durante y después. “Polvo enamorado” dirá Quevedo. Eros y Tánatos decían los griegos. Relámpago y ráfaga, entre tinieblas, para unos. Para otros, secuencia de apariciones a lo largo del tiempo. Para otros, itinerancia otra antes de nacer, otra después del nacimiento y otra luego de la muerte. Desconocidas la primera y la última. Crepuscularmente intuida, en el mejor de los casos, la itinerancia intermedia. Entre una memoria afectada por la amnesia y un proyecto lastrado de incertidumbre nos movemos en busca de un sentido. Tal vez un poco de bien, de verdad, de belleza.
Aunque nos disguste, sabemos que esto que llamamos vida es breve. De niños y jóvenes expandimos el círculo de horizonte. Cuando viejos, el horizonte se nos estrecha y nos estresa. La duración se nos acaba.
Lo que adviene es el fin, el foso sin fondo, la nada, o es un rito de paso que durante la vida no se ensaya y que lleva a un viaje del que no se vuelve, al menos en nuestra cultura occidental.
Rito de paso ¿sólo al final o rito de paso durante toda la vida? Mejor aún, ¿toda la vida rito de paso de lo desconocido a lo desconocido en cada articulación de la existencia? ¿Será esto el sentido que tiene la estructura de la muerte-vida presente de manera egregia en el ritual del velorio de angelito de nuestra cultura tradicional y de tantas muertes seguidas de resurrecciones que jalonan nuestros cuentos populares? Muertes no sólo de los héroes, sino también de los reinos que decaen hasta el límite para renacer desde las cenizas.
Borges en su “Arte poética” –no es nada nuevo por lo demás–, compara el sueño con la muerte y así cada noche morimos para renacer en cada nuevo día. La experiencia de la muerte-vida es poderosa fuente de sentido para vivir más plenamente la vida asumiendo la experiencia de la muerte desde una más cabal asunción de la vida.
A lo mejor a nuestra post modernidad caída al vértigo del día a día sin descanso para vivir, le haría bien el entrevero de día y noche, de negocios y de ocio, de tensión y relajo, de ser bajo el deber ser y ser de la mano del diálogo con el ser como concierto de opciones, como apertura aún más acá y a un más allá, en los cuales están la vida y la muerte sintiendo que la una no es sin la otra.
El pueblo chileno frente a la muerte se desplaza pendularmente, desde una actitud de familiaridad jocunda y temeraria a otra de profundo temor y respeto. La primera se revela en coplas como ésta:
“La muerte se fue a bañar
y le robaron la ropa.
Que cosa tan divertida
Ver a la muerte en pelotas”.
La “pelá” es el nombre con que la muerte circula entre los ámbitos populares, a la que no se le teme, sino que con frecuencia se la desafía poniéndose en situaciones de riesgo porque “nadie se muere la víspera”.
La otra actitud entraña una filosofía de la muerte como rito de paso de una vida a otra vida y tiene su base en la intuición de que en la realidad hay un circuito donde el fin es el comienzo y el comienzo es el fin y que se despliega en el sentido de una línea espiral. Esto es la muerte-vida.
La muerte-vida en el cuento, en el romancero, en el cancionero ilustra esta concepción. También el canto a lo poeta en las décimas por contrarresto. El margen escaso de espacio no nos permite ilustrar cada uno de estos momentos de la creación comunitaria. Pero, por vía de ejemplo, un canto por despedimiento de angelito dice así la muerte-vida:
Viva el angelito, pues, / que con sus brillantes alas
Ha subido las escalas / del palacio del gran juez,
Está donde no hay doblez / ni dolores, ni mentira,
Donde nunca se suspira / porque la pena no existe
Por eso no es canto triste / el que el angelito inspira
(Rolak, A lo divino. Tonada del Angelito. Col. Am. I p. 218)
Pero la visión de la muerte-vida no sólo es sentida por el “Angelito” sino también por el joven soldado muerto en defensa de sus ideales. Así este joven que es muerto en Lo Cañas, en la revolución del 91:
Al fin ya me voy al cielo / sin demorarme nadita
Se lo digo mamacita / no llore tenga consuelo
(Rosa Araneda. Carta del joven Carlos Flores, Col. Am. III p. 291)
Pero aún es más amplia la cobertura que esta concepción de la muerte como vida tiene en el pueblo chileno. No sólo cubre al niño, y al soldado. También al delincuente, quien, al ser ajusticiado, se despide con estas palabras:
Adiós, Chile, patria mía; / Carmela, bella patrona,
Por tu preciosa corona / pido que seas mi guía:
Adiós todos mis hermanos; / hoy cesa mi padecer
Me voy para no volver / con un Señor en las manos
(Rosa Araneda, despedida del reo Manuel Paz. Col. Am. II p. 290)
Como presencia más patente están las “animitas”, que para el pueblo chileno son una realidad “real”, y gozan de una vida infinitamente más plena después de la muerte que cuando estaban en este mundo. Son muestra de una muerte-vida presente en las ciudades, en los campos, en los caminos del norte, centro y sur del país. 
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