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Antropólogo por Rafael Sagredo Baeza

 

El uso de la corporalidad como instrumento de la acción política tiene en Chile dos momentos cumbres, los suicidios de los presidentes José Manuel Balmaceda y Salvador Allende, en 1891 y 1973 respectivamente. En ambos casos, los jefes de Estado sacrificaron su vida buscando hacer prevalecer el principio de autoridad.

 
 

Las abundantes y variadas actividades que José Manuel Balmaceda desarrolló durante su presidencia, entre ellas sus numerosas visitas a la provincia, nos permiten sostener que el político utilizó su físico y las características de su personalidad para captar adhesiones, provocar una situación favorable, influir en la opinión y crearse una imagen pública positiva.

Balmaceda transformó todo su cuerpo en un solo órgano destinado a provocar efectos sobre quienes lo observaran o se enteraban de sus movimientos. Hizo desempeñar a su cuerpo la función de órgano político, de artefacto generador de hechos y situaciones en la sociedad, generando uno de los hechos políticos más trascendentes de la historia de Chile, esto es, su suicidio3.

Desechando el camino de la que llama "evasión vulgar, porque lo estimo indigno del hombre que ha regido los destinos de Chile", Balmaceda se decide por "el sacrificio", esperando que éste "alivie a mis amigos de las persecuciones que se les hace creyendo así abatirme y ofenderme más vivamente a mí"o4.

No pudiendo hacer nada por sus amigos y partidarios, en lo que llama "desquiciamiento general", Balmaceda le explica a su esposa que "quiero ofrecerles lo único que puedo ya darles: el sacrificio de mi persona". Atento a los efectos que su acto generará respecto de su familia y bienes, continúa, "necesito ofrecerles a ustedes mi vida", afirmando, seguro de lo que hace, "el desenlace que doy a la situación suspende todo derecho de acusaciones". Por último, intentando conformarla y mostrando que la utilización de su cuerpo para obtener objetivos está presente en su voluntad, le hace saber a su mujer que "procedo tranquilamente y con la satisfacción de que mi sacrificio salvará el bienestar futuro de mi familia"o5.

El suicidio de Balmaceda fue una acción que no sólo impactó a sus contemporáneos, sino que también se impuso como modelo a seguir por quien, habiendo alcanzado la presidencia y sufrido también la fuerza sobre su régimen, en la coyuntura de abdicar el poder o sacrificar su persona, no tuvo otra alternativa que seguir el ejemplo de Balmaceda. Así lo demuestra la opción por el suicidio tomada por el presidente Salvador Allende el 11 de septiembre de 1973.

Aquel día, instalado en La Moneda e interpelado por las Fuerzas Armadas a renunciar, rendirse y hacer uso de una nave que, se suponía, lo sacaría del país, Allende fue categórico: "dígale al general que el presidente de Chile no arranca en avión! Yo estoy aquí, en el palacio de gobierno, y me quedaré aquí defendiendo al gobierno que represento por la voluntad del pueblo". En otro momento agregaría: "Hago presente mi decisión irrevocable de seguir defendiendo a Chile en su prestigio, en su tradición, en su forma jurídica, en su Constitución... Que sepan que aquí estamos, por lo menos con nuestro ejemplo, que en este país hay hombres que saben cumplir con la obligación que tienen. Yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo". Conceptos que comparados con los expuestos, entre otros, en el llamado "Testamento político de Balmaceda", esto es la carta que éste dejó a uno de sus colaboradores cercanos para que la publicara una vez que ya no estuviera en su asilo, resultan familiares. En ella Balmaceda nos hace saber que el 28 de agosto "aunque tuve los medios necesarios para salir al extranjero, creí que no debía excusar responsabilidades, ni llegar fuera de Chile como mandatario prófugo, después de haber cumplido, según mis convicciones y en mi conciencia, los deberes que una situación extraordinaria impuso a mi energía y patriotismo". En este documento Balmaceda concluye caracterizando su administración y mirando hacia el futuro del país. "Si nuestra bandera, encarnación del gobierno del pueblo verdaderamente republicano, ha caído
plegada y ensangrentada en los campos de batalla, será levantada de nuevo en tiempo no lejano, y con defensores numerosos y más afortunados que nosotros, flameará un día para honra de las instituciones chilenas y para dicha de mi patria, a la cual he amado sobre todas las cosas de la vida". Salvador Allende, por su parte, concluyó la alocución radial que precedió a su suicidio con algunos de los siguientes conceptos: "...Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor"o6.

Así, tanto Balmaceda como Allende hicieron uso de su persona, de su corporalidad, buscando con su muerte un efecto, un fin político. Allende concluyó su transmisión radial con estos conceptos: "Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición".

Según Alain Touraine, en su Vida y muerte del Chile popular, si bien Allende en su última alocución al país se despide de las masas populares, en realidad, "es a la historia a la que se dirige". Igual actitud podría aplicarse Balmaceda, quien, en la carta que escribió a Julio Bañados Espinoza el 18 de septiembre de 1891 justificando su decisión final y encargándole la historia de la "administración que juntos hemos hecho", señaló: "juzgo que mi sacrificio es el único que atenuará la persecución y los males, y lo único que dejará también aptos a los amigos para volver en época próxima a la vida del trabajo y de la actividad política... Siempre se necesita en las grandes crisis o dramas un protagonista o una gran víctima. Esta es la ley de las horas de borrasca".

Pero no podemos olvidar que para Balmaceda su propia figura, su corporalidad, no sólo lo contenía a él en cuanto persona y por tanto mortal, sino también al presidente de la República. Este último, actor esencial del Estado, parte integrante de éste y, en la medida que los Estado-nación lo son, un ente permanente, prácticamente, inmortal.

Si con su suicidio Balmaceda puso fin a la vida de la persona privada que él era, por el contrario, proyectó hacia el futuro la institución Presidente de la República que él, también, contenía y daba vida en su cuerpo y que el bando triunfante en la Guerra Civil había combatidoo7. En este contexto, se sacrifica en cuanto persona, pero fortalece la institución que había personificado a la vez que se eterniza en cuanto Presidente.

Como es obvio suponer, y como también ocurrió luego del suicidio de Salvador Allende, inmediatamente después de conocido el fin de Balmaceda la opinión pública siguió denostando, con cada vez más ejemplos y adjetivos calificativos, al mandatario muerto.

A pesar del juicio negativo de sus oponentes, creemos que Balmaceda tuvo razón cuando confió, al momento de tomar su determinación final, que en definitiva, y como alguna vez lo
expresó: "después de los furores de la tormenta vendrá la calma, y llegará la hora de la verdad histórica, y los actores del tremendo drama que se consuma sobre la República tendrán la parte de honor, de reprobación o de responsabilidad que merezcan por sus hechos".

Creemos que el gesto de Balmaceda hace plausible lo que el derrotado presidente siempre afirmó, esto es, que su causa era la "defensa del principio de autoridad", cuya máxima expresión, de acuerdo con la Constitución, era la Presidencia de la República.

Balmaceda en sus comunicaciones no sólo alude al principio de autoridad, también a que es la vigencia de dicho principio lo único que garantiza el orden público y, con él, "el porvenir de Chile"o8. En efecto, y como le escribió en otra oportunidad, "si hoy no salvamos el principio de autoridad, si no probamos prácticamente que los revolucionarios en Chile marchan inevitablemente a la ruina... Chile estará perdido en lo porvenir". Balmaceda no puede avalar, con su renuncia o negociaciones, lo que considera una "acción cobarde y aleve" por parte de sus enemigos agrupados en torno al Congreso Nacional y a la Marina de Guerra que lo respalda. Por eso agrega, aunque equivocadamente en vistas del desenlace de la Guerra Civil, "no basta dominar el océano para derrocar gobiernos constituidos, trastornar el prestigio de Chile y herir el corazón de la patria"o9. En definitiva, Balmaceda efectivamente creyó defender con su conducta "el gobierno representativo, el gobierno del pueblo verdaderamente republicano". Por eso afirmó categórico a Villarino: "prefiero morir, cien veces morir, antes que abandonar el timón"; así, esperaba "imprimir a los hombres y a esta época el sello del respeto a la autoridad".

Para contribuir a su propósito es que Balmaceda instruyó a su colaborador Julio Bañados Espinoza: "escriba, de la administración que juntos hemos hecho, la historia verdadera... Con los mensajes, las memorias ministeriales, El Diario Oficial y El Ferrocarril, puede hacer la obra. No la demore ni la precipite. Hágala bien".

Ya en noviembre de 1889 Balmaceda había advertido a sus gobernadores en las provincias su inquebrantable resolución de mantener "el respeto debido al principio de autoridad... contra la anarquía, las ambiciones y los intereses estrechos de los círculos personales conflagrados en la última época". Ello sin perjuicio que ya entonces advirtió a sus agentes en la provincia, "estoy jugando una partida de verdad y de honor que mis amigos en el ejercicio del poder, cumplirán porque no admitiría excusas".

Creemos que la posición de Balmaceda, su intransigencia, su absoluta negativa a ceder en las atribuciones que la Constitución le entregaba en cuanto presidente de la república, están relacionadas también con las
consecuencias de la abdicación de Bernardo O'Higgins en 1823. Luego de ella, el país se vio sometido en una sucesión de gobiernos incapaces de imponerse y mantenerse en el poder. La inestabilidad política fue la tónica de un período que habría de prolongarse hasta 1830 y durante el cual ninguna autoridad fue respetada y menos obedecida, debatiéndose la nueva república entre la lucha de bandos inconsistentes y un cúmulo de normas legales de muy precaria y corta vigencia.

Pero Balmaceda no sólo condenó la actitud de la mayoría congresista y de la Armada como propia de revoltosos ajenos a la voluntad popular, sino que, además, fue incapaz de percibir que su actuación política y el protagonismo que en su administración alcanzó la Presidencia de la República representaron fenómenos que no coincidían con lo que había sido la evolución política del país en la segunda mitad del siglo XIX10. Además, y más grave todavía para su causa, Balmaceda, que sacrificó su vida en defensa de los principios republicanos, jamás percibió que tanto él como la institución que personificaba se habían transformado, como hemos mostrado, en el gran obstáculo para la vigencia, precisamente, del régimen republicano.

Este dramático cambio en la percepción pública de las instituciones –que por lo demás luego se ha repetido en la historia nacional– explica, entre otros antecedentes, la crisis de 1891 y la derrota presidencial11. Pero, también, hace más comprensible el cambio del régimen político hasta entonces vigente y, además, la transformación de la Presidencia de la República en una institución cuya cabeza, el jefe del Ejecutivo, pasa a ser una figura de tono menor.

(1) Véase nuestra obra Vapor al norte, tren al sur. El viaje presidencial como práctica política en Chile. Siglo XIX. Centro de Investigaciones Diego Barros Arana-El Colegio de Méxicó, Santiago-México, 2001.

(3) Una vez derrotadas sus fuerzas, el presidente se asiló en la legación argentina en Santiago, lugar en el que permaneció entre el 28 de agosto y el 19 de septiembre de 1891. Aquel día de septiembre, el siguiente del último de su mandato, y mientras en el país se hostilizaba y perseguía a quienes habían apoyado la causa presidencial, puso fin a su vida.

(4) Las palabras transcritas, en la carta que el 19 de septiembre de 1891 dirigió a José Uriburi, el ministro argentino que le dio asilo y hospedaje.

(5) Véase carta a su esposa fechada el 18 de septiembre de 1891.

(6) El "Testamento" en Julio Bañados Espinoza, Balmaceda, su gobierno. La Revolución de 1891, París, Librería de Garnier Hermanos, 1894, II, p. 646. Los últimos momentos de Allende y sus palabras, en Patricia Verdugo, Interferencia secreta. 11 de septiembre de 1973, Santiago, Editorial Sudamericana, 1998.

(7) La proyecta en cuanto ejemplo moral, como el caso de Allende lo demuestra. Recordemos que Balmaceda en carta a Bartolomé Mitre del 14 de septiembre de 1891 explicando su fin y la "razón de mi conducta como Presidente de la República de Chile", escribió: "tomo voluntariamente el camino, mi general y amigo, que conduce a la posteridad". Recordemos que Allende también habla de "la lección moral" que su suicidio representará".

(8) Véase carta a Enrique Salvador Sanfuentes de 13 de enero de 1891, reproducida en El Ferrocarril del 10 de septiembre de 1891.

(9) Véase carta a Joaquín Villarino de enero de 1891, en Correspondencia de José Manuel Balmaceda. Sala Medina. Biblioteca Nacional.

(10) Aludimos aquí a la corriente liberal que disminuyó el poder y la influencia del presidente de la república a través de reformas a la Constitución de 1833 y la puesta en uso de prácticas políticas "parlamentarias". Sin embargo, la riqueza del salitre y las actuaciones y características de Balmaceda permitieron al presidente mantener, cuando no incrementar, su poder e influencia en la sociedad, contradiciendo así el proceso esencial.

(11) En este contexto, creemos que cada vez que en Chile la institución Presidencia de la República ha perdido prestigio, "imagen pública", se ha producido el quiebre del sistema político existente. Así ocurrió en 1891 y también en 1973.

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Balmaceda hizo desempeñar a su cuerpo la función de órgano político, generando uno de los hechos más trascendentes de la historia de Chile; esto es, su suicidio.

 
El suicidio de Balmaceda se impuso como modelo a seguir por Allende, quien habiendo alcanzado la presidencia y sufrido también la fuerza sobre su régimen, en la coyuntura de abdicar el poder o sacrificar su persona, no tuvo otra alternativa que seguir el ejemplo de Balmaceda.
Historiador Rafael Sagredo Baeza