| En la cosmovisión de muchas culturas, la piedra
simboliza lo imperecedero y también el poder de
las divinidades.
Así también en las tradiciones culturales
del norte, centro y sur de Chile encontramos diversos
sentidos asociados a las piedras, las que constituyeron
una materia milenariamente utilizada en el espacio
de la alimentación, de acuerdo a los registros
arqueológicos.
Conocida la manipulación del fuego, los guijarros
calientes son combustible y continente de la cocción
de muchos productos; así como los pedernales
fueron los primeros morteros, moledores, y recipientes
que sirvieron –y en muchos lugares todavía
lo hacen- para la preparación de harinas y un
sinnúmero de alimentos.
El supuesto que guía esta reflexión,
extractada de una investigación mayor, es la
existencia de una conexión entre la mitología
y ciertas formas de preparar comidas en las que las
piedras son centrales. Trataremos aquí la calapurca,
que es cocinada en el universo aymara, aunque sabemos
que en la misma situación estarían el
curanto (en Chiloé e Isla de Pascua) y el avestruz
o ñandú con lajas calientes (challa o
chashkin), en el mundo magallánico.
Pensamos que en estas fórmulas la mitología
propiciaría el que la “incorporación” de
las piedras en la cocina y consumo sea legítima
y no problemática. No ocurriría lo mismo
en otras tradiciones culturales como la mapuche, y
en algunas como la campesino-mestiza de la zona central,
donde la mitología asociada a lo pétreo
funcionaría más bien como un interdicto,
que impide su despliegue en las técnicas de
cocción.(2)
Tras estas hipótesis subyace la noción
de que comer es un proceso de incorporación
en el que “yo llego a ser lo que como” (Poulain,
2002). Este proceso comporta elementos y decisiones
vinculadas con lo biológico, lo económico
y lo simbólico. Pero, sobre todo con esto último.
De esta manera, no sólo comemos productos alimenticios,
sino los valores que representan. Ello nos coloca frente
a un “imaginario de la incorporación”,
que puede desplazarse entre la contaminación
y la apropiación. Ambos movimientos poseen un
rasgo positivo o negativo. Es así como una contaminación
positiva implica que quien come se deja penetrar por
las cualidades benévolas del alimento. La contaminación
negativa, por el contrario, hace que comer ciertos
productos comporte un riesgo, un peligro, pues sus
cualidades pueden destruir la integridad del sujeto
que come.
Como lo han observado numerosos autores, en el imaginario
de la incorporación lo que está operando,
de modo fundamental, es la estructura simbólica
de la sociedad humana.
Hemos efectuado una leve “torsión” a
esta perspectiva, en el sentido de que nos ocupamos
del papel de las piedras en los procesos de cocina
(las técnicas de preparación del alimento)
y su vínculo con la cuisine (las formas del
consumo). Entendemos que no podemos aprehender el imaginario
de la incorporación desde esta última,
sino como un proceso que entraña también
los modos de preparación; es decir, en contacto
con qué el alimento ha devenido consumible;
mediante qué materias lo que llega a la mesa
se ha transformado en “comida”. En este
sentido, sabemos también que las interdicciones
operan en las técnicas de convertir productos
en alimentos.(3)
Estas conjeturas son, por cierto, una primera aproximación
a lo que podría conformar una “antropología
culinaria”, es decir una reflexión sobre
las formas en que la cultura y los símbolos
se graban en la alimentación.
y los gentiles se volvieron piedra, monte
Consumida en el norte grande, en las zonas aymaras
del altiplano y del valle, la calapurca posee larga
data. En el Diccionario de la Lengua Aymara de Bertonio
aparece la siguiente definición
Calapurca
de cuy, calaphurca huanko, de pescado: calaphurca
chualla y así puede decirse de otras
cosas: y porque algunos no entendieran lo que
es esto: es de saber que es un vocablo tomado
de los indios y que quiere decir: carne, o
pescado cocido con piedras calientes que están
abrasando echadas en agua con que se cuece
la comida sin otra….”
Calaphurca: piedra calentada al fuego, con que cuecen carne y otras cosas.
Calaphurcca: cosa cocida así
Calaphurcata: cocer así echando en la olla las piedras calientes donde
está la carne
(Bertonio, 1612: 210 y 33). |
Por su parte, Rodolfo Lenz dice que la calapurca es
un “guiso que se cuece con piedras calientes,
etimología: del quechua callapurca” (Lenz,
1910:161); y en Argentina es definida como una “...
sopa preparada con carne, mote y pan calentado con
piedras puestas al rojo. Se sirve en las fiestas de
Santiago y Santa Victoria”. (Neves,1973:94).
En Tarapacá, en la fiesta de San Lorenzo, la
calapurca es cocinada en grandes ollas, agregando,
al momento de servir una piedra caliente al plato.(4)
¿Qué relación podemos tejer entre
este guiso y la mitología andina? Acerquémonos
a los relatos de origen.
La tradición aymara cuenta que antes no había
vida, ni tierra, ni agua, ni cielo ni luna, ni sol.
Sólo existía un espacio donde estaba
Apu Kollana Awqui (Señor, Padre Divino). Cierta
vez, este ser decidió crear las cosas. Tomó el
infinito y juntándolo con un soplo originó el
cielo azul. Después esputó al aire botando
saliva en múltiples partículas que adquirieron
la forma de estrellas y cometas. Más adelante,
reunió los gases y los amasó formando
la tierra. Escupió sobre la tierra y se formaron
los mares, los lagos y los ríos, y del suelo
brotaron muchas plantas y árboles. Concibió a
los animales: llamas, vicuñas, zorrinos, pájaros,
peces, y a todos les dio un dominio. Más tarde,
engendró a otro ser que estaría a cargo
de lo que había creado: modeló en piedra
una imagen como él y sopló poniendo agua
dentro de la piedra, lo llamó jaque (hombre).
Pasó el tiempo y para que jaque no estuviera
solo, extrajo la savia de las plantas más maravillosas
y con ella amasó y modeló una imagen;
sacó la costilla más pequeña al
hombre y la metió dentro de la imagen: con un
soplo creó a warmi (mujer). Les dijo al hombre
y a la mujer que poblaran el altiplano, kollana, teniéndolo
como el sitio más sagrado. Después Apu
Kollana Awqui se dirigió a una montaña
muy alta a continuar ordenando las costumbres y las
maneras de vivir de los seres que había creado.
Muchos concuerdan en señalar que el ser creador
se demoró miles de años en concebir el
universo. Por eso, mientras formaba la luna y el sol
la gente tuvo que vivir en las tinieblas o Ch´amac
Pacha (tiempos oscuros). (Ochoa, 1977:3-9). “En
esos tiempos los gentiles presintieron que se acercaba
el fin y que todo desaparecería quemado, por
eso reconstruyeron sus casas con las puertas protegidas.
Cuando salió el sol, la luna y las estrellas,
trataron de salvarse huyendo a los cerros porque ese
sol derretía las piedras dejándolas como
barro. Los gentiles todavía permanecen dentro
de los cerros, ocultos en cuevas y aún es posible
escuchar la bulla que hacen en la media noche y en
las horas malas: cantan, lloran y gritan. El creador,
cuando se percató que no había gente
en la tierra, hizo nacer del lago Titicaca (en Bolivia
y Perú) a sus hijos Manco Capac y su pareja
Mama Ocllo. Les ordenó trabajar, fundar pueblos
y venerarlo. Manco Capac enseñó a los
hombres a labrar la tierra y Mama Ocllo a las mujeres
a tejer y a cocinar. Ellos vivieron felices y nadie
tuvo hambre, hasta que aparecieron unos seres protegidos
también por un dios poderoso, eran blancos y
mataban a la gente. Estos se mezclaron con los hijos
de Manco Capac y Mama Ocllo portando la envidia y el
desorden. Dicen que el creador de esta pareja todavía
está enojado y castigará haciendo salir
de nuevo a los gentiles que viven en los cerros, volviendo
la oscuridad a reinar en la tierra” (Coaquira,
1982).

Foto:
Nicolás Piwonka..
También se ha afirmado que Wiracocha es el
creador de la naturaleza. Habría engendrado
primero un mundo oscuro, el cielo y la tierra, y luego
una raza de gigantes. Estos desobedecieron su mandato
de vivir en paz y adorarlo, por lo que los transformó en
piedra y les mandó un diluvio. También
se dice que originó el cielo y la tierra y a
los humanos, dejándoles un jefe para que los
gobierne. Luego se sumergió de nuevo en las
aguas; pero la gente le desobedeció y emergió otra
vez del lago. Se dirigió a Tiwanaku donde convirtió a
esa humanidad en piedra. Después modeló a
unos nuevos humanos con arcilla pintándoles
trajes diferentes, les dio vida y lenguajes diversos.
Unos salieron de cuevas, otros de montañas,
multiplicándose; mas el primogénito de
cada uno de estos distintos grupos continuó bajo
la forma de montaña, de peña o de distintos
animales (Girault, S/F:47-49).
Por último los aymaras llaman apacheta al conjunto
de piedras que constituye un espacio sagrado al que
hay que retribuir en rezos u ofrendas. También
hay piedras sagradas (wak’a qala), imbuidas del
poder de las huacas, espíritus protectores cuya
fuerza está en determinadas rocas. Otras, consideradas
igualmente sacras, tienen la cintura angostada y están
formadas por el rayo (Van den Berg, 1985).
el calor de los/as abuelos/as
Una lectura de estos relatos desde la óptica
de la cocina, pone en evidencia los contenidos “culinarios” de
la creación y tiende un puente para una analogía
entre la alquimia de los platos y la alquimia de los
orígenes. Así Apu kollanta utiliza el
aire, los escupos (el líquido, el agua) y el
amasado para crear el cielo, los cometas y los primeros
humanos. La piedra le servirá de materia para
gestar al hombre y lo acuoso (la savia) para las mujeres.
En las vertientes que ubican a Wiracocha como creador,
se lo asocia al agua y a la transformación de
los primeros seres humanos en piedra.
Así, el mundo de lo pétreo conserva
en su semántica la transmutación creadora,
la evocación de los primeros gestos para un
devenir de lo humano en cultura: luego de lo quemado
aparece una humanidad creada de barro (el agua y la
tierra); pero de manera muy clara son los antepasados
los que se han “fijado” en el duro universo
de la piedra, los que permanecen en ese reino imperecedero.
De allí que guijarros, pedernales y lascas,
así como las montañas, son los abuelas
y abuelas que perviven recordando insistentemente los
orígenes.
La calapurca, entonces, podría ser leída
-al interior de un “imaginario de la incorporación”-
como una comida en la que subyace una contaminación
positiva. Las cualidades positivas de los/as antepasados/as
acompañan la preparación del plato: las
piedras (los/as abuelos/as) terminan con la cocción
y dan “sabor”.
Es decir, simbólicamente, aquellos que el fuego
(el sol y la luna) quemó (en otras palabras:
dejó incomibles) y convirtió en piedras
son la combustión (la energía) necesaria
para hacer el guiso comestible.
En las piedras calientes de la calapurca, las víctimas
antiguas comparecen para trazar de nuevo una memoria,
convertidas en comburente y aderezo. No es extraño
entonces que se piense que este guiso es especial para
animar el cuerpo luego de un día y una noche
bailando, cantando y bebiendo. El contexto ritual de
su ingesta sugiere que, desde muy antiguo, el mundo
andino rememora sus orígenes, la fallida cocción
de los primeros humanos; pero también su importancia,
su papel en la preparación perfecta, cultural,
de los que ahora moran la tierra.
El usar estas piedras calientes dentro del caldo hirviente
de la calapurca es, entonces, actualizar un nexo sagrado
con los/as antepasados/as. La permanencia de esta costumbre
culinaria habla de una relación positiva con
lo pétreo, en tanto se lo entiende dotado de
connotaciones benévolas. Esto podría
ser un elemento –por cierto entre muchos otros-
que explica el uso de guijarros calientes para concluir
la cocción de este plato.
Por último, su estética conjuga también
trozos claves del universo andino y del mestizaje:
maíz (mote); carne de auquénido (preferentemente
alpaca), papa y ají (locoto); a veces mezclado
con productos hispanos como pollo, cebolla, ajo, cilantro
y el aderezo peruano Sibarita. Ese conjunto desmenuzado
de carnes, verduras y cereales es una suerte de síntesis
de la historia aymara, de su pasado precolombino, colonial
y actual, que nada en un caldo –tal vez símbolo
del agua necesaria para la reproducción de la
vida en valles y altiplano- coronado por una piedra
al rojo vivo, por un elemento de la naturaleza (es
lo único que no se “cultiva” ni
domestica del plato) y que, sin embargo, es “cultural” en
la medida que representa los espíritus nunca
desaparecidos de los primeros y fallidos seres humanos.
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(2) En el imaginario mestizo
chileno, en muchos casos, las piedras están asociadas al diablo; y en
el mapuche, cuando se trata de piedras calientes
o ígneas, a fuerzas negativas.
(3) Hay una serie de prohibiciones como que los alimentos
no entren en contacto con ciertos metales, o que algunos
deban ser cocinados en determinado tipo de recipientes,
incluso que no pueden ser vistos por temor a que se
descompongan. Cada cultura posee su propia transmisión
de prohibiciones a la hora de hacer “cocina”.
(4) Esta manera aparece en un video de la Fiesta de
San Lorenzo que me fue enseñado por Osvaldo
Cádiz. |