Lo
primero es que tantas preguntas sobre nuestra identidad,
creo, tienen que ver con una cierta presunción
de ser distintos a nuestros vecinos. Ilusión
o realidad aumentada en las últimas décadas
por la situación económica, presuntamente
boyante de los chilenos. Lo que ocurre es que,
sin tomar en cuenta esa posesión colonial(2) llamada
Isla de Pascua, ni aquellas inmensas pampas que
tienen una vida, una cultura absolutamente distinta
al centro, es decir, el altiplano y la Patagonia(3),
Chile “del centro” (por decirlo de
algún modo) está bastante aislado
del mundo, incluyendo en el mundo al resto del
territorio nacional.
En
este pedacito del medio, que no es tan chico tampoco,
es donde se crea lo fundamental del ser chileno que
se irradia hasta Arica, por el norte, y hasta las
bases militares de la Antártida, por el sur.
Es básicamente entre Copiapó y Puerto
Montt que se fragua una identidad, una idiosincrasia,
una visión de mundo, una cultura; se fragua
lo que podríamos denominar “lo chileno”.
Aún
compartiendo una misma historia con el resto de América
Latina, exacerbamos de tal modo ciertos tics que
compartimos con nuestros vecinos, de manera tal que
ese tic sea más nuestro, más chileno,
más inconfundible, para hacernos sentir más
seguros de nosotros mismos, en nuestra angustia por
buscar señales de identidad. Por ejemplo,
para la así llamada Maldición de Malinche,
que significa la claudicación sin condiciones
ante el conquistador, en Chile tenemos una y otra
vez nuestra propia versión. Un cuento que
expresa muy bien esta admiración por nuestros
conquistadores del siglo XX es “Mister Jara” de
Gonzalo Drago, donde un obrero del mineral de Sewell
se transforma en un incondicional de la raza rubia
y cambia el vino por el whisky, el cigarrillo por
la pipa y, además, le da por echarse a la
boca trocitos de tabaco para mascar. Es despreciado
por los norteamericanos y se convierte en el hazmerreír
de sus compañeros de trabajo. Producto de
demasiado alcohol y tabaco, enferma gravemente. Estando
a punto de morir lo visita un compañero de
trabajo que le pregunta : ¿Cómo te
sientes negro? Y mister Jara pronuncia su última
frase antes de morir: I don’t know you. Nuestra
admiración por lo norteamericano llega al
absurdo de remplazar paulatinamente nuestro idioma
para suplirlo por un inglés-norteamericano
mal pronunciado, como cuando nuestro/as jóvenes
locutores/as de radio y televisión en el rubro “Espectáculos” ya
no dicen “CAMARINES” como solía
decirse hasta hace algunos años sino “VÁKESTEISH” (backstage),
como señal de modernidad, globalización
y, presumiblemente, independencia(4).
Cuando
Chile comenzaba a ser Chile, es decir en la segunda
década del siglo XIX, fuimos visitados por
una dama inglesa que supo retratarnos muy bien. Hablando
del Valparaíso de 1822 nos dice: “En
todas las chacras hay un huerto o arboleda pequeña,
y pocas son las que no tienen un jardincito en donde
se cultivan la mayor parte de las flores conocidas
en Inglaterra. El altramuz perenne y el anual son
aquí plantas rústicas. Las plantas
bulbosas originarias del país sobrepasan en
belleza a muchas de las nuestras; sin embargo, las
extranjeras son tratadas con injusta preferencia” (5).
Y en la línea de esa “injusta preferencia” como
un rasgo chileno -que con tanta perspicacia señalaba
doña María Graham- triunfó la
música en inglés y matamos una Violeta,
(otra flor más que despreciamos). Murieron
los camarines y nació el backstage; murió la
empanada y triunfó el Completo.
Del Especial al Completo
La primera vez que supe de este embeleco para las
tripas debe haber sido por allá por 1959, cuando yo tenía seis años. Recuerdo
que salimos con papá y mamá y mi hermana Marcela (que a la
sazón debe haber contado con cuatro años de edad), amén
de una hermana de mi madre: Tía Blanca. Fuimos al centro, era verano,
cerca de Navidad, y mi padre propuso que no comiéramos en casa y que
nos “sirviéramos” unos hot-dogs (perros calientes) como
se les llamaba en la época.
Así,
sin más, fuimos introducidos súbita
y brutalmente con mi hermana menor al Especial, que
consistía en un enorme pan diseñado
para una salchicha monstruosa y una mayonesa, que
no era el remedo que se sirve en casas y restaurantes,
sino una hecha con todo el huevo. Así como
existió el amor antes del sida, también
existió la mayonesa antes de la salmonella.
Es decir era el tiempo en que las gallinas que se
alimentaban de maíz ponían huevos de
los que se hacía la mayonesa, y no el tiempo
en que unas aves sobrealimentadas con harina y caca
de pescado, y encajonadas de por vida, ponen huevos
que hay que comer cocidos. Recuerdo también
que los adultos se sirvieron Completos, que consistían
en el mismo embrollo de pan, gigante salchicha y
mayonesa gruesa y blanca, amén de tomate,
chucrut y ají rojo en pasta y mostaza a discreción.
De
aquella época (1958) es “Idioma del
mundo” de Pablo de Rokha, en donde deja un
testimonio del debut del Completo en su etapa de
perro caliente en la poesía chilena: “...
la empanada nacional de antaño, caldúa
y gloriosa de picante incomparable, hoy venenosa
como poesía de falsificador del realismo popular,
para las masas, y aquellas prietas compuestas como
un atado de sangre llorando o un escupo del Matadero,
el hot-dog que devora el invertido junto al sucio
bolero o al mambo o al tango demencial al cual los
cornudos, los prostitutos, los patudos y los homosexuales
adoran y babea el justicialismo...” . Se podría
argumentar que don Pablo de Rokha era bastante homofóbico,
pero la relación entre homofobia y Completo
ha llegado hasta el siglo XXI. Un tiempo atrás
oí decir a alguien, para referirse a un señor
presuntamente homosexual “... parece que al
caballero se le ladean los completos”.
Durante
largos años, la dicotomía Especial-Completo
dominó completamente el panorama nacional.
La degustación de uno u otro sándwich
reflejaba posiciones de poder de los comensales,
siendo el ají rojo en pasta la principal línea
divisoria. Por ejemplo, el papá come Completo
y el hijo come Especial, los niños no comen
ají. El marido pide un Completo, la abnegada
esposa que no soporta el ají se sirve un Especial.
La hermana mayor que lleva largo tiempo en la Gran
Ciudad sale un Domingo con su hermana menor que recién
ha llegado de Cumpeo a trabajar de Empleada Doméstica
o Asesora del Hogar. Van al San Camilo de San Pablo
y Matucana. La hermana mayor, Completo. La menor,
Especial. “Es que el ají pica mucho”,
me dirá de vuelta en la casa para consolarse
la menor. Si bien como más arriba decíamos,
el ají constituye la línea divisoria
más importante, nada impide entonces agregar
tomate al Especial. Así nace el Especial-Tomate,
como fase intermedia del Especial al Completo y comienza
a derrumbarse la dicotomía Especial-Completo.
Esto debe haber acontecido en la segunda mitad de
la década de los años sesenta. Ya a
principios de los setenta ha entrado en la escena
culinaria popular en toda su majestad la salsa americana,
la cual disputará al chucrut, durante años,
un lugar en el Completo. Tal vez una de las fuentes
de soda donde mejor se pudo apreciar este combate
chucrut-salsa americana fue en la que está en
Catedral y García Reyes, donde triunfó ampliamente
la salsa americana.
Fui
detenido por el Servicio de Inteligencia Naval en
1973 y luego de casi dos años preso, expulsado
de Chile en 1975. Los dos últimos meses estuve
en el Cuartel de General Mackenna de la Policía
de Investigaciones. Diariamente me visitaba mi madre
en una oficina que amablemente para tal efecto disponía
la Policía Internacional. Diariamente me servía
allí Completos con salsa americana. Cuando
volví a Chile, en 1985, el panorama era de
una degeneración completa del Completo, valga
la redundancia. Entre las clases populares se había
hecho mucho más popular el Completo que en
las décadas anteriores. Los más ordinarios
le llamaban “Completeins” y existían
engendros que nunca he podido soportar como El Italiano,
que “le lleva” palta, tomate y mayonesa
de bolsa. Y hasta con cilantro y perejil me los he
servido. El hot-dog primitivo de los 50 poco a poco
se fue chilenizando, llegando a existir incluso cadenas
de comida rápida basadas en el Completo.
La “Completada“,
con motivo de algún cumpleaños, o el “Completón” que
simula una Teletón en menor escala, pero siempre
en función de de reunir fondos para alguna
actividad solidaria, son parte de nuestro paisaje
cultural. .
Una
vez le conté al bajista del grupo en que tocaba
que nos habían invitado de Suecia a actuar.
El problema era -le conté- la estadía.
Me contestó: “¡Ah!, por mí no
te hagai problema, yo, con un completo me lah arreglo
too el día“. El bajista, como buen chileno
insular, pensaba que el Completo era universal.