LA
ASAMBLEA OBRERA DE ALIMENTACION NACIONAL ORGANIZO
A MILES POR TODO CHILE Y CONSIGUIÓ CAMBIAR
LEYES Y MENTALIDADES. DOS SOCIÓLOGOS ESCRIBEN
SOBRE LA IMPORTANCIA DE ESTE EPISODIO QUE TRANSFORMO
LA LUCHA POR EL PAN DE CADA DIA EN UN TEMA POLITICO
DE PROFUNDAS IMPLICANCIAS.
El
tema de la alimentación en Chile no
puede dejar de lado las consideraciones relativas
a dos fenómenos: el de las clases sociales
y el de la urbanización moderna.
Porque
si una cosa queda clara al revisar la historia
social de Chile en el siglo XX es, precisamente,
el carácter a la vez obrero y urbano de
la cuestión de la alimentación popular
que, en tanto demanda social, no estaba a la orden
del día entre la oligarquía; ni tampoco
era una cuestión decisiva en el medio rural,
donde la supervivencia del mísero campesinado
podía ser, mal que mal, afrontada por su
relación directa con la tierra.
Como
una demanda social de carácter prioritario,
la alimentación sólo podía
nacer entre los trabajadores de la ciudad, cuya
ocupación en oficios especializados que
nada tenían que ver con el proceso de explotación
y distribución de los productos de la tierra,
imponía la necesidad de resolver el problema
del hambre.
Podrá discutirse en qué época de la historia social
chilena se gestó la cuestión de la alimentación popular.
Lo que no admite discusión es que adquirió una dimensión
propia dentro de la historia política chilena gracias a la llamada
Asamblea Obrera de Alimentación Nacional (AOAN), primer parlamento
de las masas obreras, que tuvo el país, y bajo el que la dirección
de la clase trabajadora -la FoCh(2)- lograría
reestructurarse de modo radical; movilizar prácticamente a la sociedad
civil completa en pos de la solución definitiva al problema de la
carestía alimenticia, y también del reconocimiento de las federaciones
sindicales al interior de las empresas, con el propósito de compensar
el alza del costo de la vida con aumentos salariales.
La
Asamblea cubrió –aproximadamente-
un año: desde la víspera del armisticio
de la Primera Guerra Mundial, hasta los últimos
meses de 1919.
Pese
a su breve existencia, logró convocar a
todas las categorías de obreros: desde católicos
hasta socialistas, desde organizaciones mutualistas
hasta federalistas; desde obreros fabriles hasta
empleados de comercio, profesores y estudiantes;
desde los obreros nortinos hasta los magallánicos.
Y les brindó el más abierto espacio
de convergencia para plantear sus propuestas, por
encima de la dispersión, fragmentación
y sectarismo que caracterizaban al mundo obrero.
presión
exitosa
El motivo de esta amplia convocatoria fue que,
hacia fines de la guerra mundial, el abastecimiento
de víveres en las principales ciudades chilenas
comenzaba a ser víctima del doble fenómeno de la carestía
y de la especulación. Debido, en última instancia, a la escasez
artificial provocada por la política hacendal de exportar la producción
agrícola a una Europa exhausta y hambrienta tras años de conflagración.
Las
siguientes cifras dan una idea de la carestía:
hubo un aumento de un 20% en el precio de la carne;
de un 45%, en el del trigo; y de un 80%, en el
de la papa. Con respecto a la especulación,
el recargo por concepto de utilidades al costo
de producción llegó a más
del 100%, en el caso de las papas y de la leche;
y al 75%, en el de los porotos.
Para
abaratar en las ciudades el consumo de productos
agrícolas, la AOAN planteó tres medidas
básicas: la supresión del impuesto
a la internación de la carne argentina;
la instalación de ferias y mercados libres,
que vendieran los productos a precio de costo,
sin recargo de los intermediarios; y la prohibición
de exportar alimentos básicos.
Estas
propuestas difícilmente habrían sido
discutidas por los políticos de no haber
tomado la AOAN la iniciativa de imponer el tema
de la alimentación popular como un verdadero
asunto de vida o muerte para la República,
en virtud de la formidable presión ejercida
por una movilización de masas sin precedentes
en la historia de Chile.
No
era inédito que la gente protestara contra
la carestía, pero sí era la primera
vez que tenía la determinación de
no cejar en su empeño mientras no hubiera
una solución definitiva al problema. Como
punto de partida está la concentración
del 22 de noviembre de 1918 en Santiago, que reunió entre
60 y 100 mil personas, última cifra que
representaba la cuarta parte de los habitantes
de la ciudad. La segunda tuvo lugar a fines de
agosto de 1919, en diversos puntos del país.
Hasta
entonces, las movilizaciones terminaban sin mayores
logros y con baños de sangre, caos y destrozos.
En cambio, aquella de noviembre de 1918, ordenada
y pacífica, hizo efecto en los políticos,
quienes tomaron inmediatas medidas contra la carestía
ante la amenaza de nuevas manifestaciones. Entre
ellas, la suspensión por tres años
del impuesto al ganado argentino; la destinación
de los impuestos al arroz y al té al arreglo
de caminos, para hacer más expedito el transporte
de alimentos desde el campo a la ciudad; la creación
de un fondo estatal de dos millones de pesos de
la época para la instalación de almacenes
fiscales que venderían artículos
de primera necesidad a precio de costo; el término
del monopolio de los intermediarios privados sobre
los productos de chacarería, y la instalación
de ferias libres en los distintos barrios de la
capital.
Es
decir, lo que pedía la Asamblea, y más,
a excepción de las limitaciones para exportar
alimentos básicos. Por primera vez en la
historia de Chile -proclamó un manifiesto-
las sociedades obreras fueron llamadas a colaborar
con legisladores y gobernantes para el dictado
de leyes y medidas de bien público, y el
Ejecutivo y las Cámaras se preocuparon de
los intereses generales de la nación. Hasta
entonces, materias de semejante tenor no eran tratadas
en las esferas del poder, preocupadas de la ley
de matrimonio civil o la disyuntiva entre educación
laica o religiosa. Frente a estos temas, la cuestión
del pan de cada día parecía algo
pedestre.
hambre
de más que pan
La oligarquía, en principio, se negaba a reconocer que por aquellos
años existiera un problema de alimentación. Los hacendados,
agremiados en la Sociedad Nacional de Agricultura, opinaron que la "solución" era "disminuir
las poblaciones de las ciudades", las que -al parecer- no representaban
para ellos más que lugares de tránsito de los víveres
desde las haciendas hacia los mercados europeos. Con una perspectiva histórica
de más de ochenta años, las ciudades chilenas de entonces aparecen
distanciadas de los intereses del mundo agrario, que las consideraba, a ellas
y a lo que representaban, poco menos que de sobra: civilidad, modernidad
y cultura de masas parecían interponerse entre la hacienda y el mercado
mundial.
Los únicos
interesados en el mercado nacional fueron los viñateros,
aunque para hacer de la ciudad un centro de abastecimiento
de alcohol, negocio de explotación de los
vicios de la clase trabajadora, como denunció la
AOAN.
Para
la AOAN el problema de la alimentación popular
y la defensa de la ciudad y la sociedad civil fueron
una sola cosa en sus ideales, valores, propósitos
y acciones. La Asamblea argumentaba que, al levantar
la bandera de la alimentación popular, estaba
también defendiendo a la República
y su sistema de vida. De hecho, fue esta asamblea
la que instaló la cuestión alimenticia
y del hambre regularmente en la primera plana de
los diarios y en las discusiones del parlamento
como una condición básica para la
sustentabilidad a largo plazo de la sociedad chilena.
De
ahí que lo que comenzara como un movimiento
en pro de la alimentación de la población,
en la perspectiva de una solución definitiva
a la escasez y carestía de víveres,
en el curso de unos pocos meses derivara en un
movimiento social de masas que elevó a la
AOAN a la categoría de un verdadero parlamento
popular, paralelo a los poderes existentes, abocado
a construir una nueva sociedad mediante leyes y
propuestas que desbordaban el problema inicial
de la subsistencia, para asumir la relación
entre capital y trabajo, la colonización
de las tierras, el ordenamiento y saneamiento de
las ciudades, y la defensa de las libertades públicas
sofocadas por el gobierno de Sanfuentes.
Este
salto en la amplitud y profundidad de las demandas
sociales se explica dentro del marco general de
transformaciones de la estrategia de lucha de la
clase trabajadora chilena la cual, a fuerza de
duros golpes como las sangrientas experiencias
de las movilizaciones de 1903, 1905 y 1907, había
aprendido cosas importantes.
Entre
ellas que la cuestión alimenticia no podía
girar en torno a demandas específicas -como
ocurrió con la huelga de 1905, a raíz
del alza del costo de la carne- sino que debía
ser abordada desde una política de alimentación
popular, capaz de reorganizar la producción
agrícola; que esa política alimenticia
debía ser estatalmente dirigida, por lo
que exigía presionar a los poderes públicos;
que la carestía alimenticia podía
ser compensada con un alza salarial, sin perjudicar
las utilidades empresariales ya que Chile vivía
un periodo de bonanza económica y pleno
empleo. Y que todo lo anterior sería posible
si la clase obrera estaba unida y fortalecida frente
a la clase patronal y al aparato policial y represivo
del Estado, unidad que consiguió la Asamblea.
Así,
estuvo en condiciones de exigir al Gobierno -en
1918- que en la Junta de Subsistencia, ente estatal
llamado a organizar la producción y distribución
de alimentos, estuvieran representados en igual
proporción obreros y patrones, lo que constituyó el
primer intento histórico de cogestión
de la economía. La estrategia les sirvió también
para preparar, gracias a la concentración
pública de fines de agosto de 1919, el escenario
para el paro general de septiembre. El resultado
fue un decreto gubernamental que creó la
Junta de Conciliación de Conflictos, germen
de la negociación colectiva.
La
alimentación popular -vale decir, el pan
de cada día- logró adquirir bajo
la dirección de la AOAN una dimensión
cívica, política y de interés
nacional, que la situó en el centro mismo
de la cuestión social, convirtiéndola
en el talón de Aquiles del parlamentarismo.
Es decir, en lo que arrastraría en pocos
años a este régimen a su colapso
como sistema político, haciendo posible
que sectores sociales más amplios tuviesen
participación y gestión en el Estado.