| |
Para
comenzar, es necesario pensar que al cocinar y
al alimentarnos nos planteamos de la misma manera
que con respecto al lenguaje. Tenemos un sinnúmero
de sonidos posibles para realizar con nuestro aparato
de fonación, o de letras con nuestros signos
escritos. De estos, cada cultura sólo selecciona
algunos y los convierte paulatinamente en sonidos
y signos propios que, combinados también de
una manera particular, van a dar en palabras, frases
y sentencias. Es decir, su propia lengua, su idioma
distintivo. Lo mismo con la música, donde
existen elementos sonoros que arbitrariamente se
constituyen como básicos, las notas musicales,
y que por medio de su uso, repetición y aplicación
constante forman una verdadera gramática acústica.
En
el caso de lo culinario, recordemos que existen libros
de cocina repletos de recetas, una forma de poner
bien la mesa; un orden de los platos servidos; sonidos
o crujidos que debe emitir una comida; una estética
de colores y, lo fundamental, un aroma y un gusto
particulares, mezcla de todo lo anterior, compenetrado
para producir una alimentación rica y variada,
esencia de la humanidad. Estas combinaciones también
obedecen
a una gramática, a una forma de expresión
y de comunicación de sentidos: lo culinario.
Porque
ningún elemento seleccionado en una cultura
será carente de sentido o vacío de
significación. Los alimentos sirven como vehiculadores
de sentidos, siendo eficaces para comunicar y comunicarnos,
sin que sea necesario remitirse al lenguaje hablado
o escrito. Un aroma puede decir muchas cosas, lo
mismo que marcar distancias o estatus entre las personas.
El lugar de la mesa donde es ubicado alguien para
comer, el orden que indica a quién se le servirá primero
y la cantidad de comida para cada comensal, todo
sirve para marcar jerarquías o diferencias
de género, haciéndose evidentes muchos
significados.
La
comida, entonces, es una especie de lenguaje, del
cual todos usufructuamos y que todos debemos aprender.
Y como cada cultura enseña sus propias costumbres
y significados, así también sucede
que nos señala qué debemos comer y
qué es preciso dejar de lado.
de
posible a comestible
Lo anterior me lleva a definir un concepto de cocina
un poco más amplio
del tradicional, por lo general circunscrito a las transformaciones asociadas
al fuego y sus derivados.
Entenderé aquí por
cocina el proceso de transformación real o
virtual que sufre un elemento dado de la naturaleza,
y que lo sitúa dentro de la categoría
de lo comestible, ya sea por medio de meras operaciones
mentales asociativas, o por complejas formas de transformación
e ingenio que, incluso, pueden llegar a durar muchos
años antes de completar su perfecta forma
alimenticia. No importa, en este caso, si para finalizar
el proceso sea necesario asar, hervir, podrir, gratinar,
sacrificar, salar, o simplemente trozar, pelar o
hasta sólo oler el elemento culinario.
Sin duda esta transformación tuvo como importante base el dominio del
fuego, transformador por excelencia que, aplicado directamente a un elemento
de la naturaleza lo vuelve comestible. Mediatizado por cántaros, agua,
humo, y procesos como asado, tostado, ahumado y hervido, es el principio de
la transformación culinaria. Pero no hay que olvidar que son muchos
los procesos suficientes para convertir algo de posible a realmente consumible
y consumido. La idea es transformar, en nuestras mentes, algo que está fuera
de nuestro dominio trófico y tornarlo alimento. Esa es, a mi juicio,
la base principal de la cocina: el separarnos por diversos procesos de nuestra
ya determinada prescripción alimenticia y comenzar a pensar en un mundo
en donde todo puede ser consumido si se lo somete a los procesos adecuados.
Vegetales,
animales, insectos, hongos y hasta bacterias, no
son sino sustento material que espera ser incluido
en un código culinario y pasar, entonces,
a tener significado; ser transformados de meros elementos
de la naturaleza en alimentos de una cultura. Este
proceso es evidentemente colectivo y público,
porque los mismos significados asociados a nuestra
visión de mundo son públicos. De hecho,
lo culinario tiene su validación en la ejecución,
en lo que consideramos el consumo del alimento, en
los efectos que produce. Esta operación humana
trasciende desde el sentido de lo individual al culto
de lo social, a aquello denominado la comensalidad:
el sentarse a degustar juntos algo que ha sido preparado
para alguna especial ocasión, siendo estos
antecedentes los que asocian tan estrechamente comida
y ritual. Ambos rememoran momentos anteriores, cuando
otras personas -siguiendo los mismos procesos- llegaron
a las mismas conclusiones y sabidurías transmitidas.
Lo
social y lo culinario están tan imbricados,
que algunos autores han puesto a la cocina en el
inicio de la propia actividad humana; es decir, cuando
un conjunto de primates se reunieron por primera
vez a transformar un elemento en comida, lo cocinaron
y luego transmitieron la receta de generación
en generación.
Esta
idea de receta nos genera la idea de cultura, de
la intervención humana en la naturaleza y
la separación evidente de los mecanismos genéticos
para resolver los problemas de supervivencia de la
especie. La idea de receta habla de la transmisión
de padres a hijos, o mejor dicho de madres a hijas
ya que, en la mayor parte de las culturas conocidas,
la trasformación de los alimentos es preferente
y cotidianamente una labor femenina.
Lo
importante de esto es que con la cocina se inventa
un nuevo código de comunicación. Pero
también el que este código, por más
fijo que sea, está sujeto a la improvisación
y a las nuevas experiencias, a los elementos y técnicas
que estén a disposición. Tal como las
invenciones tecnológicas más sofisticadas,
las variantes en la cocina son producto de una profunda
observación de los procesos naturales (quizás
antecediendo a la misma ciencia), del descubrir las
propiedades de ciertos elementos y los mecanismos
más adecuados de su transformación.
lo
nuestro y lo ajeno
Pero también muchos descubrimientos culinarios se deben al azar, al
olvido, a la cercanía de bacterias desconocidas, a estados de ánimo,
a necesidad, a crisis de la naturaleza y a otras tantas razones que llevan
a un grupo de personas a transformar el medio ambiente en hecho alimenticio,
inscribiendo a través de la cocina su particular forma de ser y de enfrentar
el mundo. De ahí la estrecha relación entre comida y cultura
y la profundidad de lo que planteaba el viejo noble francés: al cocinar
estamos seleccionando elementos que otros jamás osarían en siquiera
pensar como alimento. Baste pensar para un chileno en juntar leche, palta y
azúcar, o para un brasileño comer la palta con sal, para darse
cuenta de lo arbitrarias que son las cuestiones culinarias.
Es
por eso que muchos de los gustos alimenticios de
los otros nos chocan, pues tendemos a transformar
estos elementos culinarios en formas identitarias
externas, en representaciones colectivas de nuestra
propia identidad, ya que para sentirnos como un todo,
para tomar conciencia de que somos una familia, una
tribu, un pueblo o una nación, necesitamos
saber que tenemos ciertas cosas en común que
nos representan, que las identificamos como propias
y que, visiblemente, nos indican el sentido de pertenencia
a nuestra colectividad.
La
ropa, el mismo lenguaje, algunas veces los rasgos
físicos, la manera de construir las casas,
son elementos tangibles, usados de manera tal de
servir de señas en nuestra identificación
como seres gregarios. Y la comida no es una excepción.
En ella también se fijan los sentidos de lo
social, la pertenencia étnica o la idiosincrasia
de un pueblo, aquello que lo caracteriza y lo diferencia
de los otros. Necesitamos inscribir nuestros alimentos
con el rótulo de “mis alimentos”,
aunque sepamos que el aguardiente de uva existe en
cientos de países y que las empanadas, los
porotos, o el mote con huesillos, están presentes
en otras naciones.
Como
toda colectividad no puede prescindir de ritos ni
de rutinas para su perpetuación, la cocina
se ha trasformado en uno de los principales elementos
ceremoniales que guían el actuar de las personas
por su mundo. Desde la misma receta de cocina, hasta
la idea de generar acuerdos de las más diversas índoles
sancionados a través de la comida, lo culinario
es utilizado como un perfecto vehiculador de sentidos
y sentimientos, de confianzas y de respeto.
Como
en un rito religioso o una ceremonia pública,
al cocinar transmitimos no sólo olores y gustos,
sino emociones, rabias e intenciones profundas, plasmadas
en los alimentos en la medida en que los oficiantes
rituales -cocineros y cocineras- se esfuerzan en
su preparación. Y en la medida también
en que los comensales ejecutan ávidamente
su consumo.
La
misma idea del sacrificio ritual está por
detrás de estos sentidos de lo culinario:
el hecho de ofrecer algo a los dioses, a los antepasados,
a nuestra colectividad, al otro que viene llegando
de lejos; compartir aquello que es mi sustento, desplegarlo
frente de esta persona que, por lo mismo, no debe
rechazarlo.
Cualquier
negación puede interpretarse como un rechazo
de la acción ritual en conjunto, un rechazo
a mis prácticas, a mi manera de entender el
mundo entregada voluntariamente; de rechazo, también,
a la necesaria apertura al intercambio y a la alianza
que, a corto o largo plazo, deberá ser devuelta,
en lo que se conoce como reciprocidad.
Impreso
en que figuran puestos de verduras y señoras comprando
- 1910
aprox. - Archivo Museo Histórico Nacional. |
|