| Un
anciano agoniza en su lecho de muerte, sin fuerzas
siquiera para emitir un quejido o una última
imprecación. Su cuerpo consumido parece
una pequeña momia reseca, y aun cuando su
aparato digestivo hace ya varios días que
dejó de funcionar, el hombre continúa
respirando con una energía tan tenaz como
desesperada.
El
anciano se llama Luis Rojas, y es mi abuelo. Yo lo
acompaño en sus últimos momentos y él
sabe que estoy allí. Reuniendo sus fuerzas,
toma mi mano entre las suyas y se la lleva a la boca
desdentada, como si quisiera devorarla. El gesto
me resulta a la vez conmovedor e inquietante y en
ese momento me parece (aún me lo parece todavía)
cargado de un nebuloso pero profundo significado.
Cito
a Mihail Bajtin: "El cuerpo transgrede (...)
sus propios límites. Traga, devora, desgarra
el mundo. El encuentro que tiene lugar dentro de
una boca que muerde, desgarra y mastica, es uno de
los más antiguos y más importantes
objetos del pensamiento y la imaginería humanos".
Puede
parecer extraño comenzar así un texto
que trata sobre las posibilidades cognoscitivas y
simbólicas del sentido del gusto, pero esta
escena con mi abuelo fue lo primero que vino a mi
mente tras leer el magnífico estudio de la
investigadora estadounidense Carolyn Korsmeyer, "El
sentido del gusto. Comida estética y filosofía",
obra en la que analiza con minucioso rigor y una
buena dosis de ingenio, el lugar que ha ocupado el
sentido del gusto como objeto de reflexión
filosófica a lo largo de la historia. Debo
decir que la estimulante investigación emprendida
por Korsmeyer ha inspirado estas líneas que
no son otra cosa que una larga, y acaso fallida,
paráfrasis de su libro.
jerarquía
de los sentidos
El sentido del gusto ocupa el último lugar dentro de la así llamada
jerarquía de los sentidos establecida por los filósofos clásicos.
La vista y el oído, ubicados en la cumbre de dicho escalafón,
proporcionan percepciones del mundo que, por su riqueza de matices y su complejidad,
poseen un enorme valor cognitivo. Estos sentidos "superiores", orientados
hacia el objeto, serían los encargados de proveernos de las refinadas
experiencias propias de la dimensión estética del mundo. El tacto,
el olfato y el gusto, en cambio, parecieran estar, según esta clasificación,
más íntimamente relacionados con lo instintivo y más orientados,
por lo tanto, hacia el sujeto que hacia el objeto.
Esta
suerte de "pobreza cognitiva” es reforzada
por las reconvenciones morales y religiosas que fustigan
la tendencia a la sensualidad y el exceso pecaminoso,
propios del sentido del gusto, como también
su incapacidad para proveernos de experiencias de índole
contemplativa. Y es que el gusto se asocia al apetito,
que nos impulsa a beber y a comer y, desde ese punto
de vista, su función parece demasiado prosaica
como para merecer mayor atención de parte
del pensamiento filosófico.
El
repertorio de opiniones negativas referidas al sentido
del gusto gira, en general, en torno a tres tipos
de afirmaciones. A saber:
El
hecho de que existan sólo cuatro clases de
sabores (dulce, ácido, salado y amargo) hace
que la variedad de las percepciones sea muy limitada.
El
número de sabores básicos ha variado
en el tiempo, de modo tal que en el siglo XVI -por
ejemplo- llegaron a distinguir nueve tipos de ellos
(incluyendo categorías como astringente, espirituoso,
viscoso o nauseabundo) y que, en la actualidad, algunos
investigadores han propuesto aun agregar otras, como
alcalino o metálico. Sin embargo, los cuatro
sabores elementales prevalecen en la mayoría
de los estudios, que han tratado de eliminar de la
clasificación aquellas categorías que
incorporan percepciones provenientes de otros sentidos,
como sucede en el caso del sabor astringente, muy
relacionado a lo cutáneo como para ser considerado
un sabor puro.
El problema con estas taxonomías es que, en rigor, están referidas
a “categorías” y no a sustancias para combinar, como sí sucede
en el caso de los colores primarios y su relación con la vista, por
ejemplo. Mientras que los colores básicos son ondas luminosas o pigmentos,
los sabores básicos son, en realidad, “tipos” de sabores.
Vale decir, conceptos operativos y no sabores específicos. De tal modo
que la supuesta limitación fisiológica del gusto bien podría
ser una sutil trampa nominalista.
El
segundo reproche al sentido del gusto tiene relación
con el hecho de que gran parte de las distinciones
más sutiles de la degustación vienen
dadas por el aporte del olfato.
Como
en el caso anterior, esta es también una cuestión
que atañe más bien a la fisiología
de los receptores del gusto que a su “experiencia”,
la cual incluye el sentido del tacto no menos que
el del olfato, detalle que no se les escapará,
por ejemplo, a los aficionados al quemante placer
del ají.
El
tercer tipo de acusación califica al gusto
como “primitivo”. Tanto en un sentido
evolucionista (el órgano que antes evoluciona
en los organismos simples es la boca), como porque
actúa como un centinela, cuya misión
es discriminar entre lo saludable o nutritivo para
nuestro organismo, de lo tóxico.
En
cualquier caso, el juicio tácito contenido
en el adjetivo “primitivo” remite nuevamente
a lo instintivo, a todo aquello que corresponde a
nuestra “naturaleza animal”, en oposición
a lo culturalmente desarrollado.
Restringido
en sus posibilidades perceptivas, limitado en los
aspectos más sutiles de la experiencia sensorial
y tildado de primitivo, no es extraño, entonces,
que el gusto reciba tan escasa atención, y
que su capacidad para generar experiencias complejas
y dotadas de espesor simbólico sea menospreciada.
En
este punto, cabe preguntarse cuán útiles
o eficaces resultan estas taxonomías, al tratar
de comprender los verdaderos alcances de una experiencia
sensorial que raramente (salvo en condiciones de
laboratorio) se da aislada. Una experiencia gustativa
auténtica reclama el concurso de percepciones
sensoriales combinadas, está influida por
determinaciones genéticas (número de
papilas o tolerancia a determinadas sustancias),
y va acompañada de reminiscencias, asociaciones
y datos aportados por el intelecto y las referencias
culturales.
gato
por liebre
El hecho de que el suculento cordero asado, ofrecido
por un grupo de amigos bromistas, resulte ser carne
de perro (la carne de nuestra propia mascota Boby,
por ejemplo), evidentemente alterará la experiencia gustativa. Químicamente
nada habrá cambiado, y sin embargo, lo que -en un primer momento- fueron
unas crujientes costillas, luego del macabro descubrimiento se habrán
convertido en los restos profanados del pobre Boby... y aquel fraudulento alimento
será, de pronto, repulsivo e incomible.
En
esto, el gusto no opera de manera tan distinta de
los sentidos llamados “superiores”. En
artes plásticas, por ejemplo, existe un efecto
similar al “asado de Boby”. Como señala
Carolyn Korsmeyer: “un enorme móvil
de Calder, conformado por varios segmentos metálicos
negros y que a cierta distancia parece una figura
delicada y alegre, se transforma radicalmente cuando
viéndolo desde abajo, podemos leer la etiqueta
con el título: “Viuda Negra”.
El “asado
de Boby” nos habla de un tipo de experiencia
compleja, relacionada con la confianza, la traición,
las apariencias, y donde el sabor en sí mismo
no es más que uno de los componentes, cuyo
peso específico es bastante relativo.
Un
ejemplo de sentido inverso, donde la complejidad
de la experiencia gustativa viene dada por el exhaustivo
inventario de las percepciones sensoriales, es la
cata del vino. Roberto Matta comentó alguna
vez que no comprendió realmente de qué se
trataba la cosa, hasta que estuvo en condiciones
de gastar cantidades importantes de dinero en una
botella. Sólo entonces conoció la posibilidad
maravillosa de reconstruir un paisaje a partir del
paladeo del líquido contenido en una copa.
Probar un sorbo de vino y estar en condiciones de
contrastar sus virtudes, reconocer las características
de las barricas en que reposó, determinar
que tal acidez, tal dulzor y tales reminiscencias
aromáticas provienen de frutos cosechados
en el valle del Maipo el año 1988, no parece
el tipo de experiencia que uno pueda calificar de
modo tan campante como primitiva o limitada.
Hay
que señalar, además, la interesante
paradoja que representa el hecho de que la facultad
que nos permite apreciar lo bello, vale decir, la
discriminación en asuntos estéticos,
sea denominada, precisamente, gusto. El “buen
gusto” se desarrolla, requiere de una sensibilidad
refinada, de un bagaje cultural amplio y, aunque
en muchos casos, sea difícil de conceptualizar,
no es en modo alguno subjetivo ni arbitrario.
La
filosofía ha tratado, por lo general, el gusto
en este sentido metafórico, y es curioso que
en las teorías del gusto estético,
surgidas principalmente durante la Ilustración
europea, el sentido literal del término esté casi
completamente ausente.
A
fin de cuentas, lo que se pretende escamotearle al
sentido del gusto, es su capacidad de generar experiencias
que entren en el orden de lo sublime (que incluye
el horror) y de lo epifánico. Tendemos a situar
ese tipo de experiencias en las antípodas
de los procesos fisiológicos y cotidianos
de nuestro cuerpo, pero nos olvidamos de que algo
muy profundo sucede cuando nos apropiamos de un pequeño
pedazo del mundo, cuando lo incorporamos a nosotros.
Esto se vuelve evidente cuando pensamos que el misterio
central del cristianismo, la Eucaristía, no
es otra cosa que el acto de comer la carne de Dios
y beber su sangre. Saturno se come a su hijo, Adán
come de la manzana del Árbol del Bien y del
Mal, Jonás es comido por la ballena.
Eros
y Tánatos, devorar y ser devorado. El sentido
del gusto merece ser reivindicado. El gesto de mi
abuelo merece ser esclarecido. El Aurobouros, la
serpiente que se muerde la cola, es un símbolo
eminente del ciclo de la vida y del misterio de la
muerte, que aparece por todas partes en la historia
humana. Vivir es devorar y ser devorado, vale la
pena explorar, entonces, cómo es que semejantes
cosas suceden, cómo resuenan en nuestro interior
y no menospreciar aquel sentido que, en forma más
directa, sensual y misteriosa, nos conecta con el
mundo.
Bon
apettit.

Foto
Alvaro Magaña T. |