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“LE
HAN DADO NUEVA ANIMACIÓN Y VIDA A LA APATÍA
SOCIAL REINANTE, LOS TÉS Y APERITIVOS DANZANTES
DE GATH CHAVES. A ELLO HA CONTRIBUIDO GRANDEMENTE LA
NUMEROSA Y DISCIPLINADA ORQUESTA QUE AMENIZA LAS REUNIONES
DIARIAS DEL TEA-ROOM Y QUE CUENTA EN SUS PROGRAMAS
LAS CANCIONES Y BAILES MÁS MODERNOS Y DE MODA,
QUE SON CANTADAS CON AFINACIÓN Y BUEN GUSTO
POR UNO DE LOS MÚSICOS DEL CONJUNTO”. |
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Juan
Pablo González R. |
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Pese
a la paulatina homogenización de funciones
que ha sufrido la música durante la modernidad,
que la ha hecho perder su relación con ocasiones,
actividades y lugares específicos, algunos
géneros y repertorios musicales mantuvieron
durante el siglo XX cierta asociación con
comidas y bebidas ingeridas en determinados momentos
y lugares.
Mercados y puertos chilenos han servido de marco
para saborear un humeante caldillo de congrio al
compás de un vals peruano; o unas machas a
la parmesana unidas a un bolero. Para qué hablar de la relación
de la cueca con el vino tinto, o del vals chilote con el curanto, tan explotadas
por el turismo nacional. De este modo, nuestros sentidos parecen cruzarse
y terminamos bebiéndonos un bolero, masticando un tango o zapateando
una empanada.
Durante la primera mitad del siglo XX, los espacios públicos de diversión
constituían lugares privilegiados para el encuentro y la socialización,
donde primaba la moderación a la hora del beber y de darle volumen
a la música. Existía así un clima favorable para la
conversación y el conocimiento mutuo; cada actividad tenía
su lugar y se combinaba con las otras: comer, beber, fumar, conversar, bailar,
escuchar, besar o acariciar eran acciones entrecruzadas, que así adquirían
nuevos sabores.
Las ocasiones para bailar eran más diversas que las actuales: se bailaba
con el té de las cinco de la tarde, con el aperitivo de las siete,
o con la cena de las diez de la noche. Estos horarios permitían, además,
combinar el baile con el cine, pues el público asistía a los
salones de té y a las boites antes o después de las funciones
de matinée, vermouth y noche, haciendo más completo aún
el entrecruzamiento sensorial y la jornada de diversión.
té y simpatía .
Los locales debieron adoptar un carácter variado, para adecuarse a
las distintas necesidades generadas por clientes que escuchaban vals tomando
una taza de té, foxtrot bebiendo un vaso de Coca-Cola, o conga tomándose
un ron. Los tea dancing, cofee dancing, aperitif a la mode, y cenas bailables
marcaban las ocasiones públicas de socialización y consumo
del Chile de la primera mitad del siglo XX. Sólo faltaba bailar al
almuerzo y al desayuno.
El actor Rafael Frontaura, en su detallado recuento de la bohemia
santiaguina, muestra siempre a los locales de diversión como lugares polivalentes
y con denominaciones diversas. Uno de los ejemplos más elocuentes
lo constituyó “El Inca” (21 de Mayo a media cuadra de
la Plaza de Armas de Santiago). Abierto como una confitería familiar,
señala Frontaura, se convirtió en un importante centro bohemio
en la década de 1940 “con algo de cabaret y de teatro, por su
escenario y su pista de baile, con otro poco de restaurante por sus reservados
[…] y con algo también de circo pobre por la carpa de lona a
listas rojas y azules que cubría el local. La entrada era por el clásico
pasillo y bar, con mostradores repletos de pasteles y de dulces” (3)
Los locos años 20 habían traído a Chile la apertura
de los salones de té, sumados a las ya conocidas terrazas de baile
y cabarets. Estos nuevos locales permitían recoger y administrar la
extendida costumbre chilena -de herencia británica- de tomar el té a
media tarde, que ahora se constituía en una nueva práctica
de socialización en torno a la comida y la música. Entre los
salones más recordados del Santiago elegante están aquellos
de los hoteles Crillón y Savoy, y el de la tienda de departamentos
Gath & Chaves. Eran los lugares favoritos de la elite social capitalina
para celebrar despedidas de soltera y a sus reinas de la primavera.
Los salones de té contaban con una oferta de músicos que aumentó considerablemente
a partir de la cesantía producida por la llegada del cine sonoro a
Chile, a comienzos de 1930. De este modo, era posible escuchar a la hora
del té a un grupo de cámara o a un pianista tocando música
de moda o repertorio moderno de concierto: las polifonías agridulces
de la música de Strawinsky o las armonías flotantes y ligeras
de la música de Debussy y de Ravel podían mezclarse muy bien
con un té al limón y con unas finas galletas de jengibre, menú predilecto
de las tardes en dichos salones.
Los niños solían acompañar a sus madres una vez a la
semana y gozaban con medias lunas y helados, mientras intentaban escuchar
en silencio conciertos como el de “La Rusia mística y revolucionaria”,
ofrecido por el Tea-Room del Gath & Chaves durante el mes de mayo de
1930. Una década más tarde, será el violinista ruso
Jascha Fridman -recién llegado a Chile- y su Orquesta Gitana quien
amenice las tardes del lugar. El bolerista nacional Raúl Videla actuaba
como solista y anfitrión de las veladas .
ni con el fuego... .
La hora del aperitivo estaba reservada para padres y parejas de
novios, quienes luego de beber un oporto acompañado de aceitunas, bailaban tango y
foxtrot, la dupla más recurrente de la época. Uno de los lugares
favoritos para los aperitivos danzantes en los años treinta era el
Salón Lucerna, abierto en 1932, que se mantuvo durante toda la década
de 1930 como un centro gravitante de la vida social santiaguina. Su propietario
era el empresario vasco-francés Pedro Harguindeguy, preocupado de
dar una atención especial a periodistas, bohemios y artistas que concurrían
noche a noche después de la salida de teatros y cines. Estaba ubicado
en Ahumada esquina Huérfanos, y es recordado por Frontaura como un
local muy completo, con pastelería, dulcería, sandwichería
y bar; servicios de once, desayuno, almuerzo y cena; pista de baile y salones
para banquetes, fiestas, y recepciones. La música estaba a cargo de
afamadas orquestas nacionales y extranjeras, como la de Isidro Benítez,
Fernando Lecaros, Jascha Fridman, Antonio Lamanna, y de los Lecuona Cuban
Boys. En sus aperitivos danzantes se rifaban mantones y botellas de champagne
francés.
Los espectáculos ofrecidos en el escenario circular del Lucerna, alrededor
del cual se multiplicaban las mesas repletas de comida y de bebida, tenían
mucho de programa de variedades pues, además de números bailables
aparecían prestidigitadores y telépatas que asombraban a los
asistentes. La diversidad de oportunidades con que contaba el Lucerna para
ofrecer espectáculos le permitió recibir una gran cantidad
de artistas chilenos, argentinos, brasileños, mexicanos, cubanos,
españoles y estadounidenses que reflejan la variedad de rumbos de
la música popular de esos años. Cuando un voraz incendio acabó con él,
en enero de 1949, la prensa lo lamentó como una de las más
grandes pérdidas producidas en la noche santiaguina, en una de las
fogatas más extraordinaria que ha conocido el centro de la capital.
Siete meses demoraron sus empresarios en abrir un nuevo local que haría
historia en el Santiago de los años 50: el Goyescas.
La relación entre música y comida cobraba especial relieve
a la hora del bajativo, ya que el ritmo constante, las melodías ensoñadoras
y las voces aterciopeladas contribuían a que el alimento continuara
con suavidad su ruta en nuestro interior. Esta función digestiva de
la música, reconocida y utilizada desde tiempos remotos, mantuvo aún
por años toda su vigencia en los lugares públicos de comida
y de diversión. Desde los inicios de los 50, hoteles, restaurantes
y boites nacionales comienzan a reemplazar a la orquesta por un órgano,
como el Hammond que estrenó el fantasista del teclado Pepe Carrera
en el dinning room Waldorf a comienzos de la temporada de 1950, al que “no
hay orquesta que se iguale a la suavidad, ritmo, melodía y fantasía”,
según anunciaba el diario El Mercurio de Santiago.
Hoy,
la mirada de sospecha de la modernidad hacia esa
relación ha conseguido aislar música
y comida en pocos y específicos lugares que
no tienen, generalmente, el glamour de antes.

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(2) Revista Ecran, del 22
de abril de 1930.
(3) “Trasnochadas. Anecdotario del teatro y de la noche santiaguina”,
Rafael Frontaura, Zig-Zag. 1957.
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clima favorable para la conversación y el conocimiento
mutuo; cada actividad tenía su lugar y se combinava
con las otras a la vez: comer, beber, fumar, conversar, bailar,
escuchar, besar o acariciar eran acciones entrecruzadas, que
adquirían nuevos sabores al mezclarse. (2) |
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Músico. |
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