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  Antropólogo por Dario Burotto  
 

Cuando Henry Ford diseñó en 1908, el automóvil Ford T, no sólo innovó en cuanto a los procesos productivos incorporando la línea ininterrumpida de montaje, sino que también instaló en el mundo del diseño y de los negocios, un concepto que hoy parece lejano o, por lo menos, extemporáneo: el producto se vende por su utilidad y calidad, no por su imagen.

Es indudable que las ideas de Ford apuntaban a producir y vender un producto de alto estándar de calidad y duración, de una gran eficiencia y que prestara un gran servicio al cliente. “Todo buen automóvil debía durar como un buen reloj”, sostenía. Así, no sólo establece su particular visión respecto de los automóviles, sino que también revela su posición respecto de los productos industriales, que sólo tendrían sentido por la utilidad que prestan y por su función social.

Henry Ford sostiene en sus escritos:
“la pregunta es esta. ¿Es mejor sacrificar la artisticidad a la utilidad, o bien la utilidad a la belleza?. ¿Cuál sería, por ejemplo, la función de una tetera cuyo brocal, por causas de una intervención artística, no permitiera verter el té?, ¿o la de un rastrillo cuyo mango ricamente adornado hiriera la mano de quien lo usa? (...) si quisiéramos hacer un automóvil de acuerdo con un diseño egipcio, esto no tendría nada que ver con el arte. No sería arte, sino solamente una idiotez. Un automóvil es un producto moderno y ha de estar construido no para representar algo, sino para poder prestar el servicio que se ha previsto para él.” (1)

Fue tan importante la irrupción de los productos en serie en la cultura occidental, que el fenómeno va a ser uno de los tópicos recurrentes de vanguardias artísticas de los años veinte como la Bauhaus, el Constructivismo Ruso e, incluso, De Stijl. En ellas se vislumbra la promesa de la utopía, el intento por construir una sociedad mejor, moderna y con objetos esencialmente útiles para occidente, así como también devienen dotadas de un modelo estético depositario de las estéticas geométricas tan usuales en esa década. Y aunque la postura comercial de Henry Ford no corresponda a los postulados de las vanguardias europeas, sí se puede sostener cierta cercanía con ellas en la medida de que él, asumiendo una cierta reflexión de orden social, se la juega porque el cliente compre productos por su calidad, bajo costo, servicio y duración.

La estrategia de Ford había resultado de un enorme éxito comercial ya que se sabe que hacia 1910 se fabricaron alrededor de 20.000 unidades de Ford T a un costo de 850 dólares. En 1916 dicha cifra aumentó a casi 600.000 a un costo de 360 dólares por unidad. En 1927, Ford había producido cerca de 15 millones de vehículos.

Sin embargo, la postura de Ford sufriría serios embates a fines de los años veinte, cuando su principal competencia, la General Motors, realiza una de las estrategias más agresivas para posicionar a sus automóviles en el mercado y desplazar la hegemonía de Ford. Dicha estrategia fue elaborada por su presidente, Alfred Sloan, quien optó por algo impensado hasta entonces: en vez de competir rebajando los precios, hizo todo lo contrario al aumentar los precios y al potenciar las ventajas formales de sus nuevos modelos. Había nacido una nueva concepción comercial, en donde rápidamente la publicidad asumiría un rol medular. Me refiero al Styling.

El Éxito del formalismo
El Styling, también conocido como formalismo o estilismo, centra su propuesta no en destacar la calidad o duración del producto, sino los valores formales con la intención de que el cliente tienda a cambiar el automóvil todos los años de acuerdo a las innovaciones estilísticas y de diseño del producto. En otras palabras, con el styling, el cliente compra un producto y rápidamente lo cambia por otro que cree distinto, pero que básicamente es el mismo con cambios cosméticos y no de fondo: pueden ser novedosos colores, mejor equipamiento, variaciones en los focos, nuevos cromados o propuestas aerodinámicas, pero el automóvil no cambia sustancialmente como máquina.

La estrategia de Sloan tuvo un éxito inusitado. Si a principios de los veinte Ford tenía la mitad del mercado de automóviles en EE.UU. y General Motors la cuarta parte; en la década del treinta dicha proporción se había invertido, a pesar de que Ford rebajó seis veces seguidas sus precios entre 1912 y 1925. Esto demuestra claramente que el automóvil se había transformado de un objeto funcional, en uno dotado de valores mucho más sutiles como prestigio, moda, actualidad o estatus. Será la publicidad la encargada de potenciar dichas ventajas comparativas formales, por lo que en vez de resaltar racionalmente la calidad de los productos, apelará a otras cualidades, para que entren en sintonía con la nueva situación y valoración de los objetos.

Si la sociedad de consumidores es hoy en día la forma superior de existencia, es porque de una u otra forma los productos han sido dotados de una significación simbólica que trasciende su mera utilidad. Poseerlos y consumirlos permite un nuevo rito de reconocimiento y de integración social. Es como si la fragilidad de sentidos propia de nuestra cultura fuera soslayada con la posesión de objetos y su ostentación pública y privada. Muerto Dios y el imperio de la razón, el consumismo es el nuevo sentido. “Compro, luego existo” parece ser el nuevo lema.

Es indudable que el refinamiento de las técnicas publicitarias ha llegado a un alto estándar. A sus innovaciones tecnológicas se suma el aporte que entregan otras disciplinas como la sicología, el marketing, la sociología o las estadísticas. Se segmentan los mercados, se elige meticulosamente el lenguaje a usar, los colores y las promesas. Los medios también son cuidadosamente elegidos en la elaboración de las campañas publicitarias, así como quienes participan en ellas. Quizás la explicación de esto sea que ya no basta con destacar la calidad y duración de un producto para que éste sea comprado por el consumidor, como sostenía Henry Ford. Está claro que en este nuevo orden los productos poseen una poderosa carga simbólica (y económica) que debe ser sopesada antes de realizar cualquier campaña. Las motivaciones de compra de un producto se han complejizado de tal forma, que muchas veces se explican por impulsos incontrolables, la búsqueda del placer inmediato, el estar a la moda o simplemente el demostrar que se puede comprar. El producto vale por lo que proyecta, no por su utilidad.

La imagen es nada, la sed es todo
Este es el slogan que actualmente preconiza la campaña de la gaseosa Sprite (elaborada por la Coca Cola Co.). Sus spots muestran escenas en donde la imagen sólo es una débil escenografía que finalmente es superada por la calidad y el sabor que entrega Sprite. A simple vista, esta campaña parece haber sido elaborada siguiendo una propuesta lúcida y crítica respecto de la publicidad actual más cercana al universo del Styling. Incluso, no es aventurado señalar que su estrategia es heredera directa de la propuesta de Ford, en la convicción de que la bebida se debe vender por su sabor, no por su imagen. Pero ¿se puede sostener de buenas a primeras, que la campaña de Sprite sería una especie de antipublicidad?

En lo personal creo que no. Por el contrario, creo que el imperio del producto y el poder de la publicidad está tan entronizado en nuestra sociedad, que la misma publicidad puede jugar a criticarse para dar la ilusión de diversidad y de un revisionismo interior. De hecho, una de las mejores estrategias para inhibir las críticas en contra de cualquier sistema, es que este mismo sistema genere, embozadamente, formas de autocrítica. La imagen es la esencia de la publicidad hoy en día, y esta crítica no es efectiva ni real, sino sólo un artificio que sirve poderosamente a los intereses que dice criticar.

Pero no es sólo Sprite la que se promueve con esta forma de retórica. Es posible visualizar toda una tendencia actual que en apariencia desmonta los dispositivos sobre los cuales se sostiene la publicidad, en un intento por incorporar al consumo, a grupos rebeldes que se sienten identificados con la crítica y que ven con optimismo una sociedad que, aparentemente, se revela menos inocente y más consciente de sus manipulaciones.
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(1) Oscar Salinas F. HISTORIA DEL DISEÑO INDUSTRIAL. Ed. Trillas, pag. 96

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AntropólogoDario Burotto es Licenciado en historia del arte