Ir a Dibam Ir al Inicio
     
   
 

Antropólogo por Miguel Angel Vidaurre



“Los spots son las únicas películas bien hechas”
Jean-Luc Godard.

 
 

Microrelatos
Narrativa de alta resolución a velocidad del pestañeo, el spot se prestaba para resolver en segundos problemáticas de narrativa audiovisual que quebraban cabezas en las salas de arte y ensayo o en las galerías experimentales. Con la gracia de lo híbrido y las sutilezas de lo políticamente incorrecto, el spot instauraba sin conciencia las posibilidades del artificio post conflicto central en el relato audiovisual contemporáneo. Antes que el clip, la publicidad se integraba a esa cadena de flujo en donde imágenes, sonidos, música y voces en off devenían sin cesar en un grado cero de narratividad.

La publicidad nos captura como un ejercicio de corta fascinación. Género sin género, el spot integraba todo aquello que muchos filmes dejaban fuera: la comedia con el drama, el pastiche con la monserga moralizante, el mal gusto con el diseño, el sexo con una caja de leche. La cancioncita pegajosa se nos quedaba por días, y luego la olvidábamos, nunca comprábamos el producto, pero jugábamos con la combinación de sus colores. Nunca un automóvil fue tan futurista como en un sport televisivo, el sueño de Marinetti se encuentra en la publicidad, en el imaginario del automóvil, no en el producto real. El gusto opiáceo del spot enajenó nuestra mirada, sensualizó el encuentro con los objetos, nos ofreció el sex appeal de lo inorgánico.

En una entrevista con Frédéric Strauss, Almodóvar comenta lo siguiente: “El género publicitario a mí me interesa como género cinematográfico, por eso lo hago exclusivamente en mis películas. Yo entiendo que los niños vean la publicidad no como publicidad, sino como historias que se les cuentan. A mí lo que me divierte de los anuncios es lo que cuentan, las historias que cuentan, no la motivación de vender un producto. La publicidad es un género muy abierto al disparate y al humor, al surrealismo, eso es lo que me interesa de los anuncios. Yo los veo como pequeñas películas.”

Microrelatos a velocidad de mercadeo. La necesidad de tener que contemplar un aburrido filme para poder apreciar los spots. Los filmes interrumpen la narrativa de la fragmentación. Su pesadez novelada obstaculiza nuestra posibilidad de disipación entrópica. El spot no tiene alma, su carne es pura superficie, es el hijo predilecto del look y el diseño, el mutante consentido de la sociedad posmoralista, promotor fascinante de los lindes genéricos y la caducidad del contenido.

El pastiche fantÁstico
La campaña del modelo Lupo de Volkswagen, denominada Demon Baby, presenta un spot dirigido por el inglés Fredrik Bond. En una atmósfera de cine fantástico, un hospital lúgubre y silencioso, una enfermera levanta la cabeza al oír un ruido proveniente de una sala contigua, algo ha escapado desde una habitación clausurada – el borde inferior de la puerta esta torcido hacia fuera, indicando el hecho de que algo salió desde su interior – la enfermera sigue el rastro dejado por el ente en fuga: camillas retorcidas, pacientes con el rostro desencajado por el espanto, una hilera de camas que se levanta como una ola. De pronto la enfermera grita el nombre de la criatura ¡Lupo! y entonces vemos a un bebé huyendo a toda velocidad por los pasillos, y los ductos de ventilación. Finalmente, la enfermera logra encontrar al Demon Baby en el exterior del hospital. Contemplamos un plano del rostro de la enfermera, el contraplano del bebe es la máscara delantera de un vehículo. Todo concluye con la enfermera abrazando al niño y éste contemplando al espectador con una enigmática expresión en el rostro, y luego la leyenda en off: “La resistente criatura de Volkswagen”.

El pastiche es una de las operaciones preferidas por los microrelatos publicitarios. Acercamiento mimético de carácter neutro, la operación pastiche se funde con la parodia y el reciclaje de imaginarios cinematográficos, conformando un ensamble de referentes especulares que distancia al espectador de la simple operación pragmática de consumo, para desplazarlo a zonas formales –peligrosas para la necesaria redundancia del mensaje publicitario– en las cuales las operaciones manieristas se internan en un registro metafórico que tiende a dispersar la univocidad del texto publicitario.

DispersiÓn del texto
La consola Xbox de Microsoft lanzó una campaña bajo el slogan “Life is short play more” ( La vida es corta juega más). En uno de sus spots, de los cuales la mayoría apuesta por la preponderancia del diseño por sobre la univocidad del texto publicitario, el director norteamericano Daniel Kleinman instala en 51 segundos la incertidumbre de la existencia: una mujer pariendo en una clínica, un bebé arrojado literal y sartrianamente a la existencia desde el útero materno y, a través de los cristales de una ventana, el cuerpo desplazándose a velocidad vertiginosa por el aire, sucumbiendo a los estragos inevitables del tiempo, envejeciendo con trágica premura en un viaje que carece de iniciación o madurez. Brutalmente antisentimental, el spot de Kleinman filtra las especulaciones schock del joven Buñuel, los limericks (micropoemas satíricos ilustrados) simples y sanguinolentos del británico Edward Lear, o las pequeñas visiones macabras del dibujante de Chicago Edward Gorey.

El cuerpo castigado por el deterioro progresivo, envejece frente a nuestra impasible mirada en cuestión de segundos, hasta estrellarse finalmente de cabeza en su propia tumba. Microrelato de connotaciones existenciales, corrosiva fábula de la vida cotidiana. Segundos de tensión apremiante en la cual subyace el texto publicitario como una cita a pie de página:

La vida es corta. Juega más.

Tesis irreprochable que a velocidad luz proclama las ventajas del pensamiento superficial. El microrelato publicitario no transforma la existencia de nadie en profundidad pero remueve su superficie, y su vertiginosa capacidad de captación e hibridación lo instala como un fascinante ejercicio de imbricación entre vanguardia, tecnología y cultura popular... algo muy parecido a aquella extinta actividad llamada arte.

subir

 
     
 
El spot no tiene alma, su carne es pura superficie, es el hijo predilecto del look y el diseño, el mutante consentido de la sociedad posmoralista, promotor fascinante de los lindes genéricos y la caducidad del contenido.
El microrelato publicitario no transforma la existencia de nadie en profundidad pero remueve su superficie, y su vertiginosa capacidad de captación e hibridación lo instala como un fascinante ejercicio de imbricación entre vanguardia, tecnología y cultura popular... algo muy parecido a aquella extinta actividad llamada arte.
Antropólogo Miguel Angel Vidaurre es Académico