Si hemos de abordar las relaciones
entre publicidad y literatura, lo primero sería sacudirse
ciertos prejuicios. Al menos en lo personal, la corta experiencia
en el área me mostró que en publicidad, como
en la mayor parte de las actividades, uno puede encontrar
tantas personas valiosas como en el ámbito literario.
De hecho, ha habido bastantes autores capaces de desenvolverse
al mismo tiempo en los dos terrenos. En Chile, es conocido
el caso de Eduardo Anguita, poeta singular y crítico
esporádico, que trabajó al menos treinta años
como redactor creativo de diversas agencias. Otro tanto se
puede decir de su compañero de generación Enrique
Bunster, narrador notable y excelente cronista. En las promociones
posteriores, quizás el más persistente fue
Manuel Silva Acevedo, quien, al cabo de tres décadas
de bigamia, terminó quedándose exclusivamente
con la poesía. En las hornadas siguientes, quienes
más han prolongado la dualidad creadora parecen ser
Antonio Gil y Esteban Navarro (o Guillermo Riedemann); paralelamente,
ha habido otros más fugaces o intermitentes, como
Carlos Olivares, Ricardo Wilson, Jorge Montealegre, Gregory
Cohen, Gonzalo Muñoz y José María Memet,
a los que se agregan algunos más jóvenes, como
Guillermo Valenzuela.
Nicanor Parra me confidenció una vez que, siendo
todavía joven, un amigo quiso probarlo en el oficio
de publicista. Bastó apenas medio día para
que la brújula vocacional le recordara su verdadero
norte, de modo que se quedó con la poesía
y con su cátedra de mecánica racional en
la Universidad de Chile.
A Antonio Skármeta le ocurrió algo similar. Él
mismo lo contó alguna vez en un discurso informal
en Casa de las Américas, durante la entrega de los
premios de 1984. Relató con bastante autoironía
su experiencia de candidato a redactor creativo. Le pidieron
inventar frases para introducir Sprite, una gaseosa entonces
desconocida en el mercado nacional y cuya característica
diferencial era su sabor ligeramente agrio. Con un pie
en la creatividad literaria y otro en la publicidad, Skármeta
propuso entonces el siguiente eslogan:
“Sprite, amarguita como la vida” .
Huelga aclarar que el director creativo
no apreció la
hibridación poético-publicitaria y que, para
bien suyo y de nuestra cultura, Antonio se concentró en
la narrativa.
Ahora bien, ¿qué ofrece la publicidad como
para tentar a tantos escritores? Obviamente, un factor
clave es la remuneración: en términos generales,
y a igualdad de talentos, es mucho menos difícil
sobrevivir como publicista que como poeta. Se dirá que
eso parece haber cambiado bastante. De cualquier modo,
al explorar las posibles semejanzas entre los dos oficios,
salta a la vista un aspecto que tiene muy poco que ver
con el dinero: ambas actividades presuponen cierta creatividad
y/o un manejo imaginativo y lúdico tanto del lenguaje
como de los signos. Sin embargo, esta similitud es limitada,
pues la publicidad apunta a una persuasión práctica,
mientras que la literatura pretende una suerte de liberación.
Así, el publicista se siente eficaz si logra mover
al público en favor de un cierto producto o servicio,
mientras que el escritor cumple su vocación cuando,
mediante su palabra, logra ofrecer mundos nuevos ante los
cuales el lector experimenta una sensación emancipatoria.
Con sus aires libertarios, la literatura avienta el esmog
utilitarista y deja caer lloviznas imaginarias sobre el
Sahara consumista. De sus sueños y sus desvelos
surgen los pulmones verdes de las utopías, únicas
capaces de oxigenarnos en nuestro deambular por los basurales
del absurdo y de la indignidad humana.
Creo sinceramente que, en esa labor de ecología
cultural profunda, la publicidad no participa. Y cuando
episódicamente aparece acompañando a la literatura
y al arte, uno puede preguntarse si no se estará produciendo
una confluencia más bien perversa, similar a aquellas
otras que desembocan en la confusión entre política
y mercadotecnia, educación y administración
de empresas, tarea docente y animación televisiva.
subir