En el
caso de los alimentos desechados por las grandes cadenas
de comida rápida, la justificación es seguramente
de índole sanitaria: “No podemos arriesgarnos
a que alguien se intoxique por consumir productos que han
sido desechados, precisamente para evitar ese riesgo”.
Conforme, pero ¿podría alguien intoxicarse
con una bicicleta o con una chaqueta pasada de moda?
Sospechamos que el argumento es de índole económica
más que sanitaria. La estimulación del consumo
por razones económicas forma parte de un proceso que
acostumbramos a percibir de un modo escindido. Asociamos
la actividad económica con la producción y
el consumo con el final de la cadena productiva; pero en
ningún caso con la avalancha de desperdicios y energía
caótica liberada, ni mucho menos con la crisis ambiental
asociada a este proceso.
Como afirma el escritor norteamericano William Irving
Thompson “Es paradójico el hecho de que aunque
el Producto Nacional Bruto sea invisible y la contaminación
muy visible, la abstracción se considera la realidad
concreta y la experiencia sensual se aleja a los márgenes
de la sociedad donde la recogen elementos marginales, como
los artistas, los filósofos y generalmente los no
afectados”.
Tal vez el desbarajuste ecológico no se deba, entonces,
a la maldad ni a la desidia humanas, sino a una visión
fragmentada del mundo, tributaria de la física newtoniana
y de un modelo epistemológico del año de
la ñauca.
Un problema de percepción entonces.
Recurramos a un símil que aunque algo escatológico,
se presta bien al caso:
Que la alimentación, considerada gastronómicamente,
ponga como límite de su competencia el momento exacto
en que los alimentos pasan al tracto digestivo, es sólo
una “manera de ver las cosas”. En rigor, el
proceso de alimentación comienza precisamente en
ese instante.
El proceso de transformación de la energía
(primera ley de la termodinámica*) que tiene lugar
en el intrincado alambique de nuestro organismo, queda
fuera de nuestra percepción ya que, en general,
percibimos productos y no procesos.
Es más, de acuerdo con la segunda ley de la termodinámica
(Principio de Entropía), en el proceso se libera
también energía caótica y dispersa.
Siguiendo el símil gastronómico, lo que se
libera son gases y en última instancia un mojón;
un hito, digamos, en el constante proceso de transformación
de la energía.
Lo mismo sucede con otros actos de consumo, ya sea que
se trate de electrodomésticos, publicidad, noticias
o sexo. Todo proceso de consumo generará inevitablemente
residuos: envases desahuciados, papeles viejos, restos
de información mal digerida, fantasías, proyectos
abortados, fetos, condones usados o nubes tóxicas.
Lo que sucede en las antípodas del proceso de consumo,
sea en el esfínter, en una esclusa al final de un
largo tubo de desagüe, o en la puerta trasera de una
multitienda, tiene siempre algo de enigmático, de
culposo, incluso. Y es natural que así sea, porque
nuestros desechos de algún modo nos exponen y estamos
incluso dispuestos a pagar para que otro se haga cargo “del
trabajo sucio”.
No es de extrañar entonces que la sospecha y la
segregación recaigan sobre aquellos que trafican
con esos desechos. Así ha sucedido históricamente,
desde los “intocables” en el sistema de castas
hindú, hasta los esforzados “hueseros” contemporáneos.
Sólo una nueva visión integradora con base
en el pensamiento ecológico (y su prestigio científico)
ha logrado que el trabajo de los actuales cartoneros se
vea dignificado. Algo similar ocurre, por ejemplo, en el
caso de la paleontología, a quien nadie reprocha
que su reconstrucción racional del aspecto y hábitos
de los dinosaurios, esté basada en gran medida en
el análisis de los llamados “coprolitos”,
que no son otra cosa que excremento fosilizado. Mojones,
en el mejor sentido de la palabra.
Una percepción integradora del mundo no desestima
ningún dato. De hecho, en el plano simbólico
el material de desecho de nuestros propios hábitos
de consumo, deja también un caudal de información
fosilizada, coprolitos, que revelan aspectos de nuestros
procesos internos. Nuestros desechos nos delatan. Por eso
una mirada, aunque sea fugaz, antes de tirar la cadena
es siempre un buen indicador de la salud del organismo.
Como no recordar la escena inicial de la película
El nombre de la Rosa, cuando los protagonistas vienen llegando
a la imponente abadía (aparentemente autónoma
y cerrada sobre si misma), y lo primero que ven es esa
compuerta por la que son arrojados los desperdicios hacia
un despeñadero, donde un enjambre de desarrapados
escarba entre la basura.
No hay que olvidar que el gran secreto que esconde la
abadía es revelado a partir de los ocultos tráficos
que tienen lugar a través de esa compuerta, antes
que en los iluminados salones de la biblioteca. Ni tampoco,
que es por ese conducto por donde se cuela el caos y lo
irracional en la forma de una bella mujer que representa
de alguna manera la irrupción de “lo natural” en
medio del orden establecido por la razón y la cultura.
La moraleja es evidente. 
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*La termodinámica estudia de manera macroscópica
los procesos que involucran energía térmica
(movimiento desordenado a nivel molecular), y tiene una
aplicación muy amplia en procesos químicos
y biológicos.
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