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Antropólogo por Patricio Heim


Bicicletas “nuevas de paquete” abolladas a martillazos, chaquetas de cuero tajeadas a cuchillo, comida envenenada antes de ser arrojada a la basura, son parte de la sorprendente variedad de “despojos” con que se topan en su diaria faena los recolectores o “cartoneros”, versión contemporánea y con conciencia ecológica del viejo “huesero” y del “cachurero”. Ellos, como los mendigos, los paleontólogos, los investigadores forenses, o los aficionados al espionaje industrial, son algunos de los escasos testigos que saben leer en el oscuro lenguaje de los residuos.

 
 

En el caso de los alimentos desechados por las grandes cadenas de comida rápida, la justificación es seguramente de índole sanitaria: “No podemos arriesgarnos a que alguien se intoxique por consumir productos que han sido desechados, precisamente para evitar ese riesgo”. Conforme, pero ¿podría alguien intoxicarse con una bicicleta o con una chaqueta pasada de moda?

Sospechamos que el argumento es de índole económica más que sanitaria. La estimulación del consumo por razones económicas forma parte de un proceso que acostumbramos a percibir de un modo escindido. Asociamos la actividad económica con la producción y el consumo con el final de la cadena productiva; pero en ningún caso con la avalancha de desperdicios y energía caótica liberada, ni mucho menos con la crisis ambiental asociada a este proceso.

Como afirma el escritor norteamericano William Irving Thompson “Es paradójico el hecho de que aunque el Producto Nacional Bruto sea invisible y la contaminación muy visible, la abstracción se considera la realidad concreta y la experiencia sensual se aleja a los márgenes de la sociedad donde la recogen elementos marginales, como los artistas, los filósofos y generalmente los no afectados”.

Tal vez el desbarajuste ecológico no se deba, entonces, a la maldad ni a la desidia humanas, sino a una visión fragmentada del mundo, tributaria de la física newtoniana y de un modelo epistemológico del año de la ñauca.

Un problema de percepción entonces.

Recurramos a un símil que aunque algo escatológico, se presta bien al caso:
Que la alimentación, considerada gastronómicamente, ponga como límite de su competencia el momento exacto en que los alimentos pasan al tracto digestivo, es sólo una “manera de ver las cosas”. En rigor, el proceso de alimentación comienza precisamente en ese instante.
El proceso de transformación de la energía (primera ley de la termodinámica*) que tiene lugar en el intrincado alambique de nuestro organismo, queda fuera de nuestra percepción ya que, en general, percibimos productos y no procesos.

Es más, de acuerdo con la segunda ley de la termodinámica (Principio de Entropía), en el proceso se libera también energía caótica y dispersa. Siguiendo el símil gastronómico, lo que se libera son gases y en última instancia un mojón; un hito, digamos, en el constante proceso de transformación de la energía.

Lo mismo sucede con otros actos de consumo, ya sea que se trate de electrodomésticos, publicidad, noticias o sexo. Todo proceso de consumo generará inevitablemente residuos: envases desahuciados, papeles viejos, restos de información mal digerida, fantasías, proyectos abortados, fetos, condones usados o nubes tóxicas.

Lo que sucede en las antípodas del proceso de consumo, sea en el esfínter, en una esclusa al final de un largo tubo de desagüe, o en la puerta trasera de una multitienda, tiene siempre algo de enigmático, de culposo, incluso. Y es natural que así sea, porque nuestros desechos de algún modo nos exponen y estamos incluso dispuestos a pagar para que otro se haga cargo “del trabajo sucio”.
No es de extrañar entonces que la sospecha y la segregación recaigan sobre aquellos que trafican con esos desechos. Así ha sucedido históricamente, desde los “intocables” en el sistema de castas hindú, hasta los esforzados “hueseros” contemporáneos.

Sólo una nueva visión integradora con base en el pensamiento ecológico (y su prestigio científico) ha logrado que el trabajo de los actuales cartoneros se vea dignificado. Algo similar ocurre, por ejemplo, en el caso de la paleontología, a quien nadie reprocha que su reconstrucción racional del aspecto y hábitos de los dinosaurios, esté basada en gran medida en el análisis de los llamados “coprolitos”, que no son otra cosa que excremento fosilizado. Mojones, en el mejor sentido de la palabra.

Una percepción integradora del mundo no desestima ningún dato. De hecho, en el plano simbólico el material de desecho de nuestros propios hábitos de consumo, deja también un caudal de información fosilizada, coprolitos, que revelan aspectos de nuestros procesos internos. Nuestros desechos nos delatan. Por eso una mirada, aunque sea fugaz, antes de tirar la cadena es siempre un buen indicador de la salud del organismo.

Como no recordar la escena inicial de la película El nombre de la Rosa, cuando los protagonistas vienen llegando a la imponente abadía (aparentemente autónoma y cerrada sobre si misma), y lo primero que ven es esa compuerta por la que son arrojados los desperdicios hacia un despeñadero, donde un enjambre de desarrapados escarba entre la basura.

No hay que olvidar que el gran secreto que esconde la abadía es revelado a partir de los ocultos tráficos que tienen lugar a través de esa compuerta, antes que en los iluminados salones de la biblioteca. Ni tampoco, que es por ese conducto por donde se cuela el caos y lo irracional en la forma de una bella mujer que representa de alguna manera la irrupción de “lo natural” en medio del orden establecido por la razón y la cultura.

La moraleja es evidente.

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*La termodinámica estudia de manera macroscópica los procesos que involucran energía térmica (movimiento desordenado a nivel molecular), y tiene una aplicación muy amplia en procesos químicos y biológicos.

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Antropólogo Patricio Heim editor