A pesar de contar con una batería de información
dura sobre las preferencias y características del
consumidor, Mario Lübbert se lamenta de que la creatividad
publicitaria esté supeditada en muchos casos, a
la actitud racionalista y centrada en los ratings de eficiencia
que persiguen los avisadores. “La eficiencia es súper
entretenida –afirma- pero para los robots, los seres
humanos necesitamos de la sorpresa, de la fiesta, del lujo.
Aunque estemos en recesión, aunque estemos complicados.
Una familia no puede pasar un año sin tener una
fiesta por lo menos, sin que un día domingo aparezca
algo que se sale de presupuesto. Y no es por gastar más
sino porque eso ayuda a que la vida no sea tan plana. Y
la publicidad tiene que ver con eso: con el lujo, con la
sorpresa.
Como estamos en el mundo de la eficiencia, todos están persiguiendo
los puntos de rating, en televisión, radio, prensa. Pero eso es como
alimentar la ciudad con pellets. La industria, en general está apretada
y cuidando los pesos”.
Pero
la creatividad no es sólo un asunto de lucas...
La industria no sólo cuida el peso, también reprime el discurso,
recurriendo a recetas usadas, a cosas ya probadas. En eso no hay riesgo.
¿Eso
se debe a una coyuntura económica o a una cuestión
de idiosincrasia?
Si uno se va a Estados Unidos, todo es malo, en España es igual. La
buena publicidad son muy poquitas cosas. En nuestro caso, de trescientas piezas
que hacemos en un año, sólo en cuatro o cinco pudimos hacer lo
que quisimos.
¿Hay
nuevos territorios que la publicidad pueda colonizar?
El problema de la publicidad no es cómo colonizar nuevos espacios, lo
importante es que lo haga con una estética y una cierta plenitud, con
un invento entretenido, que logre transmitir un mensaje pero que además
sea un regalo para las personas que lo reciben. Si no la publicidad se transforma
en una cosa empelotante, molesta.
Los medios pueden ser infinitos, lo importante es el discurso. Y eso, es lo
que se transa. El cliente siempre quiere garantías y en ese terreno
aparecen ciertos mitos, como que la marca tiene que aparecer tantos segundos
en pantalla o que debe ser mencionada seis veces, recetas inventadas por gringos
ociosos.
¿Prefiere
confiar en el “ojímetro”?
Nosotros manejamos mucha información. Cada dos años hacemos un
estudio que se llama BAV (Brand Asset Valuator), es el estudio de marcas más
grande del mundo y cuesta cerca de 300.000 dólares. No es un estudio
de recordación ni compara marcas por rubros; son 1.200 marcas y compiten
todos contra todos. Cada persona tiene una canasta de productos en el mate,
los que prefiere por una serie de variables, de allí obtenemos información
bastante sólida de cómo el consumidor se relaciona con las marcas.
Hasta ahí estamos bien. Pero luego viene el encargo del cliente que,
generalmente, es una persona que trabaja con la razón. el resultado,
por lo tanto, es chato y el producto no vuela.
Una
de las características del discurso publicitario
es su capacidad de síntesis, pero el reverso de
eso es la proliferación hasta lo absurdo de la
especificidad de los productos. El consumidor tiene que
convertirse en un experto para poder elegir una toalla
higiénica o un plan para su celular. ¿Hasta
dónde es responsabilidad de la publicidad, en
su búsqueda de la diferenciación, esta
oferta tan desmesurada?
Todos los productos, a fin de cuentas, tienen que ver con el sueño de
conseguir un cierto estado de plenitud. Antiguamente la señora iba al
almacén y para limpiar la cocina compraba Sapolio, ahora va al supermercado
y tiene quince productos distintos: uno para el brillo, otro para desengrasar,
otro para la loza.
El consumo es como una droga, pero la industria funciona
así, es un cuento sin fin. Todos los días
aparecen nuevos inventos, si un producto persiste es porque
hay gente interesada en comprarlo. Pero así como
hay novedades, todos los días también desaparecen
productos.
¿Cuánta gente no tiene calefont pero tiene televisor en colores?
Eso no tiene nada que ver con el consumismo; los juguetes siempre están
primero, es algo que tiene que ver con la condición humana. Entre una
tele y un calefont, prefiero la tele, está claro, y me baño con
agua helada, o no me baño. Entre un auto y cambiar la casa, nos vamos
hacia el juguete más brillante, hacia el que nos acerca más a los
sueños, la casa está como las huevas, pero sales en el auto y a
media cuadra estás en otro mundo. Ya llegarás a dormir después
a la pocilga.
Somos
consumidores de sueños, entonces...
Cuando uno compra un producto, lo que está comprando es un valor, no
está comprando un yogur, está comprando la alimentación
de su hijo. Si compra una estufa está comprando calor de hogar. Cuando
uno entra al dormitorio de una casa de la clase media y ve esos cojincitos,
esas pantuflas con pompones, esas bajadas de cama rosadas, eso tiene un fin:
llenar la percepción de la gente de lo que es un hogar: una cosa mullida,
blandita, cálida, acogedora, suave. Y quien te dice que eso a lo mejor
viene de las películas de hace cincuenta años atrás, cuando
Tarzán entraba a la choza del jefe de la tribu y estaban las pieles,
las bandejas de fruta y el jefe de la tribu era un negro brillante, casi un
auto. Con el consumo pasa como con la vuelta al perro: de los sueños
al consumo, a la desesperación de tangibilizar un sueño a través
de cosas, pero el perro se devuelve... y van a volver los sueños, deberían
volver, porque los sueños son mucho más potentes y más
atractivos que comprarse un auto.
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