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Historiador por José Bengoa

Viajar por los museos de Chile es, en cierto modo, realizar un viaje por la memoria. Se dice que no tenemos Memoria o que incluso nos ha sobrevenido un ataque de amnesia. Algo de ello hay en estos recorridos. Colecciones de objetos depositados, ausencia de explicaciones contemporáneas, secuencias incompletas, y silencios que gritan más fuerte que los artefactos, huesos, cacharros y utensilios recolectados.

Visitaba el Museo Arqueológico de La Serena días atrás. Uno de los pocos museos que tiene en Chile un edificio especialmente construido. En el estilo que González Videla, “Gabito”, quiso darle a la ciudad, un poco de teja colonial, arcos y ambiente de una ciudad histórica. El Museo posee una de las colecciones más maravillosas que pueda imaginar un visitante curioso. La cerámica diaguita es de una hermosura inigualable en Chile. Y hay piezas de gran tamaño y muy bien conservadas. Se agregó hace ya un tiempo una buena sala con los restos obtenidos por Lautaro Núñez y otros insignes arqueólogos, en Quereo, cerca de Los Vilos, uno de los sitios más ricos del paleoindio del Norte Chico y uno de los más antiguos de Chile. Extrañamente, no pude encontrar los nombres de quienes trabajaron en el sitio, esto es, sus descubridores. Hay, más allá, un moai viajero que tiene una historia notable y curiosa. Lo habrían “regalado” los pascuenses a propósito de la llegada a la isla del Manutara. Después lo llevaron a pasear por Europa. Allí se estropeó y finalmente después de muchos periplos vino a reposar en una sala iluminada con unos focos. Tiene una enorme cara de sorpresa. Niños de un jardín infantil se sacan fotos y las tías les gritan para que se queden tranquilos y no se suban más allá de lo permitido. Seguimos caminando por unas salas en que vemos el modo que tenían los antiguos de rayar las piedras, señalando quizás el rumbo de las caravanas. Se escribían a sí mismos con incomprensibles y preciosas figuras. En las vitrinas se encuentran unos “tembetás” que esos habitantes se introducían en los labios, deformando sus rostros como en tantas partes de América y del mundo. Comento a mis acompañantes que el mundo no ha cambiado mucho: graffitis como los que hacen los jóvenes tribales de la postmodernidad y pearsing que se introducen audazmente en narices, bocas, lenguas y orejas. También esos ancestros usaban yerbas y al parecer drogas de todo tipo. Poco ha cambiado el ser humano, podría meditar con un dejo pesimista o de “larga duración”. Les digo a quienes me acompañan que si los jóvenes hicieran el “link” quizá llenarían el museo buscando nuevas ideas, o viejas ideas, según se lo mire. Pero ahí están mudos los objetos con explicaciones no fáciles de comprender.

Salimos del Museo a la Avenida Francisco de Aguirre y me pregunto qué me quedó claro de ese Museo, uno de los mejores de nuestro desmemoriado país. ¿Qué les ocurrió a esas culturas? ¿Por qué aparecieron y por qué desaparecieron? Nada se dice. No se nos recuerda que el Conquistador por cuya calle caminamos fue quien acabó con los diaguitas en una de las mayores masacres que hubo en la temprana Conquista. ¿Cómo fue que una cultura derivó en otra? Los niños estaban impresionados con una momia, quizá será ese el único recuerdo. ¿Cómo vivían esos antiguos habitantes del valle del Elqui? Difícil encontrar un “relato” como se dice hoy en día. Más difícil aún unir el pasado con el presente y hacer que esos museos sean algo vivo. Poca audacia quizá.

Porque, finalmente, un museo no debería ser demasiado diferente a un libro. Su visita debería tener una propuesta, al menos una hipótesis. Los fragmentos de memorias, los artefactos que allí se encuentran, debieran estar hilvanados por un relato, por una historia, por un “texto” que uniese el pasado remoto con el presente. Podría ser un relato abierto. Lleno de posibilidades de interpretación. También explicaciones “científicas” de los hallazgos encontrados, de la forma en que se los “descubrió”. Muchas veces los museos hablan más por los silencios que por lo que muestran.

Humilde Gabriela
A unos kilómetros subiendo al valle del Elqui, en Vicuña, se encuentra el Museo de Gabriela Mistral. Se trata también de un edificio apropiado, lleno de objetos y fotografías de nuestra Premio Nobel. Lo más maravilloso es la reproducción de la casa donde habría nacido la poetisa. Pobre y digna casa o casi rancho campesino. Suelo de tierra, unos catres de fierro antiguos, unos bordados en las ventanas y el brasero en el suelo. Se podía llegar, alguna vez se pudo llegar en Chile, desde lo más humilde a la cumbre máxima mundialmente reconocida de las letras. Ahí hay una idea expresada sin palabras pero fácil de comprender por el visitante.

Adentrándose en el museo propiamente tal nos encontramos ante pequeñas vitrinas con objetos de la Mistral. Sus libros en hermosos originales pero sin una secuencia clara, sin el contexto de su época. Las visitas, esta vez todos mayores de edad, pasean respetuosas entre las fotografías y reliquias. ¿Quién era Gabriela? ¿Quién fue y quién es? En cierto momento la muestra o “colocación” insiste en que fue diplomática y aparece un mapa del mundo señalando los lugares donde estuvo al “servicio de Chile”. ¿Servicio de Chile?, o ¿premio que daba el Estado chileno en aquellos tiempos a los poetas y escritores? Siente uno la ausencia de sus poemas en grandes lienzos como se instalan hoy por hoy las exposiciones vivas. Comentamos que es también un humilde museo para una poetisa cada vez más viva en nuestra cultura. Sobre todo considerando que en estos últimos años se ha recuperado el lado ensayístico de Gabriela, su enorme verbo en muchas ocasiones profético. La lectura de Volodia Teitelboim, Jaime Quezada y muchos otros biógrafos y compiladores nos ha mostrado una nueva cara de la que en algún momento sólo fue conocida por los “piececitos de niño”. Bien valdría un cambio en el texto del Museo, una puesta en escena moderna y actual. La Gabriela democrática, feminista, indigenista, ecologista, la Mistral del siglo veintiuno.

Pero queda la imagen. La fuerte impresión de algo que se fue en nuestro país. La campesina, la maestra, la humilde Gabriela, con una fuerza tormentosa que regresa a su país –del que muchas veces huyó– consagrada.

Memoria y Poder
No cabe duda de que la historia la escriben los vencedores y los museos suelen ser expresión de esto. En un museo de una pequeña ciudad del sur de Chile vimos una hermosa colección de fotos finamente enmarcadas con las imágenes de los habitantes de la ciudad. Aparecen señores en pose fotográfica; abajo se lee su nombre y generalmente el acápite que dice, “conocido vecino del lugar”. Más allá unas fotografías de indígenas. Se lee, “mapuche con su carreta”, y a continuación, “mujer mapuche frente a su ruca” y así sigue. Los silencios una vez más hablan más fuerte que las palabras. Los mapuches no tienen nombre ni apellidos. Solamente dos pequeñas fotos de indígenas llevan nombre. Se trata de dos “hijos del lugar” que fueron, uno diputado y el otro ocupó un cargo internacional importante. Cruzaron la barrera del silencio.

Visitamos el Museo El Vergel en Angol, ubicado en la escuela Granja de la Iglesia Metodista. Es quizás uno de los más ricos en cultura mapuche, Cofqueche le nominó el sabio Dillman Bullock. Posee una vasijería de tamaño impresionante. ¿Cómo rescatar esos materiales en un texto que se arrancara del estereotipo de primitivismo, de cultura pobre, de rudeza con que se mira a los antiguos araucanos? Las vitrinas están llenas de puntas de flechas, en algunos casos provenientes de diversas partes del mundo, cántaros, artefactos, textiles y un amontonamiento indescriptible. No hay relato, simplemente. El visitante queda con la imagen con la que entró. Me acompañaba un antropólogo francés que, sin entender los contextos, se maravillaba de los objetos y no comprende cómo pueden estar así distribuidos. Falta de recursos fue mi explicación piadosa. Pero no es eso solamente. Un país ya cuasi rico como Chile bien podría invertir en recursos e ideas para rescatar su patrimonio indígena y ponerlo a la altura de las demandas culturales presentes, me dije para mis adentros. Los museos indígenas –pensé– siguen ordenados con la matriz de “civilización y barbarie” y sería el momento de comenzar a cambiar. El museo es expresión del Estado y cuando no hay Estado, como en este caso, son artefactos sueltos, diseminados en vitrinas, producto de la paciencia de coleccionistas.

De regreso a Santiago pasamos al Huique. Es quizás el museo más impresionante de la zona central, o de Chile. Las casas de la hacienda El Huique, cerca de Santa Cruz, fueron la morada de varios presidentes. Está bien conservado y cuidado por la familia Contreras, habitantes centenarios de ese lugar. Gloria Contreras conoce cada rincón y lo muestra con orgullo. El poder hacendal en toda su majestuosidad.

La “Doña” parece aún caminar por jardines y corredores. La ausencia es impresionante. Ya se ha comenzado a pensar en alternativas, recorridos diferentes. La memoria de los inquilinos ha quedado suspendida en el silencio y pareciera ser una tarea democrática rescatarla.

Identidad y Museos
Pareciera ser una buena moda la de organizar museos locales. El Estado deberá apoyar, financiar y, sobre todo, capacitar a quienes se encargan de esas tareas. Allí se debería expresar la cultura, el pasado pero sobre todo los sueños del presente. Eso es la identidad. Un discurso sobre lo que cada uno cree que es, pero sobre todo, lo que se quiere llegar a ser. Para eso se utilizan siempre los fragmentos de la Memoria y el Patrimonio no es más que eso. Esos fragmentos se pueden organizar de muy diversa manera. Desde colocarlos en vitrinas sin ton ni son a organizarlos en una suerte de libro que permita pensar, reflexionar, complejizar el presente que nos toca vivir. Es algo, además, práctico. Lo primero que hacen los turistas al visitar un lugar es ir al museo local. Los niños y jóvenes deberían poder hacer allí sus tareas, comprender su pasado, experimentar el sentido de la historia, de su Historia. Los mapuches debieran sentirse orgullosos de su cultura al ingresar a los museos donde están los objetos de sus antepasados, los hijos de campesinos podrían comprender mejor su historia, la servidumbre de sus abuelos y los cambios que han ocurrido en la sociedad en las últimas décadas. No es demasiado difícil realizarlo. Primero pareciera ser necesario abandonar, cuestión que ya se está haciendo, una idea coleccionista de los museos. Lo segundo es necesariamente unir Identidad, Historia y Patrimonio. Tres ejes íntimamente unidos y no siempre expuestos. Y construir relatos alternativos, sugerir en cada forma de exponer un conjunto de ideas, proposiciones sobre el presente. Los museos y, sobre todo, los museos locales deberían dejar de ser el lugar donde se exponen los huesos y los artefactos de quienes vivieron en nuestro territorio y convertirse en espacios de propuesta y futuro: “sobre héroes y tumbas”, sugirió Sábato, se construye la cultura y el porvenir.

   
 

Un museo no debería ser demasiado diferente a un libro. Su visita debería tener una propuesta o, al menos, una hipótesis. Los fragmentos de memorias, los artefactos que allí se encuentran, debieran estar hilvanados por un relato, por una historia, por un “texto” que uniese el pasado remoto con el presente.

 

   
 
Historiador Foto: Alejandro Wagner