según ICOM, la museografía es “un conjunto de técnicas y prácticas aplicadas al museo”. Para Augusto Saavedra y Roberto Benavente, la museografía es una cuestión de emociones. Las emociones propias, inspiradas por una labor creativa, absorbente y transversal, y las emociones ajenas, esas que llevan al espectador a “asistir a una liturgia laica” y a salir de los museos “con sed de conocimiento”.
Pero además de su pasión por los museos, a Saavedra y Benavente los unen otros lazos. Ambos estudiaron en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Católica y ambos hace ya bastante tiempo decidieron probar suerte en el extranjero. El primero en España, donde actualmente dirige la empresa Ámbito Cero, que ha realizado el diseño museográfico para el Museo de la Ciencia de la Fundación Caixa y el Museo de las Aguas, los dos en Barcelona, y el Centro Cultural E. León Jiménez, de República Dominicana. Por su parte, Benavente ha hecho carrera en Francia, trabajando en la renovación del Museo de Historia Natural de París, así como en el flamante Museo Nacional de la Prehistoria de Dordogne, y en el Museo del Oro de Colombia.
Sin embargo, y a pesar de que cada uno había escuchado hablar del otro, jamás se habían reunido. Ahora es diferente. En una jornada sobre museografía realizada en el Museo Nacional Bellas Artes hicieron el contacto inicial. Y en esta entrevista, por primera vez, se juntan para hablar de museos, exposiciones, públicos y sueños. Quién sabe, tal vez sea el comienzo de una larga amistad.
Los museos están viviendo transformaciones importantes. El eje central parece estar hoy más en la relación con los sujetos que en el resguardo de los objetos. ¿Creen que hay un cambio de paradigma?
Augusto Saavedra: La museografía es una forma de comunicación. Una exposición está hecha para comunicar al público, pero a través de un medio que son los objetos. Ambas partes, sujetos y objetos, son indispensables. Una como contenido de la información y la otra como receptor de esa información. Lo que ha ido variando es la forma en que se interrelacionan ambos elementos, la interfase, los lenguajes que utilizamos para, desde un objeto, hacer aparecer una realidad. En ese sentido, tal como en el mundo del arte, en la museografía siempre se están buscando nuevas formas de expresión. Finalmente, nuestra batalla de cada día es hacer que los objetos comuniquen, ya sea a través de la iluminación, del soporte, la cercanía, la altura, su relación con los otros objetos, y cualquier otro medio.
Roberto Benavente: Creo que lo que ha cambiado es la prioridad que les da el museo a sus misiones. Antes eran el stock, el trabajo científico de investigación y la muestra al público. Hoy se ve que hay un cortocircuito, porque mucho del trabajo científico se hace en laboratorios más especializados, mientras que el stock de las colecciones se hace en lugares más adecuados y seguros. Lo que le está quedando al museo es la difusión al público. En ese sentido, la museografía se inscribe en un pedacito de la misión de los museos, que ha cambiado, es verdad, peroque no creo que se haya terminado. Antes que nada, el museo debe tener una misión patrimonial, de conservación, de constitución de colecciones. En definitiva una misión global con una estrategia global.
AS: Incluso se ha dejado de hablar de objeto para hablar de elemento de la cultura, lo que representa una visión mucho más amplia del problema. De hecho, la visión obsesiva de coleccionista del museo del siglo pasado ha dado lugar a la idea de que el objeto tiene más que ver con la cultura. Se trata de aquellos elementos con los que yo puedo reconstruir un sentido cultural. Si lo vemos así, los museos han hecho varias evoluciones, pasando del “no tocar” al “prohibido no tocar”. Aunque no hay que olvidar que el fin último de la museografía es el conocimiento.
En ese sentido, se están haciendo importantes esfuerzos por transformar los museos en espacios educativos. ¿Cómo ven ustedes la relación entre museos y educación?
RB: Claramente, uno de los grandes deslizamientos que viven los museos es desde el deseo de simplemente mostrar al deseo pedagógico. Lo que hoy importa es que sujetos que van a ver objetos se relacionen con ellos a través de la pedagogía. A pesar de todo, creo que no hay que dejar de lado que la cuestión de que la pedagogía la hace mejor la universidad que el museo.
AS: En la profundización de los temas, claro que la universidad lo hace mejor, pero lo que hace bien la museografía es provocar el interés. Una exposición tiene que ser un elemento que te haga un clic, que te genere imágenes tan potentes que te hagan decir “¡qué maravilla esto, quiero saber más!”.
RB: Es verdad, la museografía tiene que hacer saltar el resorte interior. Lo que dice Augusto es esencial. Hay cierta museografía que tiene la tendencia a ser demasiado explicativa y para mí lo que importa es decir algo y que ese algo emocione, sin tanta explicación. Y pasar de esa buena intención pedagógica a realmente maravillar es un gran desafío para los museos.
Ustedes apuntan a un cambio fundamental: el museo moderno nació como un espacio de la razón, pero hoy pareciera que la meta es la provocación emocional.
RB: El astrofísico canadiense Hubert Reeves dijo en una conferencia una frase que para mí es casi la clave de la museografía: “Yo les puedo explicar perfectamente la evolución del sol, los rayos cósmicos y mil cosas más, pero jamás podré explicarles por qué me emocionan”. El campo de la museografía es justamente tratar de intervenir en el área de las emociones. Provocar el deseo de saber.
AS: Así es, un museo no te da respuestas, te hace salir con más dudas de las que entraste. En ese sentido, una exposición no es una fuente de conocimiento, es una fuente de estímulos para el conocimiento.
Sin embargo, este mismo interés en los públicos ha llevado a muchos museos a transformar las exposiciones en espectáculos y evaluarlas en razón de la cantidad de visitantes que atraen. ¿No se corre el riesgo, como dice el español Joseph María Montaner, de que los museos se transformen en excusas para el consumo?
AS: Ahí está en juego el profesionalismo del museógrafo. Como en toda actividad, hay presiones por conseguir un éxito medible, concreto y ojalá en cifras. Pero todos estos son elementos anexos al hecho museográfico. Te pueden exigir una escenografía espectacular y uno lucha por combatir esa banalización, pero muchas veces te ganan, hay que reconocerlo, porque hay que sobrevivir. Es como un director de cine, siempre vas a recibir presiones para ser más espectacular y más comercial, pero mientras puedas vas a intentar mantener tu línea de trabajo. Sin embargo, diría que las que corren el riesgo de la espectacularidad son principalmente las exposiciones temporales, que duran tres o seis meses y se acaban.
RB: Sí, lo de la espectacularidad es una tendencia que existe. La anécdota hace que se quieran realizar eventos a corto plazo, pero para mí todo debería estar inscrito en una línea de trabajo mayor. El problema ocurre cuando los curadores o las personas que dirigen instituciones culturales no se den cuenta de que hay calibres y misiones distintas en cuanto al tipo de exposiciones que se hacen.
En el último tiempo, en Chile, se ha generado una profunda renovación de los museos que, además, se ha visto acompañada de ciertas instancias de reflexión. ¿Cómo ven desde afuera este proceso?
RB: Además de pensar en cómo pueden ser renovados los museos existentes y cómo se podría hacer otra cosa, creo que el nudo central es la política cultural chilena. Esa es la pregunta que yo me hago. Finalmente, los museos intervienen en los tiempos muertos de la vida de la familia, y el pasatiempo en el Chile de hoy son los centros comerciales. No es que sea bueno o malo, pero en la realidad hay que preguntarse cómo la cultura en general se inserta en ese tiempo de desocupación de la gente y cómo hacemos que la cultura sea una necesidad real.
AS: Creo que en Chile habría que potenciar más la pedagogía no formal. En los espacios museográficos, la educación debería tener mucho más fuerza. Sería bueno analizar qué se ha hecho en Chile dentro de los museos, pero también pensar qué se puede hacer usando otros espacios.
Los dos apuntan a una museografía que salga del espacio museal. ¿Creen que es ese el camino que tomará la disciplina?
AS: La palabra museografía se vincula mucho al museo, pero en realidad la museografía es, como dije, un lenguaje que pretende mediar entre el público y el conocimiento. En ese sentido, lo deseable es que hubiera muchos espacios donde estimularse y donde aprender a relacionarte con el entorno, con la ciencia, el arte, la cultura y la naturaleza. Esos centros, o puntos de lectura, serán los que permitan acceder a las cosas de una manera guiada y verlas como una forma nueva y renovada.
RB: Es verdad, la gran pregunta es si seguirán existiendo los museos. La museografía es una misa laica que no necesariamente debe estar asociada al museo como templo. Con la televisión o con Internet uno tiene una ventana al mundo, una enorme cantidad de información, pero ninguna te hace salir de tu casa para ir a otro lugar y hacerte preguntas fuera de tu contexto habitual. El valor intrínseco de la museografía es ser capaz de cuestionarte dentro de un contexto distinto al de todos los canales de información que tenemos. Y para lograr eso, debemos generar espacios que escapen a los límites del museo. Ese es nuestro gran desafío hoy.
