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Antropólogo por Andrés Estefane

La expedición a América iniciada por Alejandro Malaspina en 1789, constituyó el mayor esfuerzo desplegado por la corona española para conocer el real estado de sus colonias de ultramar. El tiempo quiso, sin embargo, que la valiosa información recopilada durante la expedición terminara siendo útil a los intereses de las nacientes repúblicas americanas.

 
 

Corría la década de 1860 cuando en las páginas de El Mercurio de Valparaíso se publicaba una interesante serie de artículos en torno al progreso de la viabilidad y la locomoción en Chile. Y entre las detalladas descripciones del estado de los caminos en la joven república, el autor deslizó una sugerente y reveladora reflexión: “Los tiempos en que Frezier se arañaba el rostro y blasfemaba, a guisa de buen francés, contra los algarrobos que obstruían el único sendero de caballo que existía entre Santiago y Valparaíso (1712) y aquellos en que el almirante Vancouver enseñaba por la primera vez el uso de la escoba a los habitantes de la única casa que existía en el valle de Tapigüe (Casablanca) en 1795, son en verdad tiempos tan remotos para la presente generación, que ya nos parecen tiempos antidiluvianos...”.

Más allá de las sabrosas anécdotas que se recogen en el extracto, lo que nos interesa destacar es la referencia temporal que lo corona. Frezier y Vancouver, aquellos célebres navegantes del siglo XVIII, son presentados en un contexto tan distinto y lejano, que incluso llegan a ser percibidos con extrañeza, con esa distancia que siempre genera lo que nos es ajeno. A simple vista, nada de aquellos tiempos había logrado perdurar. Lo paradójico es que por esos mismos años, en realidad desde mucho antes, los científicos y viajeros que visitaron nuestras costas a lo largo de la centuria ilustrada estaban cobrando un protagonismo inesperado. Con una ansiedad deslumbrante, ya fuese indagando en las colecciones locales o patrocinando estadías en los archivos europeos, las repúblicas hispanoamericanas habían comenzado un sostenido trabajo de recuperación de todas las investigaciones que llevaron adelante las distintas expediciones científicas que arribaron a América en el último siglo de dominación colonial. Los desafíos impuestos por la vida independiente hicieron necesario rescatar del pasado aquello que fuera útil a la época presente: reflexiones etnográficas, ensayos mineralógicos, apuntes sobre botánica y zoología, levantamientos cartográficos, en fin, todo conocimiento que pudiera dar luces respecto de las características y potencialidades de estos territorios.

Así, a lo largo del siglo XIX se irá estableciendo una fuerte relación con la tradición expedicionaria de la centuria precedente. Sus más destacados representantes –Cook, Bougainville, Juan y Ulloa, Lapérouse, Moraleda, Vancouver, Malaspina– se convertirán en fuente de consulta no sólo para los científicos que se fraguaron recorriendo los territorios americanos, sino también para los diferentes estadistas a la hora de tomar decisiones de gobierno. Más fuerte todavía será el vínculo que entablaron con ellos los integrantes de las armadas nacionales, sus epígonos republicanos, que tomaron esos viajes como punto de partida para las exploraciones que debieron emprender hacia territorios que aún permanecían desconocidos en el último cuarto del siglo antepasado.

El conocimiento geográfico
Uno de los campos en que esta recopilación resultó de suma importancia fue en el de la cartografía. Al fijar con exactitud las dimensiones y características de su patrimonio geográfico, las exploraciones dieciochescas se convirtieron en una fuente invaluable para las pretensiones de las autoridades que, luego del movimiento independentista, tomaron en sus manos la conducción de las nuevas repúblicas. Más todavía cuando el principio de uti possidetis se instituyó como pilar fundamental para la resolución de eventuales controversias territoriales. Por ello no dudaron al momento de rescatar la documentación existente y ordenarla según las necesidades que surgían con la nueva realidad política. Las exigencias administrativas obligaban a tener una imagen completa y detallada de los límites y reales dimensiones del territorio integrado a los destinos nacionales, y ante la carencia de información actualizada, no quedaba otra opción más que valorar lo heredado. De esta forma, aquellos levantamientos realizados por la monarquía española para hacer más efectivo el control imperial, terminarán siendo útiles para las distintas repúblicas americanas.


Chile y la Expedición Malaspina

Es precisamente en ese marco donde confluyen la comisión científico-política encabezada por el viajero italiano Alejandro Malaspina y la historia territorial de nuestro país. Dicha expedición, verificada entre 1789 y 1794, constituyó el mayor esfuerzo desplegado por la España imperial para conocer el real estado de sus colonias en el último cuarto del siglo XVIII. Durante sus dos estadías en las costas de la gobernación de Chile, los integrantes de la comitiva realizaron, entre otras tareas, variadas mediciones hidrográficas que sirvieron de base para la confección de planos y cartas de gran exactitud. Y el nivel de precisión alcanzado hizo que estas observaciones fueran consideradas durante varias décadas como los únicos datos confiables respecto de la ubicación de los principales puntos de la costa sur-occidental de América. Por lo anterior, las mediciones efectuadas por estos viajeros en Chile terminarán siendo un punto de referencia fundamental para resolver uno de los problemas más recurrentes en la historia nacional a lo largo del siglo XIX, a saber, el absoluto desconocimiento del territorio y la escasez de individuos competentes en geografía.

En febrero de 1831, por ejemplo, la redacción de El Araucano decide publicar una extensa lista topográfica –con sus respectivas latitudes y longitudes– confeccionada sobre la base de los cálculos y mediciones de la Expedición Malaspina. Más que en la propia lista, lo relevante aparece cuando ponemos atención en el argumento que se cita para este cometido: “Se cree que estos resultados, declaraba el redactor, merecerán alguna confianza por el mérito de las personas que concurrieron a ellos y por la utilidad que pueden producir a los navegantes de la costa de Chile y el Perú”. La confianza en el talento de los viajeros y las demandas impuestas por el flujo comercial no hicieron dudar de la pertinencia de la publicación. Ante la carencia de cartas geográficas modernas y seguras, lo razonable era remitirse a la última fuente confiable.

Dichos cálculos, que eran conocidos en las principales academias científicas europeas y los únicos que manejaban las autoridades chilenas hacia 1830, habían logrado trascender gracias a un conocido mapa de América del Sur levantado por el Almirantazgo español a fines del siglo XVIII, cuando Carlos IV ordenó al Secretario de Estado y del Despacho Universal de Marina, Juan de Lángara, formar una carta esférica sobre las costas del Virreinato del Perú y de la gobernación de Chile. Para su confección, los cartógrafos hispanos recurrieron a las anotaciones de Malaspina y sus hombres.

Otro personaje que también hizo uso de esta información fue Claudio Gay, quien hacia 1830 ya había dado inicio a sus investigaciones científicas por el territorio nacional. Los extensos informes que recogían los resultados de su exploración eran publicados periódicamente en las páginas de El Araucano, donde se pueden encontrar varias referencias a las investigaciones verificadas por Malaspina en nuestras costas. En uno de ellos, por ejemplo, Gay incluye una rectificación a los cálculos realizados por la comitiva respecto de la situación geográfica de Topocalma. Y aun cuando en dicha oportunidad debió corregir las mediciones que utilizaba, ello en nada minó su admiración por trabajos que, según sus palabras, eran de inigualable valor para un país carente de una sólida tradición cartográfica.

Estos dos episodios, que en otro escenario pueden ser considerados simples anécdotas, demuestran que gran parte de lo realizado por los expedicionarios del siglo XVIII constituyó siempre un punto de partida para los estadistas y hombres de ciencia que hicieron fama recorriendo y analizando el territorio de la república.

Los problemas limítrofes
Junto a su inestimable valor en todo lo concerniente a necesidades cartográficas, las investigaciones de la Expedición Malaspina tendrán también un protagonismo importante en las continuas controversias territoriales que nuestro país sostuvo con las naciones vecinas a lo largo del siglo XIX. La adscripción al principio de uti possidetis como fórmula de resolución para estas disputas, obligó a las cancillerías sudamericanas a iniciar una serie de investigaciones históricas que permitieran reunir los argumentos necesarios para respaldar sus demandas. Por lo mismo, en las innumerables representaciones que dieron vida a los debates, se citaban con total familiaridad las más importantes obras geográficas del siglo XVIII, se glosaba documentación que iba desde el período de Conquista hasta inicios del siglo XIX, se incluían fragmentos de diarios de viaje, se reseñaba la cartografía española colonial, en fin, se entregaban todos los testimonios atingentes a los intereses de cada república. En el caso de la Expedición Malaspina, sus levantamientos hidrográficos y las detalladas descripciones geográficas que arrojó, constituirán una parte importante de los argumentos presentados por el Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile para hacer frente a las demandas territoriales presentadas por Bolivia y Argentina desde la década de 1840, toda vez que dichos datos venían a confirmar las tesis defendidas por nuestro país

Un hito fundamental en la disputa limítrofe con la nación altiplánica tuvo lugar en enero de 1859, cuando el capitán de fragata Miguel Hurtado dio a conocer una investigación personal que confirmaba los derechos de soberanía de Chile sobre el Desierto de Atacama. Entre la información recopilada, Hurtado dedicó varias páginas a la descripción detallada del viaje de Malaspina, poniendo especial énfasis en la sólida formación científica de los oficiales que integraron dicha comitiva. De esa forma, contrarrestaba las impugnaciones bolivianas que insistían en desconocer el valor de los registros dejados por estos viajeros en la disputa.

Por otra parte, las demandas de soberanía presentadas por Argentina sobre la Patagonia, el Estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego también sirvieron de escenario para el rescate de la comisión que analizamos. Pero en esta ocasión nos enfrentamos con una diferencia sustancial. Hacia 1870, y con el fin de ampliar la base documental disponible, el gobierno de Chile ordenó llevar adelante una serie de investigaciones en los archivos hispanos. Dicha tarea fue confiada al diplomático e historiador Carlos Morla Vicuña, quien logró recopilar valiosas piezas que vinieron a respaldar con mayor fuerza la defensa chilena. Y entre la documentación encontrada, los registros de la Expedición Malaspina tenían un lugar fundamental. Luego de un estudio meditado de aquellos trabajos, Morla Vicuña se convenció de estar frente a una empresa monumental que merecía ser conocida en detalle. Precisamente por ello concibió la idea de publicar en forma íntegra tan ricos documentos, pero su proyecto no logró prosperar.

Los amplios alcances de las exploraciones realizadas y la rigurosa precisión de los datos recolectados acabarán convirtiendo a la Expedición Malaspina en una fuente inagotable para la búsqueda de soluciones a las innumerables carencias y conflictos por los que atravesó Chile durante el siglo XIX. Si en un principio será de utilidad para sortear la ausencia de información geográfica actualizada, conforme avance la centuria ofrecerá los argumentos históricos en los cuales descansará la defensa diplomática ante las reclamaciones territoriales vecinas. En síntesis, este rescate terminará vitalizando un nuevo punto de unión entre el último siglo colonial y el primero de nuestra historia republicana, punto en que la ciencia tendrá un protagonismo fundamental al hacer posible que el Chile decimonónico fuera depositario y le confiriera un nuevo sentido al conocimiento geográfico generado en el siglo anterior.

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Los desafíos impuestos por la vida independiente hicieron necesario rescatar del pasado aquello que fuera útil a la época presente: reflexiones etnográficas, ensayos mineralógicos, apuntes sobre botánica y zoología, levantamientos cartográficos, en fin, todo conocimiento que pudiera dar luces respecto de las características y potencialidades de estos territorios.
Al fijar con exactitud las dimensiones y características de su patrimonio geográfico, las exploraciones dieciochescas se convirtieron en una fuente invaluable para las pretensiones de las autoridades que, luego del movimiento independentista, tomaron en sus manos la conducción de las nuevas repúblicas.