Corría la
década de 1860 cuando en las páginas de El
Mercurio de Valparaíso se publicaba una interesante
serie de artículos en torno al progreso de la viabilidad
y la locomoción en Chile. Y entre las detalladas descripciones
del estado de los caminos en la joven república, el
autor deslizó una sugerente y reveladora reflexión: “Los
tiempos en que Frezier se arañaba el rostro y blasfemaba,
a guisa de buen francés, contra los algarrobos que
obstruían el único sendero de caballo que existía
entre Santiago y Valparaíso (1712) y aquellos en que
el almirante Vancouver enseñaba por la primera vez
el uso de la escoba a los habitantes de la única casa
que existía en el valle de Tapigüe (Casablanca)
en 1795, son en verdad tiempos tan remotos para la presente
generación, que ya nos parecen tiempos antidiluvianos...”.
Más allá de las sabrosas anécdotas que
se recogen en el extracto, lo que nos interesa destacar es
la referencia temporal que lo corona. Frezier y Vancouver,
aquellos célebres navegantes del siglo XVIII, son
presentados en un contexto tan distinto y lejano, que incluso
llegan a ser percibidos con extrañeza, con esa distancia
que siempre genera lo que nos es ajeno. A simple vista, nada
de aquellos tiempos había logrado perdurar. Lo paradójico
es que por esos mismos años, en realidad desde mucho
antes, los científicos y viajeros que visitaron nuestras
costas a lo largo de la centuria ilustrada estaban cobrando
un protagonismo inesperado. Con una ansiedad deslumbrante,
ya fuese indagando en las colecciones locales o patrocinando
estadías en los archivos europeos, las repúblicas
hispanoamericanas habían comenzado un sostenido trabajo
de recuperación de todas las investigaciones que llevaron
adelante las distintas expediciones científicas que
arribaron a América en el último siglo de dominación
colonial. Los desafíos impuestos por la vida independiente
hicieron necesario rescatar del pasado aquello que fuera útil
a la época presente: reflexiones etnográficas,
ensayos mineralógicos, apuntes sobre botánica
y zoología, levantamientos cartográficos, en
fin, todo conocimiento que pudiera dar luces respecto de
las características y potencialidades de estos territorios.
Así, a lo largo del siglo XIX se irá estableciendo
una fuerte relación con la tradición expedicionaria
de la centuria precedente. Sus más destacados representantes –Cook,
Bougainville, Juan y Ulloa, Lapérouse, Moraleda, Vancouver,
Malaspina– se convertirán en fuente de consulta
no sólo para los científicos que se fraguaron
recorriendo los territorios americanos, sino también
para los diferentes estadistas a la hora de tomar decisiones
de gobierno. Más fuerte todavía será el
vínculo que entablaron con ellos los integrantes de
las armadas nacionales, sus epígonos republicanos,
que tomaron esos viajes como punto de partida para las exploraciones
que debieron emprender hacia territorios que aún permanecían
desconocidos en el último cuarto del siglo antepasado.
El conocimiento geográfico
Uno de los campos en que esta recopilación resultó de
suma importancia fue en el de la cartografía.
Al fijar con exactitud las dimensiones y características
de su patrimonio geográfico, las exploraciones
dieciochescas se convirtieron en una fuente invaluable
para las pretensiones de las autoridades que, luego del
movimiento independentista, tomaron en sus manos la conducción
de las nuevas repúblicas. Más todavía
cuando el principio de uti possidetis se instituyó como
pilar fundamental para la resolución de eventuales
controversias territoriales. Por ello no dudaron al momento
de rescatar la documentación existente y ordenarla
según las necesidades que surgían con la
nueva realidad política. Las exigencias administrativas
obligaban a tener una imagen completa y detallada de
los límites y reales dimensiones del territorio
integrado a los destinos nacionales, y ante la carencia
de información actualizada, no quedaba otra opción
más que valorar lo heredado. De esta forma, aquellos
levantamientos realizados por la monarquía española
para hacer más efectivo el control imperial, terminarán
siendo útiles para las distintas repúblicas
americanas.
Chile y la Expedición Malaspina
Es precisamente en ese marco donde confluyen la comisión
científico-política encabezada por el viajero
italiano Alejandro Malaspina y la historia territorial
de nuestro país. Dicha expedición, verificada
entre 1789 y 1794, constituyó el mayor esfuerzo
desplegado por la España imperial para conocer
el real estado de sus colonias en el último cuarto
del siglo XVIII. Durante sus dos estadías en las
costas de la gobernación de Chile, los integrantes
de la comitiva realizaron, entre otras tareas, variadas
mediciones hidrográficas que sirvieron de base
para la confección de planos y cartas de gran
exactitud. Y el nivel de precisión alcanzado hizo
que estas observaciones fueran consideradas durante varias
décadas como los únicos datos confiables
respecto de la ubicación de los principales puntos
de la costa sur-occidental de América. Por lo
anterior, las mediciones efectuadas por estos viajeros
en Chile terminarán siendo un punto de referencia
fundamental para resolver uno de los problemas más
recurrentes en la historia nacional a lo largo del siglo
XIX, a saber, el absoluto desconocimiento del territorio
y la escasez de individuos competentes en geografía.
En febrero de 1831, por ejemplo, la redacción
de El Araucano decide publicar una extensa lista topográfica –con
sus respectivas latitudes y longitudes– confeccionada
sobre la base de los cálculos y mediciones de
la Expedición Malaspina. Más que en la
propia lista, lo relevante aparece cuando ponemos atención
en el argumento que se cita para este cometido: “Se
cree que estos resultados, declaraba el redactor, merecerán
alguna confianza por el mérito de las personas
que concurrieron a ellos y por la utilidad que pueden
producir a los navegantes de la costa de Chile y el Perú”.
La confianza en el talento de los viajeros y las demandas
impuestas por el flujo comercial no hicieron dudar de
la pertinencia de la publicación. Ante la carencia
de cartas geográficas modernas y seguras, lo razonable
era remitirse a la última fuente confiable.
Dichos cálculos, que eran conocidos en las principales
academias científicas europeas y los únicos
que manejaban las autoridades chilenas hacia 1830,
habían logrado trascender gracias a un conocido
mapa de América del Sur levantado por el Almirantazgo
español a fines del siglo XVIII, cuando Carlos
IV ordenó al Secretario de Estado y del Despacho
Universal de Marina, Juan de Lángara, formar
una carta esférica sobre las costas del Virreinato
del Perú y de la gobernación de Chile.
Para su confección, los cartógrafos hispanos
recurrieron a las anotaciones de Malaspina y sus hombres.
Otro personaje que también hizo uso de esta información
fue Claudio Gay, quien hacia 1830 ya había dado
inicio a sus investigaciones científicas por el
territorio nacional. Los extensos informes que recogían
los resultados de su exploración eran publicados
periódicamente en las páginas de El Araucano,
donde se pueden encontrar varias referencias a las investigaciones
verificadas por Malaspina en nuestras costas. En uno
de ellos, por ejemplo, Gay incluye una rectificación
a los cálculos realizados por la comitiva respecto
de la situación geográfica de Topocalma.
Y aun cuando en dicha oportunidad debió corregir
las mediciones que utilizaba, ello en nada minó su
admiración por trabajos que, según sus
palabras, eran de inigualable valor para un país
carente de una sólida tradición cartográfica.
Estos dos episodios, que en otro escenario pueden ser
considerados simples anécdotas, demuestran que
gran parte de lo realizado por los expedicionarios del
siglo XVIII constituyó siempre un punto de partida
para los estadistas y hombres de ciencia que hicieron
fama recorriendo y analizando el territorio de la república.
Los problemas limítrofes
Junto a su inestimable valor en todo lo concerniente
a necesidades cartográficas, las investigaciones
de la Expedición Malaspina tendrán también
un protagonismo importante en las continuas controversias
territoriales que nuestro país sostuvo con las
naciones vecinas a lo largo del siglo XIX. La adscripción
al principio de uti possidetis como fórmula
de resolución para estas disputas, obligó a
las cancillerías sudamericanas a iniciar una
serie de investigaciones históricas que permitieran
reunir los argumentos necesarios para respaldar sus
demandas. Por lo mismo, en las innumerables representaciones
que dieron vida a los debates, se citaban con total
familiaridad las más importantes obras geográficas
del siglo XVIII, se glosaba documentación que
iba desde el período de Conquista hasta inicios
del siglo XIX, se incluían fragmentos de diarios
de viaje, se reseñaba la cartografía
española colonial, en fin, se entregaban todos
los testimonios atingentes a los intereses de cada
república. En el caso de la Expedición
Malaspina, sus levantamientos hidrográficos
y las detalladas descripciones geográficas que
arrojó, constituirán una parte importante
de los argumentos presentados por el Ministerio de
Relaciones Exteriores de Chile para hacer frente a
las demandas territoriales presentadas por Bolivia
y Argentina desde la década de 1840, toda vez
que dichos datos venían a confirmar las tesis
defendidas por nuestro país
Un hito fundamental en la disputa limítrofe con
la nación altiplánica tuvo lugar en enero
de 1859, cuando el capitán de fragata Miguel Hurtado
dio a conocer una investigación personal que confirmaba
los derechos de soberanía de Chile sobre el Desierto
de Atacama. Entre la información recopilada, Hurtado
dedicó varias páginas a la descripción
detallada del viaje de Malaspina, poniendo especial énfasis
en la sólida formación científica
de los oficiales que integraron dicha comitiva. De esa
forma, contrarrestaba las impugnaciones bolivianas que
insistían en desconocer el valor de los registros
dejados por estos viajeros en la disputa.
Por otra parte, las demandas de soberanía presentadas
por Argentina sobre la Patagonia, el Estrecho de Magallanes
y Tierra del Fuego también sirvieron de escenario
para el rescate de la comisión que analizamos.
Pero en esta ocasión nos enfrentamos con una diferencia
sustancial. Hacia 1870, y con el fin de ampliar la base
documental disponible, el gobierno de Chile ordenó llevar
adelante una serie de investigaciones en los archivos
hispanos. Dicha tarea fue confiada al diplomático
e historiador Carlos Morla Vicuña, quien logró recopilar
valiosas piezas que vinieron a respaldar con mayor fuerza
la defensa chilena. Y entre la documentación encontrada,
los registros de la Expedición Malaspina tenían
un lugar fundamental. Luego de un estudio meditado de
aquellos trabajos, Morla Vicuña se convenció de
estar frente a una empresa monumental que merecía
ser conocida en detalle. Precisamente por ello concibió la
idea de publicar en forma íntegra tan ricos documentos,
pero su proyecto no logró prosperar.
Los amplios alcances de las exploraciones realizadas
y la rigurosa precisión de los datos recolectados
acabarán convirtiendo a la Expedición Malaspina
en una fuente inagotable para la búsqueda de soluciones
a las innumerables carencias y conflictos por los que
atravesó Chile durante el siglo XIX. Si en un
principio será de utilidad para sortear la ausencia
de información geográfica actualizada,
conforme avance la centuria ofrecerá los argumentos
históricos en los cuales descansará la
defensa diplomática ante las reclamaciones territoriales
vecinas. En síntesis, este rescate terminará vitalizando
un nuevo punto de unión entre el último
siglo colonial y el primero de nuestra historia republicana,
punto en que la ciencia tendrá un protagonismo
fundamental al hacer posible que el Chile decimonónico
fuera depositario y le confiriera un nuevo sentido al
conocimiento geográfico generado en el siglo anterior.
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