Luego de la independencia nacional, muchos científicos europeos deciden venir al país; algunos lo hacen motivados por mera curiosidad, otros, porque desean vivir grandes aventuras, como aquellas que había relatado con antelación Humboldt, en obras tales como:
Cuadros de la Naturaleza (1808) o
Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Mundo (1811-1836), por ejemplo, o en otros ensayos que ven la luz luego de su viaje por América que se extiende desde 1799 a 1804. Y otros sabios vienen a Chile porque han sido contratados por las autoridades políticas de la época o por algunos personeros vinculados a la educación. Claudio Gay es uno de ellos. En efecto, este botánico y naturalista francés nacido en Draguignan en 1800, llega a Chile a fines de 1828, para dictar clases de Física y de Historia Natural, en el Colegio de Santiago, en la capital. Más tarde, luego de unos avatares poco felices con las autoridades del colegio mencionado y el destino del mismo, decide ofrecer sus servicios al Gobierno de Chile. Así, en septiembre de 1830, firma un contrato con el ministro del Interior y de Guerra, don Diego Portales. El compromiso incluía, entre otras cosas, fundar un Gabinete de Historia Natural, realizar una exploración por todo el territorio de la república y dar cuenta de la existencia y características de los especímenes de la flora y fauna nacionales. Además, debía confeccionar algunos planos cartográficos y realizar un acopio estadístico sobre tópicos relativos a la economía nacional; en suma, esta última tarea perseguía recabar todos los antecedentes sobre el estado de la producción nacional. Es una magna tarea que principia a dar frutos con la publicación de los distintos tomos de su
Historia Física y Política de Chile (1844-1871) y con su
Atlas de Chile, y que hoy ha sido reeditado bajo el cuidado y el análisis oportuno de Rafael Sagredo.
Empero, la labor se dilata más de lo imaginado en aras del rigor metodológico y de las exigencias de la parsimonia científica, de modo que los chilenos ven a Gay recorriendo el país, durante doce años. Así, el sabio galo desde 1830 a 1842, sistemáticamente va recopilando la información sobre lo viviente en el país, buscando in situ los observables taxonómicos y describiéndolos luego en la soledad de su escritorio, con ayuda de la bibliografía especializada. Su prosa científica -desde la perspectiva metodológica y epistémica- parte definiendo adecuadamente las categorías más generales en las cuales quedan insertos los distintos universos más reducidos de individuos, que a continuación va a presentar y a describir. Así por ejemplo, en el volumen Nº1 de la Sección de Zoología de su Historia Física y Política de Chile, parte definiendo la clase mamíferos, luego los distintos órdenes que la componen, y a su vez, los subórdenes respectivos. Y a continuación, introduce las especies autóctonas, dentro de cada universo en cuestión. Gay parte con esta definición de mamíferos: “Animales vertebrados, vivíparos, con sangre caliente, dos tetas, un corazón doble, dos pulmones, separados de la cavidad abdominal por un diafragma muscular, un cerebro voluminoso, y provistos casi siempre de siete vértebras cervicales y de pelos y de cuatro pies” (París, 1847). Similar metodología expositiva emplea para los volúmenes dedicados a la botánica.
Ahora, si uno estudia detenidamente la prosa taxonómica de este científico, por ejemplo, en los tomos de Botánica o de Zoología de su Historia Física y Política de Chile, se observa una riqueza de componentes estructurales que aluden ora al método, como hemos señalado, ora a su visión de la naturaleza chilena en su conjunto, a su particular idea de ciencia, e incluso es posible observar la preocupación de este autor por rescatar la propia mirada que tenían los nativos y lugareños sobre los distintos observables taxonómicos, dentro de lo que permite la parsimonia de la diagnosis de la época. En este proceso se fusiona el “yo-científico” y el “yo-sujeto”, mezclándose el goce estético del naturalista ante las diversas expresiones y formas de la biodiversidad, ante la policromía y la fuerza vital de los referentes endémicos, con las necesidades pragmáticas del Chile del período, con la búsqueda del utilitarismo. Es un eje bipolar que atraviesa tácitamente su prosa. De este modo, Gay va introduciendo a la ciencia universal, por ejemplo a aves tales como el cóndor (sarcoramphus condor), al tiuque (caracara montanus), o al pato de la cordillera (Raphipterus chilensis); o a mamíferos tales como el pudú (cervus pudu), la nutria (Lutra felina) o el lobo de mar (Otaria porcina), o a moluscos como el comes (Pholas chiloensis), o a zoofitos como la actinia (Actinia chilensis); o a las distintas especies de la flora, tales como: la palma chilena (jubaea spectabilis), el olivillo (Kagenekia angustifolia), la tuna (Opuntia vulgaris), o plantas pelófilas como la paja de estera (Typha angustifolia), entre tantos y tantos otros. Es un esfuerzo casi epopéyico, pero Gay lo percibe como un privilegio, como una oportunidad única para contribuir a la sistematización del cuerpo físico del país, y como una labor de servicio a la comunidad científica internacional, y en suma, a la humanidad. Lo anterior, es una expresión de su compromiso para ordenar científicamente el universo biótico del Chile decimonónico, en pleno período de institucionalización de la ciencia, y trasunta al mismo tiempo, su voluntad de dejar asentado un paradigma para dar cuenta de los referentes orgánicos; esfuerzo que continuará luego Philippi. En este proceso de institucionalización de la ciencia nacional, Gay aporta además de la aprehensión cognitiva propia de la sistematización y de la consolidación de un paradigma taxonómico en uso, una fase directiva y de consolidación de entidades científicas, al asumir la Dirección del Gabinete de Historia Natural, actual Museo Nacional de Historia Natural.
Dicho trabajo que es prácticamente equivalente a una radiografía minuciosa de clasificación y ordenación del vasto mundo orgánico chileno, que incluye la identificación, la descripción, la ubicación geográfica, el hábitat de los mismos y las relaciones entre los observables, y además, las interacciones de los nativos y campesinos con los exponentes de la naturaleza vernácula, trasciende su propia finalidad y va más allá de lo puramente científico. Esto es, que el paradigma descriptivo, como un todo orgánico, en tanto va identificando los distintos especímenes y en cuanto explicita la ubicación geográfica de los mismos, va registrando también ciertas características de las diferentes zonas geográficas del país. Y en este sentido, la obra de Gay, actúa también como un tesauro informativo sobre las vicisitudes del territorio nacional y sobre la percepción de la naturaleza que tienen los nativos, lugareños, campesinos y chilenos de las distintas regiones. Luego, en la práctica, pasa a ser del mismo modo un acopio informativo que las autoridades tienen muy presente para perfilar las regiones administrativas y para la formación de la propia idea de extensión del territorio nacional. E incluso también, al leer los informes de Gay, sobre la flora y fauna, se puede colegir, a partir de los pasos, sendas y caminos, por los que ha andado el naturalista galo, cuáles rutas serían más cortas y expeditas entre determinados lugares, o cuáles serían más deseables para fortalecer o para vigilar, si se estima conveniente. Es una contribución para la toma de decisiones en esferas administrativas, normativas, o de políticas públicas, que se da por añadidura y que viene de suyo en los informes científicos. Sólo hay que saber leerlos.
La obra de Gay, además, contribuye también a la comprensión de un imaginario colectivo nacional, acerca de cómo es el cuerpo físico de Chile, sobre los referentes orgánicos e inorgánicos propios del país y acerca de la extensión y límites del territorio. Ello coadyuva a dejar implícito una percepción de lo chileno, o de la chilenidad, en la cultura, tal como ya lo ha destacado Mizón (Claudio Gay y la identidad nacional).
Por tanto, el esfuerzo de este naturalista galo, que pasó dedicado gran parte de su vida a la sistematización de los observables taxonómicos, existentes en el Chile decimonónico, y luego al cuidado de la publicación de los resultados de dicho trabajo, es equivalente a una magna tarea bifronte: por un lado, cumple el rol de ordenar y sistematizar los especímenes del universo biótico del país, y de darlos a conocer a la ciencia universal. Y por otro, colabora con la construcción de la república en cuanto a las necesidades administrativas, informativas, estadísticas y normativas del país.
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