Durante su viaje
por la costa occidental de América,
una de las cosas que llamó la atención de Amadeo
Frezier fue el haber encontrado que “en Chile se practica
mucho la hospitalidad”, a consecuencia de lo cual se “recibía
muy generosamente a los extranjeros” (1). La impresión
que el científico francés se formó en
1712 sería confirmada por numerosos viajeros a lo
largo del siglo XVIII. Por ejemplo, los científicos
de la Expedición Malaspina, quienes en 1790 escribieron
sobre “la atención y obsequio de todas estas
gentes”, el “trato fino y amable” y “la
hospitalidad constante” de los que llamaron “españoles
chilenos”. Alabando su carácter “sumamente
amable y obsequioso”, afirmaron, “nada ponderan
los viajeros que tanto han ensalzado su generosidad” (2). ¿Qué razón
podría justificar tantas atenciones para con los extranjeros.
Esa característica hospitalidad de los pobladores
de la más remota de las posesiones españolas
en América? George Vancouver, que arribó a
Chile en 1795, ofrece una explicación. Al relatar
que “nos recibían de una manera tan obsequiosa
que no pensábamos serles carga pesada”, agrega
que “el placer que cada uno nos atestiguaba, alejaba
de nosotros todo sentimiento que no fuera el de reconocimiento
por los buenos servicios que nos hacían” (3).
El gusto, el placer, la satisfacción de hacer más
llevaderos los días de los viajeros, sería
la causa esencial de la hospitalidad mostrada por los habitantes
de Chile.
Explicación razonable, en especial considerando que
en las costas de esta gobernación rara vez se recibían
extranjeros, y que por ello su arribo representaba todo un
acontecimiento para la aislada sociedad local. Así,
no debe extrañar que los europeos en viaje por América
fueran bien recibidos y reiteradamente agasajados en Chile,
y que su presencia provocara gran expectación, a tal
punto que sus actividades, así como los momentos de
relación que provocaba su estadía, adquirieran
el carácter de instancia de satisfacción de
la modesta y reiterativa sociabilidad local que, gracias
a su presencia, se veía sacada de su ostracismo y
prestigiada.
De su paso por Casablanca, Vancouver cuenta que todos “se
arreglaban lo mejor que podían para recibirnos”,
y que en Santiago, en una ceremonia a la que asistieron “los
oficiales militares y los principales habitantes de las ciudades
y los alrededores”, sólo las atenciones que
recibieron “disiparon el embarazo que tuvimos al principio
al encontrarnos arrojados en tan numerosa compañía
de personas que parecían muy contentas por presentarse
con todos los atavíos y según la etiqueta de
la corte”.
Ya sea que fuera a causa de la “distancia en que se
hallaban del esplendor y del progreso de los pueblos europeos” o
de “su inferioridad respecto de algunas de las otras
colonias del rey”; de las dificultades económicas;
de la crudeza de la existencia en una “tierra de guerra”;
o de las consecuencias de un “acontecer infausto” por
la terrorífica sucesión de desastres ocurridos
a lo largo de los siglos, lo cierto es que los habitantes
de la gobernación de Chile desarrollaron una personalidad
que no sólo los hizo cultivar un “ardiente amor
al suelo natal”; también, los llevó a
mostrarse hospitalarios y afectuosos con los afuerinos. Rasgos,
estos últimos, surgidos como mecanismo de consuelo;
como práctica destinada a fortalecer el cuerpo social
a través de la valoración que ofrecían
los extranjeros.
La seducción, íntimo
placer
Los viajeros ilustrados también dejaron testimonio
de que el género femenino sobresalió en la
práctica de agradarlos y agasajarlos, aunque tal vez
de una manera un tanto desinhibida para sus costumbres.
En las primeras décadas del siglo Amadeo Frezier
afirmó que los atractivos que la educación
da a las españolas en estas latitudes son “tanto
o más turbadores cuanto que generalmente van acompañados
de un hermoso porte; agregando que generalmente “son
bastante simpáticas, de ojos vivos y lenguaje jovial”.
También escribió que “gustan de la galantería
libre, a la que responden con ingenio y a menudo con un matiz
que huele un poco a libertinaje, según nuestras maneras”.
Los marinos Jorge Juan y Antonio de Ulloa calificaron a las
penquistas como “bien parecidas”, y a las mujeres
de Santiago las consideraron “de buen aspecto, y muy
blancas y rosadas” (4).
Vancouver pondera a las jóvenes de Casablanca, “entre
las cuales vimos muchas con hermosas caras”; sobre
las santiaguinas afirmó que la mayor parte de ellas “no
carecen de atractivos personales y muchas de las que tuvimos
el gusto de ver eran generalmente morenas, de ojos negros
y rasgos regulares”, concluyendo que “eran hermosas”.
Además de su belleza natural, las chilenas ciertamente
se vestían y arreglaban para obtener la atención,
propósito que lograron, a juzgar por las descripciones
que de ellas hicieron, en medio de sus rigurosas narraciones
y sesudas descripciones científicas, los comedidos
científicos ilustrados y los corteses marinos europeos.
Amadeo Frezier, incluso apreciando la en ocasiones sencilla
forma de vestir de las mujeres, afirmó que “gustan
mostrarse magníficas a cualquier precio que sea, aun
en los lugares más ocultos”.
John Byron, que dispuso de variadas instancias para compartir
con las damas santiaguinas durante su larga estadía,
encontrándolas “notablemente hermosas”,
concluyó que eran “muy extravagantes para vestirse”(5).
Además del cabello “sumamente largo y de lo
más abundoso que se puede concebir”, detalló que “sus
camisas estaban llenas de encajes, y que sobre ellas se ponen
un corpiño muy ajustado”.
Frezier también se había detenido en el vestuario
de las mujeres cuando observó que “llevan el
seno y los hombros medio desnudos, a menos que los cubran
con un pañolón que les cae por la espalda hasta
la mitad de las piernas”. Pero las chilenas del siglo
XVIII no sólo se daban el gusto de mostrar sus pantorrillas
o coquetear con sus mantas. John Byron relata que “andan
con el pecho y los hombros muy escotados”, de tal forma
que, confidencia, “a decir verdad, no cuesta mucho
adivinarles las formas por su manera de vestir”.
El vestuario de las señoras no fue, sin embargo, él único
recurso para llamar la atención de los extranjeros
de paso y de los varones en general. De hecho, éste
fue sólo el complemento exterior de actitudes y
gestos destinados a gratificar deseos y motivaciones cuyo
origen estaba en las características de una personalidad
moldeada por el aislamiento y la precariedad. Por ello
es que los viajeros son reiterativos en mostrar las estrategias
desplegadas por las mujeres para despertar su curiosidad
y atraerlos.
El honorable John Byron resulta una pródiga fuente.
Alabando sus “lindos ojos chispeantes, su ingenio muy
listo y su gran fondo de bondad”, es categórico
para señalar la “decidida disposición
a la galantería” de las habitantes de la capital
de la gobernación, así como propensión,
tan humana, “a que se les admire”.
A comienzos de la centuria ilustrada Amadeo Frezier observó a
las mujeres “en su casa con tanta libertad como en
Francia. Criticando el exorbitante uso que las damas hacían “del
afeite llamado solimán”, así como su
excesiva licencia y gusto por el coqueteo, escribe que “las
proposiciones que un amante no osaría hacer en Francia
sin merecer la indignación de una mujer honesta, muy
lejos de escandalizarlas les causan placer, aun cuando estén
muy lejos de consentir en ellas”.
A nuestro juicio Frezier capta adecuadamente la satisfacción,
el goce, el placer que las mujeres de América meridional
sentían al mostrarse maquilladas, dejarse apreciar
y galantear por parte de los varones. Para ellas, la atención,
el miramiento, la atracción que su presencia provocaba,
qué duda cabe, representaba una fuente de agrado.
Previniendo a quienes leyeran su viaje, o lo siguieran en
un itinerario similar, advirtió, “la sola prudencia
humana debería bastar para impedir a un hombre caer
en las trampas de las coquetas de este país. Ellas
entienden perfectamente el arte de abusar de la debilidad
que se tiene por ellas”.
Sin duda que George Vancouver no atendió al consejo
del sabio francés, pues en su relato dejó constancia
de su entusiasmo por las chilenas, cuyos “deseos de
agradar, escribió, eran bien persuasivos”. De
este modo no debe extrañar que algunas veladas en
su compañía tuvieran para los ingleses “tantos
encantos, que todos olvidamos, me parece, las fatigas del
camino”.
La realidad observada en América llevó a Amadeo
Frezier a meditar, no sólo sobre la conducta de las
señoras que describe, también, y a propósito
de ellas, sobre la naturaleza humana. Es así como
refiriéndose a las actitudes de éstas, a las
que llama “maneras simples y naturales”, el hombre
de estudio “reconoce el placer y el secreto contento
que sentimos cuando nos vemos buscar”.
Precariedad, hospitalidad y seducción
Si el enclaustramiento de Chile ayuda a comprender la hospitalidad
de sus habitantes para con los extranjeros, que muy ocasionalmente
se dejaban ver por su territorio, el dato, que con espíritu
científico Malaspina y sus hombres no tardaron en
constatar durante su estadía en la década
de 1790, esto es que la “proporción de las
mujeres con los hombres en Chile era de tres a uno”,
ciertamente podría contribuir a explicar la desenvuelta
forma de actuar de la población femenina.
La liberalidad de las señoras podría explicarse
también en razón de que una sociedad tan constreñida
como la chilena, que había hecho de la hospitalidad
una actitud que marcaba su identidad y que reafirmaba la
personalidad de los sujetos que la componían, había
entregado esencialmente a las mujeres el papel de atender
y agasajar a los viajeros. Permitiéndoles conductas
que sólo durante la ocasional presencia de extranjeros
se toleraban. De este modo, el opaco, modesto e inseguro
cuerpo social aprovechaba la naturaleza humana, cuando no
los atributos de sus miembros, para alcanzar gratificación.
La autonomía e iniciativa de las mujeres chilenas,
así como su prestancia y resolución, todos
rasgos observados por los viajeros, puede ser explicada también
en razón de las contingencias propias de la evolución
colonial. Por ejemplo, las relaciones fronterizas en la Araucanía
que por largos períodos marcaron con el sello de la
violencia, la inseguridad y la inestabilidad a la sociedad,
situación que las llevó a tomar responsabilidades
propias de los hombres ausentes. En orden a sus motivaciones
para practicar el placer de seducir, no deben descartarse
aquellas relacionadas con el maltrato y abandono que, está acreditado,
afectaba a la vida cotidiana de muchas mujeres. Ambas situaciones
se convertían en propicias para el desarrollo de un
cortejo que venía a suplir los afectos ausentes, a
proporcionarles gratificación en medio de una situación
de carencia.
Por último, no será que tras la propensión
a agradar, a ser reconocidas y apreciadas, miradas y tomadas
en cuenta, se oculta la vulnerabilidad, no sólo de
la mujer, en particular, sino que también de la sociedad
que estimulaba su comportamiento y actitudes. Tal vez más
allá de las apariencias, la hospitalaria sociedad
y las desenvueltas señoras escondían la inseguridad
de su existencia, individual y social. La fragilidad de una
sociedad sometida a múltiples pruebas de sobrevivencia
derivadas de su desafiante realidad geográfica y,
además, desmedrada condición colonial, en comparación
con otros territorios del imperio.
En este sentido, se podrá sostener que la endémica
fragilidad del cuerpo social desarrolló un mecanismo
de compensación a través del agasajo y la obsequiosidad,
incluso el cortejo, de los extranjeros. Dicha actitud no
sólo proporcionaba placer y satisfacción individual,
en especial, contribuía a sustentar la vida social.
De ahí la propensión de los chilenos a buscar
reconocimiento en el forastero. Sus halagos, su consideración,
hacen más llevadera una existencia entonces muy precaria.
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(1) Amadeo Frezier, Relación
del viaje por el mar del sur, Caracas, 1982, Biblioteca Ayacucho.
(2) Véase nuestra obra La Expedición Malaspina
en la frontera austral del imperio español, Santiago,
2004, Editorial Universitaria y Centro de Investigaciones
Diego Barros Arana de la DIBAM.
(3) Viaje a Valparaíso i Santiago de Jorge Vancouver.
Tomado de los Viajes alrededor del mundo, de Jorge Vancouver,
ordenados por el rei de Inglaterra, en 1790, 1791, 1792,
1793, 1794 y 1795, Santiago, 1908, Imprenta Mejía,
p. 26.
(4) Véase su Relación histórica del
viaje a la América meridional, Madrid, 1748, Antonio
Marín.
(5) El entonces guardiamarina Byron formaba parte de la
tripulación de una escuadra alistada por lord Anson
destinada a amenazar la dominación española
en el Pacífico. Sus experiencias en Chile, en su relato
El naufragio de la fragata Wager, Santiago, 1955, Zig-Zag.
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