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Antropólogo por Rafael Sagredo

Una mirada al origen de esa proverbial hospitalidad confirmada por muchos viajeros que la consignaron en sus relatos como un rasgo característico de los hombres y particularmente de las mujeres del Chile del siglo XVIII.

 
 

Durante su viaje por la costa occidental de América, una de las cosas que llamó la atención de Amadeo Frezier fue el haber encontrado que “en Chile se practica mucho la hospitalidad”, a consecuencia de lo cual se “recibía muy generosamente a los extranjeros” (1). La impresión que el científico francés se formó en 1712 sería confirmada por numerosos viajeros a lo largo del siglo XVIII. Por ejemplo, los científicos de la Expedición Malaspina, quienes en 1790 escribieron sobre “la atención y obsequio de todas estas gentes”, el “trato fino y amable” y “la hospitalidad constante” de los que llamaron “españoles chilenos”. Alabando su carácter “sumamente amable y obsequioso”, afirmaron, “nada ponderan los viajeros que tanto han ensalzado su generosidad” (2). ¿Qué razón podría justificar tantas atenciones para con los extranjeros. Esa característica hospitalidad de los pobladores de la más remota de las posesiones españolas en América? George Vancouver, que arribó a Chile en 1795, ofrece una explicación. Al relatar que “nos recibían de una manera tan obsequiosa que no pensábamos serles carga pesada”, agrega que “el placer que cada uno nos atestiguaba, alejaba de nosotros todo sentimiento que no fuera el de reconocimiento por los buenos servicios que nos hacían” (3). El gusto, el placer, la satisfacción de hacer más llevaderos los días de los viajeros, sería la causa esencial de la hospitalidad mostrada por los habitantes de Chile.

Explicación razonable, en especial considerando que en las costas de esta gobernación rara vez se recibían extranjeros, y que por ello su arribo representaba todo un acontecimiento para la aislada sociedad local. Así, no debe extrañar que los europeos en viaje por América fueran bien recibidos y reiteradamente agasajados en Chile, y que su presencia provocara gran expectación, a tal punto que sus actividades, así como los momentos de relación que provocaba su estadía, adquirieran el carácter de instancia de satisfacción de la modesta y reiterativa sociabilidad local que, gracias a su presencia, se veía sacada de su ostracismo y prestigiada.

De su paso por Casablanca, Vancouver cuenta que todos “se arreglaban lo mejor que podían para recibirnos”, y que en Santiago, en una ceremonia a la que asistieron “los oficiales militares y los principales habitantes de las ciudades y los alrededores”, sólo las atenciones que recibieron “disiparon el embarazo que tuvimos al principio al encontrarnos arrojados en tan numerosa compañía de personas que parecían muy contentas por presentarse con todos los atavíos y según la etiqueta de la corte”.

Ya sea que fuera a causa de la “distancia en que se hallaban del esplendor y del progreso de los pueblos europeos” o de “su inferioridad respecto de algunas de las otras colonias del rey”; de las dificultades económicas; de la crudeza de la existencia en una “tierra de guerra”; o de las consecuencias de un “acontecer infausto” por la terrorífica sucesión de desastres ocurridos a lo largo de los siglos, lo cierto es que los habitantes de la gobernación de Chile desarrollaron una personalidad que no sólo los hizo cultivar un “ardiente amor al suelo natal”; también, los llevó a mostrarse hospitalarios y afectuosos con los afuerinos. Rasgos, estos últimos, surgidos como mecanismo de consuelo; como práctica destinada a fortalecer el cuerpo social a través de la valoración que ofrecían los extranjeros.

La seducción, íntimo placer
Los viajeros ilustrados también dejaron testimonio de que el género femenino sobresalió en la práctica de agradarlos y agasajarlos, aunque tal vez de una manera un tanto desinhibida para sus costumbres.

En las primeras décadas del siglo Amadeo Frezier afirmó que los atractivos que la educación da a las españolas en estas latitudes son “tanto o más turbadores cuanto que generalmente van acompañados de un hermoso porte; agregando que generalmente “son bastante simpáticas, de ojos vivos y lenguaje jovial”. También escribió que “gustan de la galantería libre, a la que responden con ingenio y a menudo con un matiz que huele un poco a libertinaje, según nuestras maneras”. Los marinos Jorge Juan y Antonio de Ulloa calificaron a las penquistas como “bien parecidas”, y a las mujeres de Santiago las consideraron “de buen aspecto, y muy blancas y rosadas” (4).

Vancouver pondera a las jóvenes de Casablanca, “entre las cuales vimos muchas con hermosas caras”; sobre las santiaguinas afirmó que la mayor parte de ellas “no carecen de atractivos personales y muchas de las que tuvimos el gusto de ver eran generalmente morenas, de ojos negros y rasgos regulares”, concluyendo que “eran hermosas”.

Además de su belleza natural, las chilenas ciertamente se vestían y arreglaban para obtener la atención, propósito que lograron, a juzgar por las descripciones que de ellas hicieron, en medio de sus rigurosas narraciones y sesudas descripciones científicas, los comedidos científicos ilustrados y los corteses marinos europeos. Amadeo Frezier, incluso apreciando la en ocasiones sencilla forma de vestir de las mujeres, afirmó que “gustan mostrarse magníficas a cualquier precio que sea, aun en los lugares más ocultos”.

John Byron, que dispuso de variadas instancias para compartir con las damas santiaguinas durante su larga estadía, encontrándolas “notablemente hermosas”, concluyó que eran “muy extravagantes para vestirse”(5). Además del cabello “sumamente largo y de lo más abundoso que se puede concebir”, detalló que “sus camisas estaban llenas de encajes, y que sobre ellas se ponen un corpiño muy ajustado”.

Frezier también se había detenido en el vestuario de las mujeres cuando observó que “llevan el seno y los hombros medio desnudos, a menos que los cubran con un pañolón que les cae por la espalda hasta la mitad de las piernas”. Pero las chilenas del siglo XVIII no sólo se daban el gusto de mostrar sus pantorrillas o coquetear con sus mantas. John Byron relata que “andan con el pecho y los hombros muy escotados”, de tal forma que, confidencia, “a decir verdad, no cuesta mucho adivinarles las formas por su manera de vestir”.

El vestuario de las señoras no fue, sin embargo, él único recurso para llamar la atención de los extranjeros de paso y de los varones en general. De hecho, éste fue sólo el complemento exterior de actitudes y gestos destinados a gratificar deseos y motivaciones cuyo origen estaba en las características de una personalidad moldeada por el aislamiento y la precariedad. Por ello es que los viajeros son reiterativos en mostrar las estrategias desplegadas por las mujeres para despertar su curiosidad y atraerlos.

El honorable John Byron resulta una pródiga fuente. Alabando sus “lindos ojos chispeantes, su ingenio muy listo y su gran fondo de bondad”, es categórico para señalar la “decidida disposición a la galantería” de las habitantes de la capital de la gobernación, así como propensión, tan humana, “a que se les admire”.

A comienzos de la centuria ilustrada Amadeo Frezier observó a las mujeres “en su casa con tanta libertad como en Francia. Criticando el exorbitante uso que las damas hacían “del afeite llamado solimán”, así como su excesiva licencia y gusto por el coqueteo, escribe que “las proposiciones que un amante no osaría hacer en Francia sin merecer la indignación de una mujer honesta, muy lejos de escandalizarlas les causan placer, aun cuando estén muy lejos de consentir en ellas”.

A nuestro juicio Frezier capta adecuadamente la satisfacción, el goce, el placer que las mujeres de América meridional sentían al mostrarse maquilladas, dejarse apreciar y galantear por parte de los varones. Para ellas, la atención, el miramiento, la atracción que su presencia provocaba, qué duda cabe, representaba una fuente de agrado. Previniendo a quienes leyeran su viaje, o lo siguieran en un itinerario similar, advirtió, “la sola prudencia humana debería bastar para impedir a un hombre caer en las trampas de las coquetas de este país. Ellas entienden perfectamente el arte de abusar de la debilidad que se tiene por ellas”.

Sin duda que George Vancouver no atendió al consejo del sabio francés, pues en su relato dejó constancia de su entusiasmo por las chilenas, cuyos “deseos de agradar, escribió, eran bien persuasivos”. De este modo no debe extrañar que algunas veladas en su compañía tuvieran para los ingleses “tantos encantos, que todos olvidamos, me parece, las fatigas del camino”.

La realidad observada en América llevó a Amadeo Frezier a meditar, no sólo sobre la conducta de las señoras que describe, también, y a propósito de ellas, sobre la naturaleza humana. Es así como refiriéndose a las actitudes de éstas, a las que llama “maneras simples y naturales”, el hombre de estudio “reconoce el placer y el secreto contento que sentimos cuando nos vemos buscar”.

Precariedad, hospitalidad y seducción
Si el enclaustramiento de Chile ayuda a comprender la hospitalidad de sus habitantes para con los extranjeros, que muy ocasionalmente se dejaban ver por su territorio, el dato, que con espíritu científico Malaspina y sus hombres no tardaron en constatar durante su estadía en la década de 1790, esto es que la “proporción de las mujeres con los hombres en Chile era de tres a uno”, ciertamente podría contribuir a explicar la desenvuelta forma de actuar de la población femenina.

La liberalidad de las señoras podría explicarse también en razón de que una sociedad tan constreñida como la chilena, que había hecho de la hospitalidad una actitud que marcaba su identidad y que reafirmaba la personalidad de los sujetos que la componían, había entregado esencialmente a las mujeres el papel de atender y agasajar a los viajeros. Permitiéndoles conductas que sólo durante la ocasional presencia de extranjeros se toleraban. De este modo, el opaco, modesto e inseguro cuerpo social aprovechaba la naturaleza humana, cuando no los atributos de sus miembros, para alcanzar gratificación.

La autonomía e iniciativa de las mujeres chilenas, así como su prestancia y resolución, todos rasgos observados por los viajeros, puede ser explicada también en razón de las contingencias propias de la evolución colonial. Por ejemplo, las relaciones fronterizas en la Araucanía que por largos períodos marcaron con el sello de la violencia, la inseguridad y la inestabilidad a la sociedad, situación que las llevó a tomar responsabilidades propias de los hombres ausentes. En orden a sus motivaciones para practicar el placer de seducir, no deben descartarse aquellas relacionadas con el maltrato y abandono que, está acreditado, afectaba a la vida cotidiana de muchas mujeres. Ambas situaciones se convertían en propicias para el desarrollo de un cortejo que venía a suplir los afectos ausentes, a proporcionarles gratificación en medio de una situación de carencia.

Por último, no será que tras la propensión a agradar, a ser reconocidas y apreciadas, miradas y tomadas en cuenta, se oculta la vulnerabilidad, no sólo de la mujer, en particular, sino que también de la sociedad que estimulaba su comportamiento y actitudes. Tal vez más allá de las apariencias, la hospitalaria sociedad y las desenvueltas señoras escondían la inseguridad de su existencia, individual y social. La fragilidad de una sociedad sometida a múltiples pruebas de sobrevivencia derivadas de su desafiante realidad geográfica y, además, desmedrada condición colonial, en comparación con otros territorios del imperio.

En este sentido, se podrá sostener que la endémica fragilidad del cuerpo social desarrolló un mecanismo de compensación a través del agasajo y la obsequiosidad, incluso el cortejo, de los extranjeros. Dicha actitud no sólo proporcionaba placer y satisfacción individual, en especial, contribuía a sustentar la vida social. De ahí la propensión de los chilenos a buscar reconocimiento en el forastero. Sus halagos, su consideración, hacen más llevadera una existencia entonces muy precaria.

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(1) Amadeo Frezier, Relación del viaje por el mar del sur, Caracas, 1982, Biblioteca Ayacucho.
(2) Véase nuestra obra La Expedición Malaspina en la frontera austral del imperio español, Santiago, 2004, Editorial Universitaria y Centro de Investigaciones Diego Barros Arana de la DIBAM.
(3) Viaje a Valparaíso i Santiago de Jorge Vancouver. Tomado de los Viajes alrededor del mundo, de Jorge Vancouver, ordenados por el rei de Inglaterra, en 1790, 1791, 1792, 1793, 1794 y 1795, Santiago, 1908, Imprenta Mejía, p. 26.
(4) Véase su Relación histórica del viaje a la América meridional, Madrid, 1748, Antonio Marín.
(5) El entonces guardiamarina Byron formaba parte de la tripulación de una escuadra alistada por lord Anson destinada a amenazar la dominación española en el Pacífico. Sus experiencias en Chile, en su relato El naufragio de la fragata Wager, Santiago, 1955, Zig-Zag.




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Los habitantes de Chile desarrollaron una personalidad que no sólo los hizo cultivar un “ardiente amor al suelo natal”; sino que también los llevó a mostrarse hospitalarios y afectuosos con los afuerinos. Rasgos, estos últimos, surgidos como mecanismo de consuelo y como práctica destinada a fortalecer el cuerpo social a través de la valoración que ofrecían los extranjeros.
 
 
Los viajeros ilustrados dejaron testimonio de que el género femenino sobresalió en la práctica de agradarlos y agasajarlos, aunque tal vez de una manera un tanto desinhibida para sus costumbres.
Además de su belleza natural, las chilenas ciertamente se vestían y arreglaban para obtener la atención, propósito que lograron, a juzgar por las descripciones que de ellas hicieron, en medio de sus rigurosas narraciones y sesudas descripciones científicas, los comedidos científicos ilustrados y los corteses marinos europeos.
Historiador Rafael Sagredo Académico del Instituto de Historia de la PUC.
Conservador de la Sala Medina de la Biblioteca Nacional