En el dintel de la adolescencia, una vez que pasaron
los empujes disparatados de la pueril hiperkinesia, bajo
el efecto de alguna pena de amor y de uno que otro hallazgo
y extravío, descubrí las virtudes de no
hacer nada, de no tener nada que hacer. En ese mismo
tiempo recibí la primera explicación acerca
de la palabra "ocio" de labios de mi padre. Fatigado
ya de tanto reclamarme por mi dejadez y de tanto ver
el bulto de mi cuerpo lánguido arrellanado en
un sofá, optó por la vieja táctica
de fingir complicidad con el adversario, y me contó eso
de "ocio y negocio", que "negocio" es negación
del ocio, y que los antiguos, que habían inventado
con las palabras ese juego, tenían a la holganza
en alta estima, y tanto, que el ajetreo febril de la
diaria labor recibía, en su nombre, la estampilla
de lo negativo. Fue uno de sus tantos yerros, lo que
demuestra que la táctica en cuestión suele
tener resultados muy discutibles. Él, que tanto
deseaba verme de albo delantal, premunido de estetoscopio,
diapasón y martillito, me inspiró muy a
su pesar, con ésa y con otras lecciones, la afición
por los placeres estériles del pensamiento.
Arduas
negociaciones me costó, no lo niego, encendidos
alegatos, resistencias, porfías y mutismos, y transitorios
artículos de paz que eran seguidos por la misma serie
de incidencias, hasta que al fin prevaleció mi voluntad.
Claro, he de confesar que así fue no sin que antes
visitase los recintos y rigores de la ciencia, por breve
lapso, que se convirtió en colapso cuando fui exhortado
de manera por demás incivil a cercenar unos pescados
y unas ratas, igual que hacían las compañeras
y compañeros que poblaban aquel adusto laboratorio.
Y se me concederá que era impropio distraerme de mi
ocupación del momento, sentado como estaba, balanceándome
al borde de un taburete mientras deslizaba mis ojos por las
páginas iniciales de Ser y tiempo, de Heidegger.
La
cosa es que llegué a puerto;
diré, más bien, a una profusa y alborotada caleta de
Macul, para emprender más formalmente mi iniciación
en los arcanos de la filosofía. No hablaré de la especie
ampliamente compartida de que la hora de este oficio es vespertina,
y que poco tiene que ver con madrugar, no hablaré de los retozos
en los anchos jardines del Pedagógico, de las tertulias de
café y de vino, de las asambleas que sustituían largamente
la rutina de las clases, que eran todas formas de refrendar mi creencia
de que la holganza tenía en la filosofía su espacio
más genuino y esencial. Evocaré sólo que pronto
hallé un respaldo teórico para esta opinión.
El gran Aristóteles tiene una observación, casi al
comienzo de su Metafísica, que a la justipreciación
de la ciencia que no se cultiva por otro fin que no sea el mero saber,
el amor del conocimiento, une un sabroso comentario histórico
condimentado con una pizca de sociología: establecidas las
artes que van en socorro de las necesidades de la existencia y también
aquéllas que le dan ornato y esparcimiento, fueron inventadas,
en tiempos, las ciencias que no atienden al placer ni a la urgencia,
y así ocurrió allí donde pudo haber vacación
para los hombres: para algunos de ellos, y pocos, por cierto. “Por
eso las artes matemáticas -dice el Estagirita- nacieron en
Egipto, pues allí disfrutaba de ocio la casta sacerdotal”.
Skholé llamaban los griegos al ocio, que derivó en
nuestra “escuela”; si uno piensa que los flojos son siempre
el escarnio en esta institución y que, mientras más
apremia el modo de vida hodierno, más aplicación y
competencia se les impone a los pobres alumnos, cuesta entender la
relación entre uno y otro término. (Este hábito
de interrogar las palabras, tan corriente entre filósofos,
es, creo, prueba irrebatible de tendencia al ocio, pues quien presta
más atención a los nombres que a las cosas da muestras
de amar el rodeo).
Estamos,
entonces: para los antiguos el ocio tenía un valor destacado; era, de hecho, índice
palmario de dignidad social, porque hay que estar muy arriba para
no tener nada que hacer. No tener que hacer nada: ése era
el punto; no estar acuciado por apremios del diario vivir, disponer
de otros que los encaren y resuelvan a cuenta nuestra y para nuestro
beneficio. Este no tener nada que hacer, que los antiguos entendían
referido a lo útil, les permitía -a aquellos dichosos
depositarios del dolce far niente, encumbrados sobre las espaldas
sudorosas y curvadas de una vasta caterva de esclavos- consagrar
su distendido asueto a lo inútil, vale decir, lo que no responde
a finalidades ulteriores, sino que tiene su fin en sí mismo.
Paradójicamente, la sutil actividad dedicada a estos menesteres
fue considerada la más intensa de todas, la actividad soberana:
el mero pensar.
Hasta aquí los antiguos. Pero también estaban las enseñanzas
del catecismo, la condena primordial al trabajo y el catálogo de los
siete vicios capitales, entre los cuales contaba la pereza. Confieso que siempre
me pareció divino descomedimiento condenar a alguien a penas eternas
por el solo hecho de holgazanear. Algo debía haber en la pereza que
explicase tamaña hostilidad, de alguna manera -oscura para mí-
tenía que entender el cristianismo la simple y llana indolencia para
haberle impuesto ese cruel desdoro. Aprendí de mi profesor y querido
amigo Humberto Giannini que los medievales le daban otro nombre. Acedía,
la llamaban, con un vocablo que la vieja lengua romana vulgar empleaba a cambio
del más distinguido desidia. La acedía tenía un significado
eminentemente teológico, místico habría que decir. El “demonio
del mediodía”, como también se la tildó, asaltaba
al anacoreta con la visión alucinatoria de las tentaciones más
inverosímiles (hay multitud de cuadros que representan el momento, de
Bosch, de Brueghel, Schöngauer, etcétera), brotadas de la nada
y cuya loca seducción debía sumir a quien cediese a ellas, precisamente,
en un abismo de nulidad. El santo no debía oponerle otra resistencia
que la pasiva; las manos enlazadas, debía orar, encomendarse a la bondad
divina. Me pareció -y dudo que la teología me acompañe
en mi conjetura- que este orar era otra forma del ocio, de un tiempo regalado
al tiempo, y que en esa ofrenda que no sería sino restitución
del plazo que se nos dio al origen del tiempo mismo alcanzaba el bienaventurado
un barrunto de eternidad.
Claudio Bertoni, 1999
Lo
de la pereza, pues, no era prurito de los medievales,
sino que fue traducción impuesta por una nueva
era, que celebraba la industriosa diligencia como manera
de hacerse del mundo. La condena de la pereza fue síntoma
inequívoco de las primicias del capitalismo.
Ni qué decir cómo se ha agravado la dolencia
que el síntoma acusaba. Pléyade tras pléyade
de criaturas atareadas han ido emergiendo del vientre
vultuoso de la era, y nosotros mismos tenemos que conquistar
a codazos una plaza exigua en el pelotón que
nos ha tocado. El tráfago hacendoso nos nutre
y nos devora al mismo tiempo, a todos por igual, sólo
que unos, como dicen de sí los chanchos de Orwell,
son más iguales que otros. Pero también
éstos deben rendirle culto al ídolo crispado
del rendimiento. Considere el avisado lector esos nuevos
amos del mundo, ejecutivos, diligentes, aeróbicos,
híspidos, que por no perder el nivel de estrés
que llevan en su jornada dedican el tiempo libre a deportes
de alto riesgo, sea el rafting, el parapente o el adulterio.
Y así es como piloteamos vagas vidas que se van
apolillando inapelablemente en un afán sin lustre.
No lo sabré yo, que creí enderezarme al
reino del solaz, y heme aquí abatido por tanta
clase y compromiso, por cometidos y faenas de variado
género.
Qué más ajeno a nosotros que las candorosas
quimeras de la Tierra de Jauja: una existencia humana
eximida de las inclemencias del clima, de los sobresaltos
de la necesidad, y sobre todo de las penurias del trabajo.
El ya mentado Brueghel tiene esa tabla hermosa que presenta
a un grupo de soldados inertes y ex-jornaleros, todos
entraditos en carnes, que descansan su siesta perenne
a la sombra de un árbol frondoso, cuyo tronco
está ceñido por una repisa en redondel,
repleta de manjares a punto de caer sobre las abiertas
bocas de los adormilados; un militar se asoma bajo un
techo escorado cubierto de tartas, mientras en el fondo,
por el prado, corretea un cerdo a medio calar, y a los
pies de los haraganes deambula un huevo con piernas
e implemento para el cuchareo. Es Luikkenland, para
los holandeses, Schlaraffenland para los alemanes, el
Pays de Cocagne, para los franceses; allí los
eficientes son castigados, desterrados si incorregibles;
al más flojo se le corona rey.
No:
a nosotros sólo podría convenirnos un
sueño más corto; y para ello creo no conocer
formulación utópica tan conmovedora como
la estrofa final de ese viejo canto campesino italiano,
“O partigiano”, que es uno de los himnos
revolucionarios más bellos: “ma verrá
un giorno in cui lavoreremo in libertá”,
“día vendrá en que libres trabajaremos”.
Pero
ocio, más que oponerse de plano a trabajo, es
quizá sobre todo una noción de tiempo,
de temporalidad. Claro, se entiende que el del ocio
es lapso de vacancia, fomentando la idea de que el tiempo
es algo así como un recipiente que llenamos con
la pobre materia de nuestros menesteres o desocupaciones,
tracto neutro al que debemos aportar cualidad y valía
o nuestro desnudo estar. Pero esa vacancia, esa vacación
es tiempo libre, y esa libertad define un derecho, un
derecho originario, voy a decir, en vena filosófica.
Es -el ocio- el derecho a la digresión; que en
cada momento se abre una pluralidad de tiempos, que
se ha de tener percepción para su diferencia,
que esa percepción sólo es posible si
se tiene libertad de abrirse a las tan diversas trazas
del tiempo -puro pasar y duración, interrupción,
celeridad o suspenso, inminencia o lasitud, morosidad,
tris y coyuntura-, y que eso requiere y quiere tiempo:
restitución del tiempo a sí mismo.
Pensar
y orar, creo, son formas de esa restitución. Pensar y orar pudieron ser, acaso, las dignas
instituciones del ocio en épocas pasadas: dos épocas
del ocio, diré. ¿Cuál podría ser la nuestra?
Permítame el lector aventurar una hipótesis, y decir
que la institución del ocio de los tiempos modernos -averiados
legatarios suyos somos nosotros- es, acaso, el escribir. Al menos
a mí no se me ocurre otra.
En El cuento de un tonel, sátira delirante de fines del siglo XVII que
releo asiduamente, y que fue compuesta entera sobre la pauta de la digresión
(e incluye, entre muchas cosas, una “digresión sobre las digresiones”),
Swift dice que en la escritura pasa lo mismo que en el viaje: cuando se tiene
una idea precisa de dónde llegar y necesidad de apretar el paso, se
toma la senda más directa, por sucia que esté, no se para mientes
en nada que no sea el fin y tampoco se es buen compañero de travesía,
derrochando salpicaduras de barro a diestra y siniestra; caso contrario, el
jinete prodiga amabilidad en vez de mugre y en cada recodo promisorio convida
a sus socios a disfrutar de la vista, los aromas, la benéfica sombra
y de cualquier bagatela plácida que refine la excursión.
Y es que el derecho a la digresión otorga el límpido ejercicio
de la preferencia. Uso esta palabra en el mismo sentido en que la enunciaba
Bartleby el escribano, ese carácter asombroso que Melville pergeñó hace
siglo y medio: instado a ejecutar sus tareas de oficina, su voz sosegada y
firme replicaba invariablemente con un “preferiría no hacerlo”, “I
would prefer not to”, lo que no entraña conato de ninguna especie,
sino la perfecta impasibilidad del sujeto, y un tiempo repartido entre escribir
meticulosamente y contemplar ensoñado los ladrillos del edificio que
daba, no más lejos de un palmo, a su escueta ventana.
Apelo, pues, a esos dos documentos para acreditar mi suposición, y la
benevolencia del lector podrá aducir algunos otros, si bien le parece.
Aunque, la verdad, admito que el segundo me salió tal vez equívoco;
después de todo, el pálido empleado desiste pronto de escribir
y ya sólo se entrega a sus herméticas cavilaciones, come apenas
y su impávida perseverancia acaba deparándole la prisión
y, en ella, como la frase que se continúa a renglón seguido
y como sombra de una sombra, la muerte.
• • •
De pronto, un vago malestar me ha invadido. No sé
si se debe al influjo del melancólico final del
relato de Melville o a alguna otra causa que no acertaría
a discernir. El hecho es que me detengo, ya no escribo.
Retiro mi silla, me levanto, voy al ventanal, apoyo
la mirada en las baldosas, y pienso y repienso, y, con
los ojos entornados, recuerdo: recuerdo las lecciones
frustradas de mi padre, mi edad pubescente con sus alegrías,
inquietudes y pesares, recuerdo que tenía todo
el tiempo del mundo, pero no por delante, promisorio,
sino a cada minuto, todo el tiempo del mundo en cada
instante; todo, y de tanto tiempo para hacer tantas
cosas, acababa no haciendo ninguna, posando los ojos
en las baldosas, el techo o las nubes, pensando. Y ahora
que recuerdo todo eso y casi me parece verlo, pienso,
con pena, con rabia, con añoranza, que hoy sólo
puedo robarle al tráfago y a mis funciones un
angosto minuto de recuerdo, un miserable segundo de
vislumbre.
Para
los antiguos el ocio tenía un valor destacado; era,
de hecho índice palmario de dignidad social, porque
hay que estar muy arriba para no tener nada que hacer
El
tráfago hacendoso nos nutre y nos devora al mismo
tiempo, a todos por igual, sólo que unos, como dicen
de sí los chanchos de Orwell, son más iguales
que otros.
Pablo Oyarzún es filósofo,
ensayista y traductor, profesor de las Universidades de
Chile y Católica