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Antropólogo Pablo Oyarzún

En el dintel de la adolescencia, una vez que pasaron los empujes disparatados de la pueril hiperkinesia, bajo el efecto de alguna pena de amor y de uno que otro hallazgo y extravío, descubrí las virtudes de no hacer nada, de no tener nada que hacer. En ese mismo tiempo recibí la primera explicación acerca de la palabra "ocio" de labios de mi padre. Fatigado ya de tanto reclamarme por mi dejadez y de tanto ver el bulto de mi cuerpo lánguido arrellanado en un sofá, optó por la vieja táctica de fingir complicidad con el adversario, y me contó eso de "ocio y negocio", que "negocio" es negación del ocio, y que los antiguos, que habían inventado con las palabras ese juego, tenían a la holganza en alta estima, y tanto, que el ajetreo febril de la diaria labor recibía, en su nombre, la estampilla de lo negativo. Fue uno de sus tantos yerros, lo que demuestra que la táctica en cuestión suele tener resultados muy discutibles. Él, que tanto deseaba verme de albo delantal, premunido de estetoscopio, diapasón y martillito, me inspiró muy a su pesar, con ésa y con otras lecciones, la afición por los placeres estériles del pensamiento.

 
 
Arduas negociaciones me costó, no lo niego, encendidos alegatos, resistencias, porfías y mutismos, y transitorios artículos de paz que eran seguidos por la misma serie de incidencias, hasta que al fin prevaleció mi voluntad. Claro, he de confesar que así fue no sin que antes visitase los recintos y rigores de la ciencia, por breve lapso, que se convirtió en colapso cuando fui exhortado de manera por demás incivil a cercenar unos pescados y unas ratas, igual que hacían las compañeras y compañeros que poblaban aquel adusto laboratorio. Y se me concederá que era impropio distraerme de mi ocupación del momento, sentado como estaba, balanceándome al borde de un taburete mientras deslizaba mis ojos por las páginas iniciales de Ser y tiempo, de Heidegger.

La cosa es que llegué a puerto; diré, más bien, a una profusa y alborotada caleta de Macul, para emprender más formalmente mi iniciación en los arcanos de la filosofía. No hablaré de la especie ampliamente compartida de que la hora de este oficio es vespertina, y que poco tiene que ver con madrugar, no hablaré de los retozos en los anchos jardines del Pedagógico, de las tertulias de café y de vino, de las asambleas que sustituían largamente la rutina de las clases, que eran todas formas de refrendar mi creencia de que la holganza tenía en la filosofía su espacio más genuino y esencial. Evocaré sólo que pronto hallé un respaldo teórico para esta opinión. El gran Aristóteles tiene una observación, casi al comienzo de su Metafísica, que a la justipreciación de la ciencia que no se cultiva por otro fin que no sea el mero saber, el amor del conocimiento, une un sabroso comentario histórico condimentado con una pizca de sociología: establecidas las artes que van en socorro de las necesidades de la existencia y también aquéllas que le dan ornato y esparcimiento, fueron inventadas, en tiempos, las ciencias que no atienden al placer ni a la urgencia, y así ocurrió allí donde pudo haber vacación para los hombres: para algunos de ellos, y pocos, por cierto. “Por eso las artes matemáticas -dice el Estagirita- nacieron en Egipto, pues allí disfrutaba de ocio la casta sacerdotal”. Skholé llamaban los griegos al ocio, que derivó en nuestra “escuela”; si uno piensa que los flojos son siempre el escarnio en esta institución y que, mientras más apremia el modo de vida hodierno, más aplicación y competencia se les impone a los pobres alumnos, cuesta entender la relación entre uno y otro término. (Este hábito de interrogar las palabras, tan corriente entre filósofos, es, creo, prueba irrebatible de tendencia al ocio, pues quien presta más atención a los nombres que a las cosas da muestras de amar el rodeo).

Estamos, entonces: para los antiguos el ocio tenía un valor destacado; era, de hecho, índice palmario de dignidad social, porque hay que estar muy arriba para no tener nada que hacer. No tener que hacer nada: ése era el punto; no estar acuciado por apremios del diario vivir, disponer de otros que los encaren y resuelvan a cuenta nuestra y para nuestro beneficio. Este no tener nada que hacer, que los antiguos entendían referido a lo útil, les permitía -a aquellos dichosos depositarios del dolce far niente, encumbrados sobre las espaldas sudorosas y curvadas de una vasta caterva de esclavos- consagrar su distendido asueto a lo inútil, vale decir, lo que no responde a finalidades ulteriores, sino que tiene su fin en sí mismo. Paradójicamente, la sutil actividad dedicada a estos menesteres fue considerada la más intensa de todas, la actividad soberana: el mero pensar.
Hasta aquí los antiguos. Pero también estaban las enseñanzas del catecismo, la condena primordial al trabajo y el catálogo de los siete vicios capitales, entre los cuales contaba la pereza. Confieso que siempre me pareció divino descomedimiento condenar a alguien a penas eternas por el solo hecho de holgazanear. Algo debía haber en la pereza que explicase tamaña hostilidad, de alguna manera -oscura para mí- tenía que entender el cristianismo la simple y llana indolencia para haberle impuesto ese cruel desdoro. Aprendí de mi profesor y querido amigo Humberto Giannini que los medievales le daban otro nombre. Acedía, la llamaban, con un vocablo que la vieja lengua romana vulgar empleaba a cambio del más distinguido desidia. La acedía tenía un significado eminentemente teológico, místico habría que decir. El “demonio del mediodía”, como también se la tildó, asaltaba al anacoreta con la visión alucinatoria de las tentaciones más inverosímiles (hay multitud de cuadros que representan el momento, de Bosch, de Brueghel, Schöngauer, etcétera), brotadas de la nada y cuya loca seducción debía sumir a quien cediese a ellas, precisamente, en un abismo de nulidad. El santo no debía oponerle otra resistencia que la pasiva; las manos enlazadas, debía orar, encomendarse a la bondad divina. Me pareció -y dudo que la teología me acompañe en mi conjetura- que este orar era otra forma del ocio, de un tiempo regalado al tiempo, y que en esa ofrenda que no sería sino restitución del plazo que se nos dio al origen del tiempo mismo alcanzaba el bienaventurado un barrunto de eternidad.


Claudio Bertoni, 1999

Lo de la pereza, pues, no era prurito de los medievales, sino que fue traducción impuesta por una nueva era, que celebraba la industriosa diligencia como manera de hacerse del mundo. La condena de la pereza fue síntoma inequívoco de las primicias del capitalismo. Ni qué decir cómo se ha agravado la dolencia que el síntoma acusaba. Pléyade tras pléyade de criaturas atareadas han ido emergiendo del vientre vultuoso de la era, y nosotros mismos tenemos que conquistar a codazos una plaza exigua en el pelotón que nos ha tocado. El tráfago hacendoso nos nutre y nos devora al mismo tiempo, a todos por igual, sólo que unos, como dicen de sí los chanchos de Orwell, son más iguales que otros. Pero también éstos deben rendirle culto al ídolo crispado del rendimiento. Considere el avisado lector esos nuevos amos del mundo, ejecutivos, diligentes, aeróbicos, híspidos, que por no perder el nivel de estrés que llevan en su jornada dedican el tiempo libre a deportes de alto riesgo, sea el rafting, el parapente o el adulterio.
Y así es como piloteamos vagas vidas que se van apolillando inapelablemente en un afán sin lustre. No lo sabré yo, que creí enderezarme al reino del solaz, y heme aquí abatido por tanta clase y compromiso, por cometidos y faenas de variado género.

Qué más ajeno a nosotros que las candorosas quimeras de la Tierra de Jauja: una existencia humana eximida de las inclemencias del clima, de los sobresaltos de la necesidad, y sobre todo de las penurias del trabajo. El ya mentado Brueghel tiene esa tabla hermosa que presenta a un grupo de soldados inertes y ex-jornaleros, todos entraditos en carnes, que descansan su siesta perenne a la sombra de un árbol frondoso, cuyo tronco está ceñido por una repisa en redondel, repleta de manjares a punto de caer sobre las abiertas bocas de los adormilados; un militar se asoma bajo un techo escorado cubierto de tartas, mientras en el fondo, por el prado, corretea un cerdo a medio calar, y a los pies de los haraganes deambula un huevo con piernas e implemento para el cuchareo. Es Luikkenland, para los holandeses, Schlaraffenland para los alemanes, el Pays de Cocagne, para los franceses; allí los eficientes son castigados, desterrados si incorregibles; al más flojo se le corona rey.

No: a nosotros sólo podría convenirnos un sueño más corto; y para ello creo no conocer formulación utópica tan conmovedora como la estrofa final de ese viejo canto campesino italiano, “O partigiano”, que es uno de los himnos revolucionarios más bellos: “ma verrá un giorno in cui lavoreremo in libertá”, “día vendrá en que libres trabajaremos”.

Pero ocio, más que oponerse de plano a trabajo, es quizá sobre todo una noción de tiempo, de temporalidad. Claro, se entiende que el del ocio es lapso de vacancia, fomentando la idea de que el tiempo es algo así como un recipiente que llenamos con la pobre materia de nuestros menesteres o desocupaciones, tracto neutro al que debemos aportar cualidad y valía o nuestro desnudo estar. Pero esa vacancia, esa vacación es tiempo libre, y esa libertad define un derecho, un derecho originario, voy a decir, en vena filosófica. Es -el ocio- el derecho a la digresión; que en cada momento se abre una pluralidad de tiempos, que se ha de tener percepción para su diferencia, que esa percepción sólo es posible si se tiene libertad de abrirse a las tan diversas trazas del tiempo -puro pasar y duración, interrupción, celeridad o suspenso, inminencia o lasitud, morosidad, tris y coyuntura-, y que eso requiere y quiere tiempo: restitución del tiempo a sí mismo.

Pensar y orar, creo, son formas de esa restitución. Pensar y orar pudieron ser, acaso, las dignas instituciones del ocio en épocas pasadas: dos épocas del ocio, diré. ¿Cuál podría ser la nuestra? Permítame el lector aventurar una hipótesis, y decir que la institución del ocio de los tiempos modernos -averiados legatarios suyos somos nosotros- es, acaso, el escribir. Al menos a mí no se me ocurre otra.
En El cuento de un tonel, sátira delirante de fines del siglo XVII que releo asiduamente, y que fue compuesta entera sobre la pauta de la digresión (e incluye, entre muchas cosas, una “digresión sobre las digresiones”), Swift dice que en la escritura pasa lo mismo que en el viaje: cuando se tiene una idea precisa de dónde llegar y necesidad de apretar el paso, se toma la senda más directa, por sucia que esté, no se para mientes en nada que no sea el fin y tampoco se es buen compañero de travesía, derrochando salpicaduras de barro a diestra y siniestra; caso contrario, el jinete prodiga amabilidad en vez de mugre y en cada recodo promisorio convida a sus socios a disfrutar de la vista, los aromas, la benéfica sombra y de cualquier bagatela plácida que refine la excursión.
Y es que el derecho a la digresión otorga el límpido ejercicio de la preferencia. Uso esta palabra en el mismo sentido en que la enunciaba Bartleby el escribano, ese carácter asombroso que Melville pergeñó hace siglo y medio: instado a ejecutar sus tareas de oficina, su voz sosegada y firme replicaba invariablemente con un “preferiría no hacerlo”, “I would prefer not to”, lo que no entraña conato de ninguna especie, sino la perfecta impasibilidad del sujeto, y un tiempo repartido entre escribir meticulosamente y contemplar ensoñado los ladrillos del edificio que daba, no más lejos de un palmo, a su escueta ventana.
Apelo, pues, a esos dos documentos para acreditar mi suposición, y la benevolencia del lector podrá aducir algunos otros, si bien le parece. Aunque, la verdad, admito que el segundo me salió tal vez equívoco; después de todo, el pálido empleado desiste pronto de escribir y ya sólo se entrega a sus herméticas cavilaciones, come apenas y su impávida perseverancia acaba deparándole la prisión y, en ella, como la frase que se continúa a renglón seguido y como sombra de una sombra, la muerte.

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De pronto, un vago malestar me ha invadido. No sé si se debe al influjo del melancólico final del relato de Melville o a alguna otra causa que no acertaría a discernir. El hecho es que me detengo, ya no escribo. Retiro mi silla, me levanto, voy al ventanal, apoyo la mirada en las baldosas, y pienso y repienso, y, con los ojos entornados, recuerdo: recuerdo las lecciones frustradas de mi padre, mi edad pubescente con sus alegrías, inquietudes y pesares, recuerdo que tenía todo el tiempo del mundo, pero no por delante, promisorio, sino a cada minuto, todo el tiempo del mundo en cada instante; todo, y de tanto tiempo para hacer tantas cosas, acababa no haciendo ninguna, posando los ojos en las baldosas, el techo o las nubes, pensando. Y ahora que recuerdo todo eso y casi me parece verlo, pienso, con pena, con rabia, con añoranza, que hoy sólo puedo robarle al tráfago y a mis funciones un angosto minuto de recuerdo, un miserable segundo de vislumbre.


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Para los antiguos el ocio tenía un valor destacado; era, de hecho índice palmario de dignidad social, porque hay que estar muy arriba para no tener nada que hacer
 
El tráfago hacendoso nos nutre y nos devora al mismo tiempo, a todos por igual, sólo que unos, como dicen de sí los chanchos de Orwell, son más iguales que otros.
Historiador Pablo Oyarzún es filósofo, ensayista y traductor, profesor de las Universidades de Chile y Católica