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En
esta obra Lafargue se instituye en un moralista del
ocio. En nombre de ese principio critica severamente
a la gavilla represora de frailes, de (anti)moralistas
que predican el disciplinamiento y de obreros desquiciados
por el ansia del trabajo. Lo sorprendente es que, entre
este conjunto de predicadores o practicantes de la ascesis,
Lafargue le carga la mano a los obreros. En ocasiones
es tal su furia contra estos asalariados, idólatras
del trabajo, que trate de considerarlo un recurso satírico.
De otro modo no tenía sentido en la pluma de
un admirador confeso de Marx.
Por lo tanto, lo menos que puede decirse de la lectura
del Elogio de la pereza es que sorprende. El autor parece
un autodidacto excéntrico en materias sociales,
cuya cabeza ha sido perturbada por lecturas heterogéneas.
No asoma por ninguna parte el discípulo de Marx.
En sus Recuerdos personales Lafargue cuenta que lo acompañaba
en sus largos paseos por Hampstead Heath, en las escasas
ocasiones en que el filósofo abandonaba sus libros
o su pluma. En ese panegírico sobre su suegro,
lo presenta como la fuente de la sabiduría, a
quien escuchaba embobado mientras caminaban a marchas
forzadas.
Lafargue comienza su opúsculo en la línea
esperada, criticando a la nefasta coalición de
moralistas ascéticos, policías y hombres
de derecho que fuerzan a los obreros al trabajo. En
las primeras páginas cita al odiado Thiers, el
represor de la Comuna, quien afirma que los trabajadores
han venido al mundo para sufrir y no para gozar(1) .
El autor le pone los puntos sobre las íes a “los
curas, economistas y militares (que) han sacro-santificado
el trabajo”(2) , las emprende contra los presuntos
filántropos que crearon los “workhouses”,
lugares aparentemente benéficos donde el obrero
estaba conminado a trabajar todo el día(3).
Pero en un momento del libro, en especial a partir del
segundo capítulo, Lafargue pierde la brújula.
El texto, a partir de entonces, está dedicado
a analizar las funestas consecuencias que genera la
obsesión de los obreros por el trabajo. Ese vicio
generalizado produce no sólo la degeneración
del obrero mismo sino una serie de efectos encadenados.
La principal consecuencia de estos excesos, producidos
por el fanatismo obrero, es el flagelo de la sobreproducción.
Esa consecuencia primero obliga a los burgueses a consumir
en exceso. Esto deteriora la salud, la moral y la inteligencia
de estas pobres víctimas, las cuales, para colmo,
se ven forzados a crear una clase de domésticos
improductivos, conminados también a comer con
gula y a consumir sin freno para ayudar a sus amos a
evitar que el mundo se convierta en una bodega de desperdicios.
¿Será Lafargue, activo militante internacionalista,
colaborador de Guesde en los inicios del Partido Socialista
francés, un disidente camuflado? ¿Este
libro constituye un solapado arreglo de cuentas teórico
con su padre simbólico? Lo dudo, porque militó
con abnegación en todos los lugares donde lo
condujo la lucha revolucionaria. Huyó de Alemania
después de 1848 y de Francia después de
1871, para continuar combatiendo por el socialismo en
España y Portugal. Por lo menos en esos lugares
habrá pasado menos frío.
Después de que el lector se recupera de la sorpresa
de leer cómo este moralista de la gozosa pereza
le echa la culpa a los trabajadores del extravío
de trabajar en exceso, se percata de que Lafargue no
está cometiendo parricidio. Que en realidad es
un teórico del comunismo que desarrolla una visión
plagada de buenas intenciones. Sin embargo, detrás
de sus análisis un poco gruesos y de sus teorías
más o menos excéntricas (o bizarres, como
se diría en francés) existe una intuición
que comunica una cierta alegría de vivir, que
el comunismo se realiza en el ocio, entendido como gozo. |
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