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Antropólogo Tomás Moulian
Elogio de la pereza es un libro escrito por Paul Lafargue, quien nació en Cuba y se recibió de médico en Francia y fue un militante socialista y abnegado luchador de la Internacional. Quizás esta obra hubiese pasado desapercibida si el autor no fuese yerno de Marx, quien era (por supuesto) un trabajador obsesivo, que apenas salía a pasear y que cuando lo hacía se dedicaba a educar a Lafargue. Marx, como es sabido, situaba la realización del individuo en la praxis y en el trabajo. De haber conocido lo que Lafargue elogió con delectación (el gozo, el ocio, denominándolo a menudo con la sonora palabra holganza) casi seguro que lo hubiese asimilado a la flojera tropical.
 
     
 
En esta obra Lafargue se instituye en un moralista del ocio. En nombre de ese principio critica severamente a la gavilla represora de frailes, de (anti)moralistas que predican el disciplinamiento y de obreros desquiciados por el ansia del trabajo. Lo sorprendente es que, entre este conjunto de predicadores o practicantes de la ascesis, Lafargue le carga la mano a los obreros. En ocasiones es tal su furia contra estos asalariados, idólatras del trabajo, que trate de considerarlo un recurso satírico. De otro modo no tenía sentido en la pluma de un admirador confeso de Marx.

Por lo tanto, lo menos que puede decirse de la lectura del Elogio de la pereza es que sorprende. El autor parece un autodidacto excéntrico en materias sociales, cuya cabeza ha sido perturbada por lecturas heterogéneas. No asoma por ninguna parte el discípulo de Marx. En sus Recuerdos personales Lafargue cuenta que lo acompañaba en sus largos paseos por Hampstead Heath, en las escasas ocasiones en que el filósofo abandonaba sus libros o su pluma. En ese panegírico sobre su suegro, lo presenta como la fuente de la sabiduría, a quien escuchaba embobado mientras caminaban a marchas forzadas.

Lafargue comienza su opúsculo en la línea esperada, criticando a la nefasta coalición de moralistas ascéticos, policías y hombres de derecho que fuerzan a los obreros al trabajo. En las primeras páginas cita al odiado Thiers, el represor de la Comuna, quien afirma que los trabajadores han venido al mundo para sufrir y no para gozar(1) . El autor le pone los puntos sobre las íes a “los curas, economistas y militares (que) han sacro-santificado el trabajo”(2) , las emprende contra los presuntos filántropos que crearon los “workhouses”, lugares aparentemente benéficos donde el obrero estaba conminado a trabajar todo el día(3).

Pero en un momento del libro, en especial a partir del segundo capítulo, Lafargue pierde la brújula. El texto, a partir de entonces, está dedicado a analizar las funestas consecuencias que genera la obsesión de los obreros por el trabajo. Ese vicio generalizado produce no sólo la degeneración del obrero mismo sino una serie de efectos encadenados. La principal consecuencia de estos excesos, producidos por el fanatismo obrero, es el flagelo de la sobreproducción. Esa consecuencia primero obliga a los burgueses a consumir en exceso. Esto deteriora la salud, la moral y la inteligencia de estas pobres víctimas, las cuales, para colmo, se ven forzados a crear una clase de domésticos improductivos, conminados también a comer con gula y a consumir sin freno para ayudar a sus amos a evitar que el mundo se convierta en una bodega de desperdicios.

¿Será Lafargue, activo militante internacionalista, colaborador de Guesde en los inicios del Partido Socialista francés, un disidente camuflado? ¿Este libro constituye un solapado arreglo de cuentas teórico con su padre simbólico? Lo dudo, porque militó con abnegación en todos los lugares donde lo condujo la lucha revolucionaria. Huyó de Alemania después de 1848 y de Francia después de 1871, para continuar combatiendo por el socialismo en España y Portugal. Por lo menos en esos lugares habrá pasado menos frío.

Después de que el lector se recupera de la sorpresa de leer cómo este moralista de la gozosa pereza le echa la culpa a los trabajadores del extravío de trabajar en exceso, se percata de que Lafargue no está cometiendo parricidio. Que en realidad es un teórico del comunismo que desarrolla una visión plagada de buenas intenciones. Sin embargo, detrás de sus análisis un poco gruesos y de sus teorías más o menos excéntricas (o bizarres, como se diría en francés) existe una intuición que comunica una cierta alegría de vivir, que el comunismo se realiza en el ocio, entendido como gozo.
 
     
  (1) Paul Lafargue, El elogio de la pereza, en Obras escogidas, Editorial América,
1938, p. 1.
(2) Ibid, p. 10.
(3) Ibid., p. 19.
 
 
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Marx, como es sabido, situaba la realización del individuo en la praxis y en el trabajo.
Historiador Tomás Moulián es Sociólogo y ensayista.