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Lafargue tiene una idea un tanto simplista de la llegada de este paraíso. Para él, se materializará cuando los trabajadores, dejando de lado el vicio que los carcome, decidan no trabajar más de tres horas diarias(4) .

Nuestro autor es un conspirativo al revés: no cree que los burgueses y su pléyade moralista obliguen a los trabajadores a uncirse al yugo. Más bien lo contrario: está convencido de que los obreros han sido alcanzados por un virus que los convierte en fanáticos trabajólicos. Pero, cuando logren escapar de esa obsesión, estarán en condiciones de realizarse, paseándose con el pecho al desnudo y en traje de baño, fumando un prodigioso habano. No debe olvidarse que Lafargue nació en el trópico.

A su manera, Lafargue nos proporciona un relato del comunismo como reino de la holganza; esto es, del placer como perpetua actividad lúdica. No es sólo un admirador de la pereza o del ocio, el cual tiene una connotación de vacío. Su suegro, más bien uncido a la disciplina del trabajo y a quien era difícil sacar a descansar un rato, predica el comunismo como la perfecta distribución (a cada uno según sus necesidades) y también como paso de la necesidad a la libertad. Es imposible dejar de pensar que para Marx la libertad era algo mucho más serio que la pereza.

Pienso que se hubiese sorprendido leyendo este texto descentrado de su yerno. En su concepción de mundo, el hombre se realizaba a través de una praxis que transformaba y redefinía el trabajo para convertirlo de lugar de alienación a lugar de realización de lo humano. No creo que se imaginara el reino de la libertad como el del hombre que exhala bocanadas de humo con el cuerpo expuesto a la brisa marina. Ese ideal reflejaba los recuerdos infantiles de Lafargue.

Marx, hijo de su tiempo, heredero de la Reforma y de la “revolución industrial”, no estaba en condiciones de pensar de ese modo. Su imaginario, sus categorías, eran las del Iluminismo. Theodor Adorno le reprocha querer convertir el mundo en un gigantesco taller(5) . Creo que en parte tiene razón, porque para Marx solamente en el capitalismo comenzaba el largo proceso de desaparición de la escasez, en vista de la enorme capacidad de producción de riqueza y de desarrollo de las fuerzas productivas de ese modo de producción.

Y no sólo Marx pecaba de gravedad. Otro marxista, Karl Korsch, piensa que el paraíso del comunismo se realizaría el desideratum de todo filósofo(6) . Se alcanzaría la transparencia de lo real, el conocimiento estaría al alcance de todos, desapareciendo cualquier opacidad. Lenin nos promete que se podrá ser trabajador en la mañana e intelectual en la tarde. Gozos mucho más refinados que los de Lafargue.

 
     
 


Personaje curioso este
Paul Lafargue

Trabajador infatigable por la revolución, pareciera que expresaba sus deseos irrealizados en la justificación del ocio como sentido de la vida. Con melancolía recuerda en su libro las palabras de Jenofonte: el trabajo ocupa todo el tiempo y deja poco espacio para dedicarse a los asuntos públicos y al cultivo de la amistad. La lectura de su libro hace pensar en los sueños utopistas de Bakunin más que en los de un acérrimo partidario de Marx, quien se dedicaba a pelear contra los anarquistas españoles para favorecer la difusión del marxismo.

En la parte final de su libro describe en tono satírico las fiestas con que se celebrará el día en que los trabajadores decidan, por fin, imponer el reino del ocio. En ella los trabajadores arreglarán cuentas con los curas, los jueces y los policías, sometiéndolos a una serie de castigos simbólicos, quizás inspirados en Rabelais, uno de sus autores de cabecera. Por fin Lafargue recupera la brújula y vuelve a culpar a los burgueses, percatándose de que el vicio de los trabajadores era aprendido y no era voluntario.

¿Que pasó con Lafargue? En 1911 este soñador del gozo tomó la trágica decisión de suicidarse, acompañado de su esposa Laura. Espero que descanse en alguna playa del trópico, fumando, pecho al aire, un interminable cigarro.

 
     
 

(4) Ibid., p. 83.
(5) Marin Jay, La imaginación dialéctica, Editorial Taurus, 1974.
(6) Karl Korsch, Marxismo y filosofía, Editorial Era, 1971.

 
 
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