Lo
justo y la guerra no anuncian buenaventura. Petorca.
Don Gabriel de Ortiz, teniente de infantería
del Batallón de Quillota, alcalde de primer voto,
cursa una amonestación a Buenaventura Basurto,
Gregorio Guerra y Justo Clavería por “osiosos
bagamundos”. Razón: continuar en su “osiosidad
siendo su exercicio el de la guitarra con el que se
mantienen inquietando el sosiego de las jentes con esquinasos,
o cantos en diferentes casas a deshoras de la noche”.
Sentencia: “en lo benidero no canten, ni toquen
en parte alguna verificada la queda, solicitando travajo
en que puedan ocuparse para el sustento de sus personas
y familias”. Desobediencia: “sin mas auto
que este, seran remitidos anvos a los presidios del
Reyno y para que no aleguen ignorancia mandé
despachar el presente”
(1)
.
Sólo una amonestación,
buenaventura al fin y al cabo, porque
entre 1730 y 1790 se produce una conjunción entre
los nuevos discursos sobre la sociedad del orden y el
trabajo, la ociosidad como teoría de la criminalidad
y le necesidad de hacer productiva a una población
numerosa en la ciudad: entre 1762 y 1780 la quebrada
de San Ramón, los tajamares del Mapocho y el
famoso puente de Cal y Canto (obra máxima del
representante de todos los discursos reunidos: el corregidor
de la ciudad Luis Manuel de Zañartu) dan cuenta
de un esfuerzo conjunto entre el proyecto de una sociedad
nueva y los brazos armados de la ley y coerción
social para transformar hábitos y formas de vida
no acordes con la nueva racionalización del tiempo.
Los razonamientos legales, jurídicos y de orden
público, de un lado, y la aplicación de
la fuerza coercitiva del estado colonial, tuvieron como
resultado la construcción de las principales
obras públicas de la ciudad. Y esto llevó
a decir al historiador Francisco Encina que Zañartu
se había adelantado a la república concretando
antes de su aparición el lema republicano: “Por
la razón o la fuerza”.
Las proyecciones no son casuales, pero tampoco premeditadas,
aunque las acciones de Zañartu cumplen con las
aspiraciones de muchos otros como Encina.
Por
la razón de los códigos
y los discursos de las teorías criminales y de
defensa de la sociedad o
por la fuerza
de una nueva razón productiva, en las palabras
y en el ejercicio de la “justicia”, es que
fueron apresados y enjuiciados hombres reales por ser
ociosos y vagabundos.
Unos eran inofensivos, cantores de una noche, pero otros
eran persistentes, vivían de otra manera: eran
los “incorregibles”. Como los hermanos Francisco,
Vicente y Dionisio Ibarra,
(2)
del partido del Maule, que por “común opinión”
eran ladrones y “bagamundos a respecto de no trabajar
a nadie (...) pues que nunca siembran trigos ni chácaras
ni menos sirven a persona alguna”. Qué
insolencia ésta, la de que mientras otros trabajan
a sol y sombra para tener lo necesario, “hombres
bagantes ocasionados y que no trabajan ni aun para mantenerse,
no por esto dejan de andar bien vestidos” (decía
entonces Marcos Espinoza, vecino de Curicó, de
30 años).
¿Qué había pasado con la justa
diversión, la buenaventura de hacer lo que se
halla y recibir lo que se encuentra, qué era
esta guerra sin cuartel al ocio y a la vagamundidad?
Ociosos vagamundos. Poético en las palabras.
Ociosidad y vagamundería. Delito en la ley: “si
este no se corta, y separa del todo, con su pestilencial
exemplo infestará a otros incautos precipitados
de sus pasiones: por tanto a fin de que la vindicta
publica quede satisfecha y libre de este contagio, el
agente lo acusa al excilio de ocho años a uno
de los precidios del Reino...”
(3)
La ociosidad es
madre de los vicios. Refrán que
aconseja que estemos siempre empleados en cosas útiles
y honestas, para no ser oprimidos de nuestras pasiones.
La mente que gobierna a un desordenado cuerpo. La ley
y sus representantes, en un ejercicio de suprema razón,
cortan el miembro inficionado para liberar al cuerpo
social de la gangrena: la vida de antaño corroe
el nuevo proyecto civilizatorio. Lo importante: ya no
es cuestión de palabras y de filosofía,
es razón de Estado.
Un diccionario y un cuerpo de leyes son primos muy cercanos.
Ambos, códigos y cánones que rigen el
mundo en que vivimos. Uno, el de las palabras y el sentido,
acogiendo en sus definiciones lo conocido y comprendido
por letrados e iletrados. El otro, imperativo y severo,
usando las palabras para ordenar el mundo conocido e
influir sobre él mandando, prohibiendo y permitiendo.
Así como un término tiene acepciones y
cae en desuso, las conductas desaparecen por la fuerza
de otros registros. Ley y diccionario cooperan estrechamente.
Una elimina la vida del ocio divertido y la libertad
que permite vagar por el mundo, vacío de obligaciones,
para estigmatizarlo con el rasgo de la indecencia y
la incivilidad e instala la sospecha sobre el uso de
este tiempo: mal ocupados, malentretenidos, ladrones
por cierto, porque si no trabajan, ¿de qué
viven? El otro, inscribe en sus registros el nuevo sentido
de las palabras. Diccionario de la lengua castellana,
en que se explica el verdadero sentido de las voces,
su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar,
los proverbios o refranes, y otras cosas provenienes
al uso de la lengua. Año de 1737.
(4)
Ociar es divertir a alguno del trabajo en que está
empleado, haciéndole se entretetenga en otra
cosa que le deleite. Tiene poco uso. ¡Tiene poco
uso! Buenaventura, Justo y Gregorio, cuyo oficio era
la guitarra, estaban fuera de los usos: deleitando y
entreteniendo como siempre, sólo que -ya en 1791,
e incluso en un paraje tan marginal a la populosa Madrid
de la Real Academia- la gente se acostaba más
temprano para salir a trabajar, pero también
para cuidarse de las habladurías. No vaya a ser
que digan que es gente ociosa...
¿Qué nos
dejan como opción? El ocio como
diversión u ocupación quieta, especialmente
obras de ingenio “porque éstas se toman
regularmente por descanso de mayores tareas: y así
el Conde de Rebolledo llamó Ocios a sus poesías”.
El ocio como premio al deber cumplido, pero aún
el deleite del ingenio y la poesía hablan de
una historia que no acaba. Acorralados por los estigmas
de un siglo ilustrado, los degenerados bohemios artistas
y los simples ciudadanos sin ingenio, debemos legitimar
nuestras palabras como oficio provechoso. Que no sea
que por desterrar el ocio, nos quedemos sin cerebro.