Ir a Dibam Ir al Inicio
     
 

Antropólogo Alejandra Araya
 
     
 
Lo justo y la guerra no anuncian buenaventura. Petorca. Don Gabriel de Ortiz, teniente de infantería del Batallón de Quillota, alcalde de primer voto, cursa una amonestación a Buenaventura Basurto, Gregorio Guerra y Justo Clavería por “osiosos bagamundos”. Razón: continuar en su “osiosidad siendo su exercicio el de la guitarra con el que se mantienen inquietando el sosiego de las jentes con esquinasos, o cantos en diferentes casas a deshoras de la noche”. Sentencia: “en lo benidero no canten, ni toquen en parte alguna verificada la queda, solicitando travajo en que puedan ocuparse para el sustento de sus personas y familias”. Desobediencia: “sin mas auto que este, seran remitidos anvos a los presidios del Reyno y para que no aleguen ignorancia mandé despachar el presente”(1) .

Sólo una amonestación, buenaventura al fin y al cabo, porque entre 1730 y 1790 se produce una conjunción entre los nuevos discursos sobre la sociedad del orden y el trabajo, la ociosidad como teoría de la criminalidad y le necesidad de hacer productiva a una población numerosa en la ciudad: entre 1762 y 1780 la quebrada de San Ramón, los tajamares del Mapocho y el famoso puente de Cal y Canto (obra máxima del representante de todos los discursos reunidos: el corregidor de la ciudad Luis Manuel de Zañartu) dan cuenta de un esfuerzo conjunto entre el proyecto de una sociedad nueva y los brazos armados de la ley y coerción social para transformar hábitos y formas de vida no acordes con la nueva racionalización del tiempo. Los razonamientos legales, jurídicos y de orden público, de un lado, y la aplicación de la fuerza coercitiva del estado colonial, tuvieron como resultado la construcción de las principales obras públicas de la ciudad. Y esto llevó a decir al historiador Francisco Encina que Zañartu se había adelantado a la república concretando antes de su aparición el lema republicano: “Por la razón o la fuerza”.

Las proyecciones no son casuales, pero tampoco premeditadas, aunque las acciones de Zañartu cumplen con las aspiraciones de muchos otros como Encina. Por la razón de los códigos y los discursos de las teorías criminales y de defensa de la sociedad o por la fuerza de una nueva razón productiva, en las palabras y en el ejercicio de la “justicia”, es que fueron apresados y enjuiciados hombres reales por ser ociosos y vagabundos.

Unos eran inofensivos, cantores de una noche, pero otros eran persistentes, vivían de otra manera: eran los “incorregibles”. Como los hermanos Francisco, Vicente y Dionisio Ibarra,(2) del partido del Maule, que por “común opinión” eran ladrones y “bagamundos a respecto de no trabajar a nadie (...) pues que nunca siembran trigos ni chácaras ni menos sirven a persona alguna”. Qué insolencia ésta, la de que mientras otros trabajan a sol y sombra para tener lo necesario, “hombres bagantes ocasionados y que no trabajan ni aun para mantenerse, no por esto dejan de andar bien vestidos” (decía entonces Marcos Espinoza, vecino de Curicó, de 30 años).

¿Qué había pasado con la justa diversión, la buenaventura de hacer lo que se halla y recibir lo que se encuentra, qué era esta guerra sin cuartel al ocio y a la vagamundidad? Ociosos vagamundos. Poético en las palabras. Ociosidad y vagamundería. Delito en la ley: “si este no se corta, y separa del todo, con su pestilencial exemplo infestará a otros incautos precipitados de sus pasiones: por tanto a fin de que la vindicta publica quede satisfecha y libre de este contagio, el agente lo acusa al excilio de ocho años a uno de los precidios del Reino...”(3)

La ociosidad es madre de los vicios. Refrán que aconseja que estemos siempre empleados en cosas útiles y honestas, para no ser oprimidos de nuestras pasiones. La mente que gobierna a un desordenado cuerpo. La ley y sus representantes, en un ejercicio de suprema razón, cortan el miembro inficionado para liberar al cuerpo social de la gangrena: la vida de antaño corroe el nuevo proyecto civilizatorio. Lo importante: ya no es cuestión de palabras y de filosofía, es razón de Estado.

Un diccionario y un cuerpo de leyes son primos muy cercanos. Ambos, códigos y cánones que rigen el mundo en que vivimos. Uno, el de las palabras y el sentido, acogiendo en sus definiciones lo conocido y comprendido por letrados e iletrados. El otro, imperativo y severo, usando las palabras para ordenar el mundo conocido e influir sobre él mandando, prohibiendo y permitiendo. Así como un término tiene acepciones y cae en desuso, las conductas desaparecen por la fuerza de otros registros. Ley y diccionario cooperan estrechamente. Una elimina la vida del ocio divertido y la libertad que permite vagar por el mundo, vacío de obligaciones, para estigmatizarlo con el rasgo de la indecencia y la incivilidad e instala la sospecha sobre el uso de este tiempo: mal ocupados, malentretenidos, ladrones por cierto, porque si no trabajan, ¿de qué viven? El otro, inscribe en sus registros el nuevo sentido de las palabras. Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas provenienes al uso de la lengua. Año de 1737.(4)

Ociar es divertir a alguno del trabajo en que está empleado, haciéndole se entretetenga en otra cosa que le deleite. Tiene poco uso. ¡Tiene poco uso! Buenaventura, Justo y Gregorio, cuyo oficio era la guitarra, estaban fuera de los usos: deleitando y entreteniendo como siempre, sólo que -ya en 1791, e incluso en un paraje tan marginal a la populosa Madrid de la Real Academia- la gente se acostaba más temprano para salir a trabajar, pero también para cuidarse de las habladurías. No vaya a ser que digan que es gente ociosa...

¿Qué nos dejan como opción? El ocio como diversión u ocupación quieta, especialmente obras de ingenio “porque éstas se toman regularmente por descanso de mayores tareas: y así el Conde de Rebolledo llamó Ocios a sus poesías”. El ocio como premio al deber cumplido, pero aún el deleite del ingenio y la poesía hablan de una historia que no acaba. Acorralados por los estigmas de un siglo ilustrado, los degenerados bohemios artistas y los simples ciudadanos sin ingenio, debemos legitimar nuestras palabras como oficio provechoso. Que no sea que por desterrar el ocio, nos quedemos sin cerebro.
 
     
  ------------------------------------------
1 Archivo Judicial de Petorca. Criminales. Legajo 11, pieza 4. Marzo de 1791.
2 Causa criminal contra Francisco, Vicente y Dionisio Ibarra por ladrones bagamundos. Archivo de la Real Audiencia, vol. 2153, pieza 1ª, Curicó-Lontué, 1764-1765.
3 Dr. Borquez, Fiscal de la Real Audiencia, Santiago, 10 de julio de 1809, vista en la causa de Tomás Espinoza por ladrón y vagante, mal ocupado. Partido del Maule-Santiago, Archivo de la Real Audiencia, vol. 2616, pieza 1ª, 1808-1809.
4 Diccionario de Autoridades, primera edición, de la Real Academia de la Lengua, Tomo V.


subir
 
 
     
Antropólogo Alejandra Araya es Historiadora y Académica de la Universidad de Chile.