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Antropólogo Robert L. Stevenson
 
     
 
La aplicación extrema, ya sea en la escuela o en la universidad, en la iglesia o en el mercado, es un síntoma de vitalidad deficiente; pero una cierta facultad para la holgazanería implica un apetito universal y un fuerte sentido de la identidad personal. Existe una especie de muertos-vivientes, personas fatigadas que apenas son conscientes de vivir excepto en el ejercicio de alguna ocupación convencional. Si llevamos a estas gentes al campo o las subimos a un barco, veremos cómo anhelan su pupitre o su estudio. No sienten curiosidad; no pueden ceder a las provocaciones del azar; no extraen ningún placer del ejercicio de sus facultades por sí mismo; y, si la necesidad no les espolease, permanecerían siempre inmóviles. No es bueno hablar a este tipo de gente: no pueden ser perezosos, su naturaleza no es suficientemente generosa; y pasan, en una especie de coma, las horas que no dedican a moler oro furtivamente.

Cuando no tienen que ir a la oficina, cuando no están hambrientos ni sienten deseos de beber, el mundo entero es un vacío para ellos. Si tienen que esperar una hora para tomar tren, caen en un estúpido trance con los ojos abiertos. Al verlos, uno supondría que no hay nada que mirar ni nadie a quien hablar; se imaginaría que están paralizados o alineados; y, sin embargo, es muy posible que sean grandes trabajadores en su especialidad y que tengan mucha vista para un fallo en una escritura o un cambio en el mercado. Han estado en la escuela y en la universidad, aunque todo el tiempo han tenido la mirada puesta en las medallas; han recorrido el mundo y se han mezclado con personas inteligentes, pero todo el tiempo pensaban en sus propios asuntos. Como si el espíritu humano no fuese ya demasiado limitado para comenzar con él, han estrechado y achicado los suyos con una vida toda de trabajo y sin ningún juego; hasta aquí los tenemos, a los cuarenta, con la atención perdida, la mente vacía de todo tema de diversión y ni un solo pensamiento que contrastar con otro, mientras esperan el tren. Cuando aún llevaba pantalones cortos, debería haber trepado a los pescantes de los coches; cuando tenía veinte años debería haberse fijado en las chicas; pero ahora la pipa está consumida, la caja de rapé vacía y nuestro caballero se sienta muy tieso en un banco, con mirada triste. No me parece a mí que esto sea el Éxito en la Vida.
 
     
 
Los placeres son más beneficiosos que los deberes porque, como la cualidad de compensación, no aparecen bajo presión y son dos veces afortunados
 
     
 

Pero no es él la única persona que sufre por culpa de sus hábitos de trabajo, sino también su esposa e hijos, sus amigos y relaciones, incluso las personas que se sientan con él en un vagón de tren o en un autobús. La devoción perpetua a lo que un hombre llama su profesión sólo puede mantenerse mediante el perpetuo abandono de muchas otras cosas. Y no es cierto en absoluto que el trabajo de un hombre sea la cosa más importante que tiene que hacer. En una estimación imparcial resultará claro que muchos de los más sabios, más virtuosos y más benéficos papeles que se pueden representar en el Teatro de la Vida están desempeñados por actores sin gratificación y pasan en el mundo en general por ser aspectos de la holgazanería (...)

Los placeres son más beneficiosos que los deberes porque, como la cualidad de compensación, no aparecen bajo presión y son dos veces afortunados (...) El otro día un niño descalzo y andrajoso corría por la calle tras unas canicas con un aire tan alegre que transmitía el buen humor a todo el que pasaba; una de esas personas, que se había liberado así de pensamientos más negros de lo usual, paró al chaval y le dio algunas monedas con estas palabras: “Ya ves lo que pasa algunas veces cuando le ven a uno pasarlo bien”. Si antes el chico parecía feliz, ahora tenía un aspecto feliz y desconcertado. Por mi parte, justifico este estímulo a los niños sonrientes mejor que a los llorosos, no deseo pagar por lágrimas en ningún sitio que no sea en un escenario; pero estoy muy dispuesto a entrar en tratos para obtener la ventaja contraria. Es preferible encontrar un hombre o una mujer feliz que un billete de cinco libras. Él o ella es un foco que irradia buena voluntad y a su entrada en una habitación es como si se hubiera encendido otra lámpara. No tenemos que preocuparnos de que puedan demostrar la proposición cuarenta y siete; hacen algo mejor que eso, demuestran prácticamente el gran teorema de la Cualidad de Vivible de la Vida.

Por consiguiente, si una persona no puede ser feliz sin permanecer ociosa, debe permanecer ociosa. Es un precepto revolucionario, pero gracias al hombre y a la Casa de Trabajo no es fácil que se abuse de él; y, dentro de unos límites prácticos, es una de las más incontestables verdades de toda la Moral
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[De Virginibus Puerisque and other papers, 1911]

 
     
 

Claudio Bertoni, 1998


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