Ir a Dibam Ir al Inicio
 


 
 
Antropólogo por Cristián Barros


La moda —especialmente en el vestir— es una transacción entre cierto ánimo de expresión individual y la emulación autoritaria. Desde luego, el segundo elemento ha tenido una continuidad y un desarrollo mayores, toda vez que sólo la sociedad de masas, con la inherente producción en gran escala, ha permitido a los simples mortales acceder a una infinita gama de prendas y accesorios. islámico, o chador, es una prenda de vestir pero según la ley francesa a la vez es un símbolo de reivindicación política. La ropa nos identifica, nos estratifica, nos distingue y también nos separa. Prenda o símbolo. ¿Dónde comienza uno y termina el otro?

 
 

Emular, imitar, calcar un corpus vestimentario —por ejemplo, el de reyes y personajes ilustres— significaría para el imitador, por tanto, cumplir la expectativa de un ascenso social, o en caso de ya tener aquél, claro está, confirmarlo. La miscelánea de equívocos es abrumadora. Vachon nos recuerda que la cojera de Ana de Bretaña, dama principalísima, obligó a las demás señoras a renguear, imponiendo, incidentalmente, un estilo de caminar más bien asimétrico. Pero extravagancias hubo de todo tipo, particularmente en la corte española de los Austrias, materia que analizaremos a continuación.

El húngaro Ráth-Végh (History of human folly, Budapest 1963) explica el auge de la etiqueta cortesana en Europa en función del contacto con Oriente, fenómeno, como es sabido, debido en parte sustancial a las Cruzadas. «Las formalidades de esta adulación [v. gr., el uso de sedas y joyas, los protocolos de rango, las maneras de mesa, etc.] se expandieron del Oriente a Bizancio, siendo llevadas a Occidente por los cruzados. Semejante mistificación de la realeza tenía un dejo asiático que mucho apreciaban los bárbaros dominadores occidentales […] Fue primero ensayada en la corte borgoñona; luego, la heredera de Carlos el Temerario introdujo el ceremonial en la Casa de Habsburgo, y cuando Felipe el Hermoso casó con Juana la Loca, fue entonces [el ceremonial] transplantado a España, donde sería perfeccionado por Carlos V y Felipe II».

Ahora bien, ¿cuáles eran los rigores y delicadezas de la etiqueta española? Para empezar, los monarcas eran intocables. Se cuenta a propósito de ello que, cierta vez, cayendo la reina de su caballo, quienes la salvaron, sofrenándola en el aire, tuvieron que huir inmediatamente por haber transgredido el “veto táctil”. Felipe III sufrió serias quemaduras en su retaguardia, sentado de espaldas a la chimenea, pues el encargado oficial de mover la silla de Su Majestad no se encontraba, y nadie, por ley, podía suplantarlo. (Curiosamente, esta calidad de paria privilegiado, de ser intocable, ha sido examinada por Roger Caillois en el ámbito francés del Ancien Régime, descubriendo que el verdugo gozaba de unos fueros similares a los del rey; análoga paradoja surge en el Japón medieval —recuérdese el ensayo Catherine Millot sobre Mishima— entre los burakumín y el emperador.)

Recapitulemos entonces: la moda española sería la más rígida y la más estimada. Escenificaba un poder que se pretendía absoluto.

Tapadas
Cubrir el cuerpo es dotarlo de sentido: una fórmula a la cual el Barroco echó mano recurrentemente. Atendamos a la iconografía de la época. Tan sólo dos ejemplos. El primero: Los viajes de la emperatriz, obra del flamenco J. van der Baker. ¿Qué vemos? Una cohorte de doncellas blindadas, tapiadas de pies a cabeza con todo el ajuar de rigor: guantes, maniquetes, jubones de untuosos tafetanes, sayas opulentas, faldas y faldellines de colores cálidos, bermejos o escarlatas, y más arriba, sobre la cabeza, la peineta y el mantón, y luego, en torno del cuello, la flamante gorguera, enorme disco de tules fruncidos y almidonados… Pero el cuadro no estaría completo sin el siguiente detalle: la máscara. Pues sí; las mujeres de pro —durante los siglos XVII y XVIII— se embozaban el rostro por móviles estéticos y no precisamente religiosos. De hecho, hubo normas (seculares y eclesiásticas) para restringir la moda de las «tapadas». Moda en absoluto privativa de España, si bien fue en la península donde más habría de arraigar. Y he aquí el segundo ejemplo pictórico: las «tapadas» de Pietro Longhi. En fin; el maestro veneciano plasmaría en sus lienzos unas fugitivas doncellas, igualmente embozadas, cubierto el óvalo facial por un paño de dimensiones perfectas.

Dejemos el resto del párrafo al ensayista Néstor Luján: «La tapada, furtiva, hecha un ovillo, liada con su manto, permitía notables abusos: mujeres que se escapaban de casa y se dedicaban a la galantería anónima, o bien hombres disfrazados de mujer […] La resistencia de las mujeres a no renunciar a su tapado fue extraordinaria y quisiéramos recordar, aunque no hubiera acaecido en España, el motín de las limeñas en el Perú […] una de las rebeliones más gentiles, graciosas y coreográficas que se conozcan […] Efectivamente, un concilio celebrado en Lima en 1583 desterró el tapado. Se resistieron las mujeres a cumplir la prohibición, y en 1606 […] hubo un bravo motín encabezado por las damas más distinguidas de la ciudad, que pagaban multa y seguían tapándose hasta en las solemnes procesiones de Semana Santa». (Anotemos entretanto que la moda imperante durante la Conquista de América era la del Bajo Renacimiento —según ello consta, claramente, en los dibujos del cronista indio Guamán Poma de Ayala; una de sus ilustraciones, en particular, muestra a cierta señora castellana ataviada con un «traje de mangas sobrepuestas», es decir, de cuatro mangas, dos ocupadas por los brazos y dos vacantes, lo que da a la figura un aire extrañamente insectil. También llama la atención —y con esto volvemos al tema principal— la azarosa biografía de una prenda como el «guardainfante», del cual, cosa obvia, nos ocuparemos a renglón seguido.

Guardainfantes
«Un artificio muy hueco hecho con alambres, con cintas que se ceñían las mujeres en la cintura» (según el Diccionario de Autoridades); «encubre-preñadas» y «enjugador perpetuo que está secando la ropa sobre el natural brasero» (Rojas Zorrilla, en Los tres blasones de España); «campana», «pirámide andante», «peonza al revés», «doña embudo con guedejas» (Quevedo); sea como sea, la verdad es que la mencionada prenda hizo historia… Y es que, al igual que Ana de Bretaña y su cojera, el guardainfante tuvo por origen también un defecto, si bien un defecto de índole palaciega. Fue una reina portuguesa que contrita e incómoda por su embarazo mandó, a objeto de mejor disimular, construir un cono rígido, debidamente ornamentado, resta añadir. Por supuesto, los salones españoles fueron receptivos frente a tamaña novedad. La moda fue endémica. Sin embargo, hubo voces disidentes. «Ponerse postizo un defecto ¿puede hacerlo sino quien está sin juicio?», protestaba el moralista Juan de Zabaleta. Y haciéndose eco de la crítica, promediando el anno Domini 1639, pronto el conde-duque de Olivares —la bête noire de Quevedo— habría de pronunciarse: «Manda el rey […] que ninguna mujer […] pueda traer ni traiga guardainfante […] excepto las mujeres que con licencia […] son malas de sus personas y ganan por ello».

Hay que admitir, no obstante, que ninguna de tales prohibiciones prosperó.

subir

 
     
 
Las mujeres de pro —durante los siglos XVII y XVIII— se embozaban el rostro por móviles estéticos y no precisamente religiosos. De hecho, hubo normas (seculares y eclesiásticas) para restringir la moda de las «tapadas».

Historiador Cristián Barros
Escritor