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por Antonio Gil |
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El atavío suele ser lo último que olvidamos de un sueño, dice Thomas R. Frank, el discípulo díscolo y olvidado de Freud. "Es como si, amando la desnudez, la temiéramos, en un raro mecanismo que nos impulsa a olvidar el rostro de las personas pero no el color de sus ropas, ni el drapeado de una pollera o los estampados de un kimono. Quedará todo esto como un torbellino de géneros diversos girando y girando en el agua sucia de la memoria matutina". Quién sabe. No sabemos si esto es de fiar, pero sí estamos seguros de que todo aquello que se vincula al vestido nos causa una impresión profunda y duradera. Es la fuerza arrolladora de la segunda piel, del disfraz, de la apariencia elegida u obligada. Todo lo que nos convierte y convierte a los otros en personajes de ficción y que es, según parece, el único sueño permanente y verdadero que tenemos.
Es por esto quizá que muchas descripciones de ropajes, hechos en la literatura, se instalan tan profundamente en nuestra memoria. En lecturas de las que olvidamos casi todo, la trama, el argumento, el final, restallan sólo aspectos relacionados a prendas o adornos. Detalles, pliegues, puntadas, manchas, miriñaques, frufrús, cintas, humedades, desgarros, lamparones, peladuras, afectaciones y miserias con que escondemos la vulnerable realidad desnuda. ¿Quién no recuerda la vestimenta del Quijote, o el vestido azul de Madame Bovary, o el sombrero de copa del capitán Ahab?
Viejos cronistas viajeros que visitaron Chile durante la Colonia describen a la plaza de armas de Santiago como un gran eriazo, cubierto casi en su totalidad por botas y zapatos viejos de los que los habitantes van a deshacerse allí luego de comprar nuevos en los portales que circundan dicha plaza. Una imagen como de sueño que nos ha acompañado por años. Visten los habitantes pobres de esta ciudad, dicen los mismos viajeros, del modo más grosero, anchos pantalones de sarga atados con cañamazo y cubren sus cabezas con grasientas clochas informes. Van las mujeres ataviadas de ropones oscuros y predominan entre los varones los uniformes de triste factura y las sotanas inmundas. Los niños van descalzos hasta la edad de los trece años y casi desnudos, mientras que sólo de tanto en tanto se divisa un elegante, con levitón de terciopelo de seda, por lo general muy desaseado y olisco al aproximarnos: son los señorones eternos de las ciudades capitales con sus trajes de una austeridad mezquina y avarienta, apunta Raimond de la Chacier, aquel viajero borrachín que, desatinando, desafió a duelo al capitán de dragones de la frontera Manuel Albornoz y Mendoza, recibiendo un tiro en el ojo derecho el 7 de mayo de 1708, lo que detuvo su febril carrera de comentarista de modas, alumbrada con una eterna botella de brandy a modo de quinqué.
Hay otra imagen como de sueño: es la que nos muestra un Chile atacado por epidemias de piojos y de chinches, con adultos descalzos en las esquinas y mujeres despiojando niños a la sombra de los árboles. Van ellas cubiertas por vestidos de amplio ruedo y sobre los hombros dos o tres o cuatro echarpes sobre los cuales los infantes reclinan las infestadas cabezas. No olvidemos nunca que los vagabundos son además de vagabundos roperos, clósets vivientes de sí mismos.
Cómo no transcribir de memoria la escalofriante descripción que nos hace Cormac Mc Carthy de un ataque apache en Meridiano de Sangre, aunque casi todo el argumento del libro se halla perdido: Una legión de horribles, cientos en número, medio desnudos o vestidos en trajes áticos o bíblicos o disfrazados para un sueño de fiebre con las pieles de animales y galas de seda y piezas de uniforme todavía salpicadas con la sangre de sus dueños anteriores, guerreras de dragones vencidos, casacas de caballería con alamares y galones, uno con sombrero de copa y uno con paraguas y uno con medias blancas y un velo de novia con manchas de sangre y algunos con penachos de plumas de garza o cascos de cuero de los que sobresalían cuernos de toro o de búfalo y uno con un frac puesto del revés y por lo demás desnudo y uno con la armadura de un conquistador español, el peto y las hombreras abolladas por viejos lances de mazo y de sable hechos en otro país por hombres cuyos huesos ya eran polvo y muchos con las trenzas empalmadas con el pelo de otras bestias hasta llegar al suelo y las orejas y colas de sus caballos trabajadas con trozos de telas de colores brillantes y uno cuyo caballo tenía la cabeza enteramente pintada de rojo carmín y todas las caras de estos hombres chillonas y grotescas pintarrajeadas como una compañía de payasos montados, la risa de la muerte, ladrando en una lengua bárbara y cabalgando sobre ellos como la horda de un infierno más horrible todavía que el país de azufre del juicio final, ululando y bramando y vestidos en humo como esos seres vaporosos de regiones más allá del sentido donde el ojo se desvía y el labio tiembla y babea. Dios mío, dijo el sargento.
O cómo no recitar en voz alta esta poderosa y magistral descripción del gran escritor boliviano Jaime Saenz en su novela Felipe Delgado: "Ante sus ojos remiendos de todos tamaños y de toda forma; los había de las más variadas telas, pero sin embargo, el color era uno solo. Felipe Delgado vio remiendos tan pequeños como una uña, y tan grandes como una mano; vio remiendos de cuero y de terciopelo, de tocuyo, de franela, de seda y de bayeta, de jerga y de paño, de goma, de diablofuerte, de cotense y de gamuza, de lona y de hule. Vio remiendos de forma circular y cuadrada, triangular y poligonal, algunos espléndidamente trazados, unos feos y otros bonitos, pero todos muy bien cosidos, y, desde luego, con los más diversos materiales: hilo, pita, cordel, cable eléctrico, guato de zapato, alambre o tiritas de cuero... Con una mezcla de temor y de repulsión, miraba por momentos en este conjunto de remiendos un tejido vivo, y se imaginaba que éste debía ser sin duda el aspecto ofrecido por el cuerpo que se pudre en el sepulcro." (Felipe Delgado 143)
El vestirse reviste múltiples sentidos: nos vestimos también de palabras y de citas para ocultar la desnuda condición y engalanar la idea que los otros se harán de nosotros. Nos vestimos de falsos recuerdos para arropar la tristeza de la infancia. Nos vestimos del sueño para bajar a los abismos de nosotros mismos y volver cada mañana a ser los que fuimos.
Ropa y más ropa.
No en vano el vestido es lo último que se olvida de un sueño.
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| Viejos cronistas viajeros que visitaron Chile durante la Colonia describen a la plaza de armas de Santiago como un gran eriazo, cubierto casi en su totalidad por botas y zapatos viejos de los que los habitantes van a deshacerse allí luego de comprar nuevos en los portales que circundan dicha plaza. |
Nos vestimos de palabras y de citas para ocultar la desnuda condición y engalanar la idea que los otros se harán de nosotros. Nos vestimos de falsos recuerdos para arropar la tristeza de la infancia. Nos vestimos del sueño para bajar a los abismos de nosotros mismos y volver cada mañana a ser los que fuimos. |
Antonio Gil
Escritor y Publicista |
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