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  Antropólogo por Juana Díaz  
 


L
a afición de escudriñar los interiores de una prenda de vestir nace con mis primeras experiencias en confección de chaquetas sastre.

La aplicación de entretelas fijadas mediante sucesivas costuras a mano, en ciertas zonas específicas de las piezas de tela -correspondientes principalmente al interior de los delanteros- fueron la pista del descubrimiento.

Mediante el repetido gesto de la costura surgía un paisaje aún más atractivo que la chaqueta ya confeccionada. Todas aquellas prendas que requerían reforzar su estructura para poder cumplir su función, contenían en su interior un trabajo que hablaba mejor que el aspecto visible de cualquier prenda de vestir, sobre el gesto de la costura como oficio.

El aprecio por las distintas etapas de confección requeridas para conseguir la prenda acabada derivó, obviamente, en un intenso interés por desarmar prendas antiguas y complejas.

Devotamente acriminé prendas que en sí mismas podían ser consideradas tesoros, pero que necesariamente cubrían una materia prima mucho más valorable. Aprendí a descubrir, por el peso de las prendas qué tan interesantes podían ser por dentro. Contaba con una considerable cantidad de puzzles de vestuario que, al ser extendidos sobre un plano, constituían el mapa de la prenda disectada Dos han sido los caminos que desde ese momento tomé: El primero fue la realización de nuevas prendas de vestir hechas con diversas selecciones de piezas extraídas de otros trajes. Lo más importante de este ejercicio fue la decisión de no usar jamás una pieza de las extraídas cubriendo la parte del cuerpo para la que originalmente había sido pensada.

Tal objetivo supone sustituir la función de la pieza, trasladarla a una ubicación que evidencia cierta inutilidad, sin que ello reste cobertura al vestuario. Un trabajo que prescindía así del proceso metodológico común en donde debe realizarse un moldaje o mapa del diseño para conseguir su tridimensionalidad final.

El segundo camino apunta a destacar el despiezado, exponiendo sobre una superficie plana las piezas correspondientes a una prenda de vestir, enfatizando el paso que va desde el plano hacia el volumen requerido en el proceso de confección. Aquí la apuesta es la inversión del resultado, evidencia del planteamiento original de la prenda, donde el moldaje como punto de inicio, es el soporte de las piezas expuestas una tras otra.

Ambos ejercicios significan para mí las soluciones de cierta compulsión creativa, cuyo cimiento es la práctica obsesiva de aquellos innumerables gestos implícitos en el arte del corte y confección.

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Más viejo que el hilo negro es no dar puntada sin hilo buscando una aguja en el pajar

 

 

Historiador Juana Díaz
Diseñadora de vestuario