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Antropólogo por Valentina Montero


Si se pudiera realizar un catastro de toda la producción fotográfica realizada en el mundo desde que el invento de Daguerre revolucionó el campo de las imágenes, probablemente nos encontraríamos con que el tema fotográfico más dominante entre las miles de copias en papel o en el entramado binario de los píxeles es, sin lugar a dudas, la pornografía.

 
 
Generalmente se suele hacer comparecer lo erótico y lo pornográfico como si se tratase de antinomias en donde lo pornográfico estaría emparentado con el “mal gusto” y por tanto sujeto al desprecio social e intelectual. Y el adjetivo “erótico”, en cambio hubiera surgido, cual papel celofán para recubrir las obras artísticas (imagen o texto) con contenido sexual, eximiéndolas así de culpa y convirtiéndolas en un producto culto y valorado socialmente. El paso del tiempo y el contexto jugarían como filtro entre estos dos conceptos. Sólo con la distancia que da el calendario es que se ha desdibujado el carácter pornográfico de los frisos Kajuraho en la India, o la alfarería Moche, por ejemplo. Mientras el contexto (una galería de arte) ha convertido a algunas fotografías de Maplethorpe en eróticas, haciendo que pensadores como Barthes, la sitúen en el plano de lo erótico, aduciendo que en los primeros planos de sexo explícito, el punctum estaría desplazado en la textura y no así en el motivo.

Más que establecer un límite entre lo erótico y lo pornográfico, me inclino por incluir a la pornografía como otro artificio más dentro del universo de producción simbólica generado a partir de la sexualidad, cuyo origen etiológico pareciera ser sólo la reproducción de la especie, pero cuyas aristas y expresiones parecieran infinitas.

Etimológicamente, “pornografía” significa “escritura de la prostituta”, pero con los siglos la palabra designó de manera imprecisa a toda expresión que pretendiera despertar deseos sexuales. Se suele considerar a la pornografía como un terreno en donde sólo se mueven las peores y más vergonzosas patologías de una sociedad enferma. Sin embargo, por oscuro que parezca este territorio, la gran cantidad de producción de imágenes con contenido sexual -desde las pinturas de un hombre pájaro con el sexo erecto en las cuevas de Lascaux, pasando por los frescos pompeyanos (considerados “patrimonio de la humanidad”), hasta la explosión de imágenes lascivas en la web- nos dejan ver que es una realidad innegable y que se impone a las represiones o valoraciones morales e históricas.

La fotografía, instrumento diabólico
Con el nacimiento de la fotografía, la representación de la sexualidad entró en crisis. Ya no se trataba simplemente de la subjetividad de un pintor plasmando en una superficie imágenes “indecentes”. La cualidad indicial de toda fotografía da fe de que lo que está ahí representado, efectivamente fue. La imagen fotográfica como huella era la particularidad que la condenaría, pero también la que en su momento la salvó de ser excomulgada por la iglesia.

Treinta años duró el juicio seguido por el Vaticano hasta que este nuevo artilugio fuera absuelto de la acusación de “instrumento diabólico” esgrimido por la iglesia en 1842. El principal argumento a su favor, fue que la nueva invención catapultaría como “episodio creíble” el que la imagen de Cristo hubiera quedado plasmada en el llamado “Manto Sagrado” o de Turín. Así, Santa Verónica llegaría a ser la patrona de los fotógrafos y del invento mismo. Cualquier “mal uso” de la fotografía sería considerado de responsabilidad individual. Y tales responsabilidades caerían pronto sobre varios.

Sólo entre 1840 y 1860 se registran más de cinco mil daguerrotipos de carácter erótico, y ya en 1845 se pueden encontrar calotipos (negativos de papel predecesor de la fotografía) que dejan poco lugar a la imaginación.

En Paris el año 1861, una publicación periódica llamada El Monitor de la Fotografía, denunciaba como creciente “un vergonzoso tráfico al cual se dedican hace varios años, ciertos individuos que deshonran el arte que nosotros queremos ver ennoblecerse”. Se trataba de colecciones de material pornográfico de alto calibre, que circulaban de preferencia entre las clases más altas. Paralelamente, la fotografía pornográfica era utilizada como ácida herramienta política de sátira y provocación. En Italia, el matrimonio compuesto por Antonio Diotallevi y Constanza Vaccari realizaba los primeros porno-montajes, divulgando incendiarias láminas que representaban a la reina Sofía y su esposo en complicadas posiciones sexuales. Misma suerte correrían el Papa y Garibaldi, entre otros.

 

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Historiador Valentina Montero. Periodista y Licenciada en Estética