Generalmente
se suele hacer comparecer lo erótico y lo pornográfico
como si se tratase de antinomias en donde lo pornográfico
estaría emparentado con el “mal gusto” y
por tanto sujeto al desprecio social e intelectual. Y el
adjetivo “erótico”, en cambio hubiera
surgido, cual papel celofán para recubrir las obras
artísticas (imagen o texto) con contenido sexual,
eximiéndolas así de culpa y convirtiéndolas
en un producto culto y valorado socialmente. El paso del
tiempo y el contexto jugarían como filtro entre
estos dos conceptos. Sólo con la distancia que da
el calendario es que se ha desdibujado el carácter
pornográfico de los frisos Kajuraho en la India,
o la alfarería Moche, por ejemplo. Mientras el contexto
(una galería de arte) ha convertido a algunas fotografías
de Maplethorpe en eróticas, haciendo que pensadores
como Barthes, la sitúen en el plano de lo erótico,
aduciendo que en los primeros planos de sexo explícito,
el punctum estaría desplazado en la textura y no
así en el motivo.
Más que establecer un límite entre lo erótico
y lo pornográfico, me inclino por incluir a la pornografía
como otro artificio más dentro del universo de producción
simbólica generado a partir de la sexualidad, cuyo
origen etiológico pareciera ser sólo la reproducción
de la especie, pero cuyas aristas y expresiones parecieran
infinitas.
Etimológicamente, “pornografía” significa “escritura
de la prostituta”, pero con los siglos la palabra designó de
manera imprecisa a toda expresión que pretendiera
despertar deseos sexuales. Se suele considerar a la pornografía
como un terreno en donde sólo se mueven las peores
y más vergonzosas patologías de una sociedad
enferma. Sin embargo, por oscuro que parezca este territorio,
la gran cantidad de producción de imágenes
con contenido sexual -desde las pinturas de un hombre pájaro
con el sexo erecto en las cuevas de Lascaux, pasando por
los frescos pompeyanos (considerados “patrimonio de
la humanidad”), hasta la explosión de imágenes
lascivas en la web- nos dejan ver que es una realidad innegable
y que se impone a las represiones o valoraciones morales
e históricas.
La fotografía, instrumento diabólico
Con el nacimiento de la fotografía, la representación
de la sexualidad entró en crisis. Ya no se trataba
simplemente de la subjetividad de un pintor plasmando en
una superficie imágenes “indecentes”.
La cualidad indicial de toda fotografía da fe de que
lo que está ahí representado, efectivamente
fue. La imagen fotográfica como huella era la particularidad
que la condenaría, pero también la que en su
momento la salvó de ser excomulgada por la iglesia.
Treinta años duró el juicio seguido por el
Vaticano hasta que este nuevo artilugio fuera absuelto de
la acusación de “instrumento diabólico” esgrimido
por la iglesia en 1842. El principal argumento a su favor,
fue que la nueva invención catapultaría como “episodio
creíble” el que la imagen de Cristo hubiera
quedado plasmada en el llamado “Manto Sagrado” o
de Turín. Así, Santa Verónica llegaría
a ser la patrona de los fotógrafos y del invento mismo.
Cualquier “mal uso” de la fotografía sería
considerado de responsabilidad individual. Y tales responsabilidades
caerían pronto sobre varios.
Sólo entre 1840 y 1860 se registran más de
cinco mil daguerrotipos de carácter erótico,
y ya en 1845 se pueden encontrar calotipos (negativos de
papel predecesor de la fotografía) que dejan poco
lugar a la imaginación.
En Paris el año 1861, una publicación periódica
llamada El Monitor de la Fotografía, denunciaba como
creciente “un vergonzoso tráfico al cual se
dedican hace varios años, ciertos individuos que deshonran
el arte que nosotros queremos ver ennoblecerse”. Se
trataba de colecciones de material pornográfico de
alto calibre, que circulaban de preferencia entre las clases
más altas. Paralelamente, la fotografía pornográfica
era utilizada como ácida herramienta política
de sátira y provocación. En Italia, el matrimonio
compuesto por Antonio Diotallevi y Constanza Vaccari realizaba
los primeros porno-montajes, divulgando incendiarias láminas
que representaban a la reina Sofía y su esposo en
complicadas posiciones sexuales. Misma suerte correrían
el Papa y Garibaldi, entre otros.
subir