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  LA CÁMARA LÚBRICA...  
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El nivel y volumen de producción pornográfica en la red crea un nuevo espacio en donde el terreno del deseo unívoco (sexual-hedonista) es desplazado por un imaginario simbólico propio y por sus estrategias de duplicabilidad y mutación que se han indiferenciado con la lógica del mercado. Las tácticas de seducción que presenta lo pornográfico, más tienen que ver con las señas y trazos de una estética publicitaria funcional, cuyo fin es ser engranaje en la maquinaria económica dentro de una cadena de producción dada. Con recursos retóricos como la hipérbole, la sinécdoque, o la metonimia se ofrece una construcción y escenificación de los cuerpos que no dista mucho de la venta de una hamburguesa.

El súper voyeur
Pero como la lógica del mercado es dinámica y poliforme, (el producto siempre inscribe su fecha de caducidad) la fotografía pornográfica como producto económico requiere de la variedad en la oferta. Ante la saturación de imágenes de caucásicas bisturizadas y latinos “superdotados” a los que nos tenían acostumbrados Play Boy o Pent house, en la red es donde se ha explotado la aparición de una gama mucho más extensa de escenificaciones de lo erótico o pornográfico, que van desde el “amateur” al “hard-core”. Pero este fenómeno no se da sólo con el fin de ofrecer un abanico de posibilidades acorde a un público diverso, sino además (y quizás principalmente) con el propósito de poner en vitrina una nueva estrategia de seducción que ya no sólo tiene que ver con la satisfacción mediada del deseo, sino con ofrecer al consumidor la posibilidad de convertirse en algo más de lo que su humanidad le permite, esto es, en ser el super-voyeur, aquel que puede verlo todo.

Como super voyeur, el sujeto se desplaza de la artificiosa frontera que la pornografía le entregaría, excediendo la mera satisfacción del sustituto virtual que le facilita el acceder a bajo costo a una experiencia sensible mediante una imagen, hacia un espacio-tiempo donde le sería permitido simular un estado de ubicuidad, en donde ningún detalle se escapa a su mirada, y donde el erotismo inherente de un acto sexual es superado por una visión casi clínica de la genitalidad de los personajes de la fotografía –zoom mediante-.

Este super voyeur no sólo estaría favorecido con un ojo ortopédico capaz y obligado a llegar a la insospechada microbiología de los cuerpos, sino además se constituirá como un ojo omnisciente capaz de recorrer una cartografía de conductas y prácticas, también insospechadas y que se perfilan inagotables.

Así, el objeto de la pornografía se vuelve menos la pornografía misma que la lógica y procedimientos de consumo visual que ella misma produce. Como en los hebreos o chinos, todo se convierte en una categoría, desmenuzada en rubros y géneros.

Si entendemos la pornografía como aquello carente de misterio, donde lo obsceno se hace sinónimo de transparencia y obviedad (frente a lo sinuoso del erotismo) la codificación y la hipersegmentación de la oferta de imágenes sexuales surgiría como una consecuencia natural, dado que clasificar es acotar el mundo, exponerlo y describirlo en el tablero de disecciones que la racionalidad auspicia.

De este modo y paradójicamente, lo que pudiera parecer un desborde de “lo animal” que conlleva o padece el ser humano, termina siendo contenido por la horizontalidad de la oferta, dejando lugar a que los límites más turbios de tales expresiones (snuff, pedofilia, zoofilia, etc) queden prácticamente anestesiados al convertirse en sólo un rubro más dentro de decenas de posibilidades. El mercado lo aguanta todo.

El catálogo imaginario de lo pornográfico disponible en la red ( adolescentes, mayores de 40, bizarro, interracial, bestialismo, lesbianismo, , cumshots, famosos, amateur, anal, blowjob, facial, orgía, masturbacion, etc., etc.) ya no se hace útil sólo en la medida que satisface las necesidades (patológicas o no) específicas de los consumidores objetivos, sino que se hace particularmente eficaz como elemento de seducción en la medida que permite a cualquiera acceder a todo lo que sea posible ser visto. Por lo menos el tiempo que dure la conexión en la red.

 


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Paradójicamente fue gracias a la criminalística que un gran número de fotografías pornográficas en formato tradicional fueron conservadas y es posible conocerlas el día de hoy.
Historiador Valentina Montero. Periodista y Licenciada en Estética