Gastaría
sólo quedarse quieto, estático, ausente por
unas cuantas horas en la Plaza de Armas para reconocer
cuerpos, guiños, tráficos y negocios más
materiales que simbólicos en nuestro mapa urbano.
Cierto erotismo anda rondando en la ciudad, erotismo que
se liga a una rizomática pulsión de deseo. ¿Qué lugares
de la ciudad erotizan? O mejor dicho ¿qué sujetos
o qué individualidades buscan escanearse en la esquina
erótica de una noche santiaguina? Los flujos son
muchos y a cualquier hora, la ciudad no sólo convive
con sus noctámbulos predilectos, sino que asoma
pulsiones durante el día.
En los cines pornos la película es un telón
de fondo de un guión más osado, más
cinérgico y calentón. Quizá las políticas
sexuales del cuerpo en la ciudad incorporan nuevas tecnologías
que obligan a productivizar los encuentros. Internet comparece
como una nueva tecnología que intenta expulsar corporalidades
y crear una comunidad orgásmica donde el imaginario
transado es lo que importa (la idea del otro como producción
de intercambio), pero la tensión de las tecnologías
nunca supera el propio callejeo urbano de un cuerpo. Hay
zonas de la ciudad que operan como una privatización
o comercialización del deseo que ha estado siempre
circulando. La disco gay es una maquinaria de administración
nocturna que ordena a los sujetos en un espacio de normalización
que gays y lesbianas no poseen diariamente. Antes del boom
de las discos, ¿dónde estaban esos cuerpos? ¿Dónde
se constituían los andamiajes del espacio erotizado
urbano?
Las huellas del deseo: parques públicos, baños,
puentes y un poco de diseño urbano
Pareciera que estamos ante la presencia cada vez mayor
de un diseño urbano que rompe con los antiguos flujos
de los cuerpos. Cuando hablo de cuerpos, me refiero al
cuerpo minoritario homosexual, al cuerpo bisexual, al cuerpo
descentrado del poder y de su productividad normalizadora.
El cuerpo heterosexual es como Dios, se dice que está y
habita en todas partes, por lo mismo no necesita dinámicas
específicas, pues es la hegemonía, y su materialidad
y discursos se reflejan a cada instante. Incluso su erotismo
intenta controlar los otros microerotismos que circulan
en la ciudad.
La Plaza de Armas poseía un baño público
histórico, clausurado al construirse el Metro, pero
que según planos y algunos datos de arquitectos
amigos, seguiría intacto como una gran bomba al
vacío; como si al clausurarlo, la multiplicidad
de tocaciones, fluidos y gemidos que alguna vez transitaron
por ahí hubiesen quedado aprisionados en ese espacio.
En la mayoría de las grandes metrópolis del
mundo existen baños públicos. En Santiago
fueron extinguidos como una plaga. Sólo los nuevos
espacios del Mall disponen de baños donde el ligue
corporal a veces aflora, pero con la dinámica propia
de una vigilancia extrema. En la historia de los espacios
públicos el baño siempre ocupó una
categoría privilegiada como espacio de discusión
de la política. El baño romano es un buen
ejemplo. La eliminación de los espacios que las
minorías re-significan es parte de una política
de higiene que involucra la anulación y el nuevo
alineamiento moral y sexual de la nación. Incluso,
uno podría reconocer que el enrejamiento excesivo
del cerro Santa Lucía se debió principalmente
a las inaceptables danzas nocturnas de sus asiduos visitantes.
Enrejamiento que viene acompañado de un sistema
de vigilancia propio de un totalitarismo espacial.
El espacio urbano ha sido objeto de cierto desmalezamiento
de los cuerpos que importan para el control sexual. Muchos
de los espacios habitualmente desterritorializados por
los grupos minoritarios se vuelven focos de vigilancia
que anulan su circulación. Incluso, se ha llegado
a cambiar el paisaje de la vegetación para impedir
que los arbustos sean utilizados como pequeños separadores
de ambientes para uno, dos o varios visitantes.
El antropólogo y escritor argentino Néstor
Perlongher, en su estudio de etnografía urbana Prostitución
masculina, diseña el mapa urbano de la prostitución
masculina en Sao Paulo, señalando una extensa taxonomía
de sujetos a la deriva sexual: (locas, machos, gays, maricas-macho,
etc.), inscripciones identitarias armadas sobre la base
de estilos, prácticas sexuales, sistema sexo-género,
imaginarios que estarían diseñando diseminaciones
sexuales o eróticas en la ciudad. En esa perspectiva,
Santiago es un gran cuarto oscuro, espacio utilizado en
las discos gays para el sexo anónimo y que en tiempos
post-sida siguen teniendo un enorme éxito. Cuarto
oscuro metaforizado que sería ocupado en determinadas
esquinas, barrios, puentes y paseos en parques. El anonimato
que brinda el callejeo diario estaría re-significando
los tránsitos en la ciudad. A propósito de
ese tránsito, Walter Benjamin ya lo había
dicho en relación con el flaneur, aquel que se desplaza
en medio de la multitud y que se singulariza en la medida
que se ve solitario y arrastrado en un mar sin rostro.
Relación interesante, pues el callejeo tiene ese
sabor que permite enajenarse en ciertas tecnologías
normalizadoras de los sujetos (familia, sistema educacional,
cortejo amoroso, etc.) y que permite fluir en el pasaje
de las propias pulsiones. El callejeo amoroso es un género
urbano de reconocimiento de lenguajes particulares, de
entendidos, de coa o meta-lenguaje sexual de expertos,
de relación de cazado y cazador. En ese sentido,
los dispositivos del poder diseñados para desviar
esos flujos consideran las maquinarias
del mercado sexual institucionalizado en el voyerismo propio
de los cafés con piernas, transacción de
un cuerpo expuesto y otro que paga. ¿Si no hubiesen
cafés con piernas en Santiago, dónde se acomodaría
ese mercado del voyerismo urbano? Sin duda que todo explota
en la ciudad, aunque la disciplina municipal disponga algunas
rejas para persuadirnos a cruzar dos cuadras más
allá.
El Último carro del Metro
Sexo y erotismo en la ciudad forman parte de una ecuación
vivida como andamiaje de cuerpos y discursos operando frenéticamente
en la contención. Sexo que privilegia el fluido
erótico, dejando huellas erráticas que seducen
y confunden. La experiencia de un grupo de lesbianas de
Barcelona, que se reúnen una vez al mes en el último
carro del Metro, se vuelve una metáfora espectacular
de los cuerpos convocados desde el desciframiento de códigos
y miradas. En Santiago, el transporte público conjuga
la fauna diaria con el deseo camuflado de sus usuarios,
erotismo que funciona como espectralidad de una carencia
y como un mercado común de sus imaginarios. Jean
Genet prefería los baños y los confesionarios,
Joe Orton los parques y las calles, y más de algún
escritor criollo recorrió cines viejos y decadentes
en busca de sus propios textos corporales, como la materia
santa de un juglar citadino.
El devenir homosexual urbano configura una de las estrategias
más sofisticadas de reconocimiento entre lo secreto
y lo público, simulación que incorpora un
mapeo de sujetos en la propia ciudad, incluso hay lugares
masculinizados, esquinas que huelen a loca, callejones
sexuales funcionando como un gran cuarto oscuro, donde
el sujeto deja su singularidad y se constituye como uno
más de un cuerpo sexual sin fronteras. El tráfico
de miradas es una gimnasia provista de instantes: el levante,
el contacto inicial, las políticas de una pose que
pavonea su ropaje. Hay esquinas céntricas donde
las masculinidades minoritarias camuflan tanto su devenir
que la aparente calma remaquilla el paradero, un café,
un museo, una librería, y se vuelven espacios sobreerotizados
por dicha latencia. La idea es el desborde, no de una carencia,
sino de una plusvalía erótica que organiza
un caminar.
La novela El Río, de Gómez Morel, narra
el tráfico urbano de cierta cartografía del
río Mapocho, espacio distractor de las disciplinas
del orden social y dispositivo que disemina un cuerpo mayor
que cruza la ciudad. Lumpen y erotismo rediseñando
un brazo abyecto que ejecuta un fist-fucking bajo puentes
y desechos. Marginalidades que conviven con otros discursos
sexuales y sociales en una maquinaria diaria que los oblitera,
sin visibilizarlos.
El nuevo libertino de la ciudad es un nuevo depredador
cotidiano, voyerista que privatiza el espacio público
y manipulador de una oralidad extraña, ajena.
Cuando todos los cuerpos van, el depredador vuelve. Entonces,
sólo los cuerpos importan, cuerpos que productivizan
un imaginario transado en la plaza pública como
el mayor capital de intercambio. Podríamos agregar,
finalmente, que asistimos a una insospechada destrucción
del espacio privado que evidencia las huellas de una
batalla más grande. Lo público resignifica
nuestras vidas en la medida que ya nada es privado. La
ciudad nos devuelve aquello que privatizó la hegemonía
cultural en nuestros dormitorios.
subir