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Antropólogo por Diamela Eltit


El cuerpo puede ser entendido como zona privilegiada sobre la que se ensayan discursos sociales. Puede ser comprendido como un territorio móvil atravesado por diversas y complejas economías que lo diseñan y lo modelan. Así una perspectiva analítica en la que se entrelazaran política y cultura resultaría productiva para examinar los sucesos sexuales que han recorrido el 2003 en Chile.

 
 
Sin duda el llamado “caso Spiniak”, (conservando, desde luego, cada una de sus diferencias) adquiere resonancias con aquellas prácticas que pormenorizadamente hubo de escenificar el Marqués de Sade en el siglo XVIII. Prácticas en las que podían verificarse las relaciones entre poderes centrales y sexualidad.

La orgía, organizada literariamente por Sade, excedía la mera descarga sexual para erigirse como un territorio transitado por los poderes hegemónicos que probaban, precisamente, la dimensión de su poder (el poder del poder) en los sujetos sociales debilitados a los que dominaban y arrasaban sexualmente.

La obra de Sade convocó hasta el espacio de la orgía a los representantes de los que hoy se podrían denominar como “poderes fácticos”, es decir a integrantes de las instituciones claves para el funcionamiento social. De manera espectacular y transgresora, el autor francés quiso poner en evidencia cómo en el interior de las instituciones encargadas de velar por la dignidad ética y física de los ciudadanos, yacía, precisamente su reverso: prácticas aniquiladoras cursadas fundamentalmente desde la sexualidad.

Así, el cuerpo en la obra de Sade fue la superficie más agudamente explorada para dar cuenta de una política destructiva alojada en las instituciones. Esta cruel paradoja literaria, protagonizada por destacados personajes que en su conjunto orgiástico portaban el poder del dinero, el poder político, eclesiástico, jurídico, militar, desencadenó una prolongada y consistente censura en torno al Marqués de Sade, al convertir su trabajo literario en una “obra imposible” o bien en una “obra maldita”. Hay que señalar que sólo en el siglo XX sus textos pudieron ser publicados en su totalidad.

Sade develó el carácter ritual de la orgía. En tanto transgresión no era el desorden lo que la estructuraba sino, al revés, la orgía requería de un orden maníaco, sostenido en la repetición, un rito empecinado en sistematizar la profanación para establecer así nuevos órdenes que se iban a inscribir desde la una radical degradación.

Pero lo que Sade ponía de manifiesto era que la orgía buscaba instalar un orden paralelo. Un orden simultáneo que portaba la crueldad y la humillación corporal que el ritual proclamaba para sí, puesto que era ejercido por los sujetos encargados de cautelar el orden oficial y combatir las mismas transgresiones en las que esa oficialidad incurría.

El poder, entonces, alcanzó en Sade una dimensión infinitamente más compleja y más política que una simple operación binaria de control de los más fuertes sobre los más débiles. La dominación y, en muchos casos la cooptación de sujetos más débiles (cuyo poder radicaba únicamente en sus propios cuerpos), era sólo uno de los escenarios que Sade advirtió.

Porque en realidad la sexualidad funcionaba sólo como una instancia intermediadora de los poderes centrales que se probaban a sí mismos, a través del violento ejercicio de la sexualidad sobre los débiles, para así excederse y reafirmarse como suprapoderes.

En último término, la verdadera transgresión radicaba en traspasar y profanar el límite del poder adquirido para, de esa manera, proyectarlo como una totalidad inextricable.

El llamado “caso Spiniak” pertenece sin duda a esa esfera. A la esfera del poder. Allí los cuerpos populares de niños y adolescentes operan sólo como un simple material para probar cuál es el grado de poder del poder de los protagonistas implicados. El escándalo institucional (familiar, empresarial, político, eclesiástico, jurídico, militar) y la incerteza en torno a la resolución que va a tener este “caso”, forma parte de un mismo escenario que se debate ya sea por mantener el límite del poder o bien permitir su ampliación infinita y omnipotente.

Sade en su obra literaria, apuntó a un “poder sin límite” radicado en las instituciones. Un poder que iba a reaparecer orgánica y políticamente en los regímenes totalitarios del siglo XX que hicieron del cuerpo su sede más encarnizada.

Pero también habría que pensar cómo y en cuánto el capitalismo salvaje y su ideología relativista porta, paradójicamente, una arista totalitaria que se deja caer sobre el cuerpo para subyugarlo y aniquilarlo en tanto construcción crítica y reflexiva. Se podría pensar cómo el capital organiza una impresionante jerarquización hasta constituir, en sus zonas más marginales lo que se podría denominar como “cuerpos desechables”. Y, siguiendo la línea de pensamiento del filósofo italiano Giorgio Agamben, se podría hablar incluso de “vidas desechables”.

Julia Toro

Resulta pertinente, en este punto citar la novela El Río de Alfredo Gómez Morel que fuera publicada en los años 60 en Chile, porque allí, precisamente, está inscrita la huella escritural del “testigo-niño”, protagonista del desamparo y la exclusión que expone sus estrategias de supervivencia. Se trata posiblemente de la única producción en que autor y lugar de la enunciación literaria emanan de un espacio ultra marginal.

Alfredo Gómez Morel, en tanto habitante del río Mapocho, antigua “caleta” de niños vagabundos, formula literariamente esta experiencia. Señala conceptualmente, entre otras cosas que, una vez que las instituciones primeras, las más relevantes en las que se forma el sujeto han fracasado porque han subvertido sus funciones y se han transformado en espacios de mera violencia, se desencadena el ilegalismo.

Entonces esa zona ilegal es transitada en primer término por las propias instituciones (familiares, educacionales) que a su vez las inoculan en los cuerpos infantiles a los cuales sólo les cabe refugiarse en el espacio abiertamente ilegal para obtener su sobrevivencia. Porque, en este punto, no hay que olvidar el aporte de Michel Foucault cuando afirmó que las relaciones de poder se reproducen de manera vertical, como también que el poder circula por todas las esferas.

La zona de poder de estos sujetos infantiles vagabundos radica en su propio cuerpo que deben transar sexualmente de manera fría, sistemática y sostenida. Entonces, carne y violencia son los únicos capitales con el que cuentan estos niños alojados en la ribera del río Mapocho. Así, Alfredo Gómez Morel va construyendo en su libro un camino prácticamente sin retorno hacia un ilegalismo cada vez más pronunciado. Cuerpos que, más allá del goce infractor que los recorre, están dispuestos socialmente para ser consumidos y para los cuales sólo cabe consumarse en tanto consumo.

En una ribera está entonces el llamado “caso Spiniak 2003” y relegado debajo del puente, El Río, que fuera publicado hace cuarenta años. Un libro en el cual el niño-testigo ya había escrito este presente y con seguridad también escribió lo que la escritora mexicana Elena Garro tituló como: “recuerdos del porvenir”.

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La obra de Sade convocó hasta el espacio de la orgía a los representantes de los que hoy se podrían denominar como “poderes fácticos”, es decir a integrantes de las instituciones claves para el funcionamiento social.
 
“Los que provienen del cauce tienen un destino singular. Saben que un pelusa de alcurnia jamás olvida cómo llegaron al río y qué les sucedió al ser traídos. Buscan la ‘redención’, a través de los actos de violencia ostentosa, y con el tiempo derivan en asesinos. Sin embargo, jamás vi que ninguno matara a su violador. Les vi rindiéndoles servidumbre. Tampoco vi que un hueco proveniente del cauce fuese aceptado por el círculo ‘aristocrático’ del hampa. Puede llegar a convertirse en ladrón, más no por eso se le considera delincuente, ‘choro’”.
(Pags. 198-199)

“La tragedia del niño está en que sufre, siente, aprecia lo que sucede, pero no sabe ni puede expresarlo. Y el dolor del espíritu, si no es identificado, expuesto y sentido con claridad, tiene poca diferencia con un dolor de muelas”.
(Pg. 216)

El río
Alfredo Gómez Morel
Talleres Arancibia Hermanos
Santiago de Chile, 1962.

Historiador Diamela Eltit. Escritora