Sin duda el llamado “caso
Spiniak”, (conservando, desde luego, cada una de sus
diferencias) adquiere resonancias con aquellas prácticas
que pormenorizadamente hubo de escenificar el Marqués
de Sade en el siglo XVIII. Prácticas en las que podían
verificarse las relaciones entre poderes centrales y sexualidad.
La orgía, organizada literariamente por Sade, excedía
la mera descarga sexual para erigirse como un territorio
transitado por los poderes hegemónicos que probaban,
precisamente, la dimensión de su poder (el poder
del poder) en los sujetos sociales debilitados a los que
dominaban y arrasaban sexualmente.
La obra de Sade convocó hasta el espacio de la orgía
a los representantes de los que hoy se podrían denominar
como “poderes fácticos”, es decir a
integrantes de las instituciones claves para el funcionamiento
social. De manera espectacular y transgresora, el autor
francés quiso poner en evidencia cómo en
el interior de las instituciones encargadas de velar por
la dignidad ética y física de los ciudadanos,
yacía, precisamente su reverso: prácticas
aniquiladoras cursadas fundamentalmente desde la sexualidad.
Así, el cuerpo en la obra de Sade fue la superficie
más agudamente explorada para dar cuenta de una
política destructiva alojada en las instituciones.
Esta cruel paradoja literaria, protagonizada por destacados
personajes que en su conjunto orgiástico portaban
el poder del dinero, el poder político, eclesiástico,
jurídico, militar, desencadenó una prolongada
y consistente censura en torno al Marqués de Sade,
al convertir su trabajo literario en una “obra imposible” o
bien en una “obra maldita”. Hay que señalar
que sólo en el siglo XX sus textos pudieron ser
publicados en su totalidad.
Sade develó el carácter ritual de la orgía.
En tanto transgresión no era el desorden lo que
la estructuraba sino, al revés, la orgía
requería de un orden maníaco, sostenido
en la repetición, un rito empecinado en sistematizar
la profanación para establecer así nuevos órdenes
que se iban a inscribir desde la una radical degradación.
Pero lo que Sade ponía de manifiesto era que
la orgía buscaba instalar un orden paralelo. Un
orden simultáneo que portaba la crueldad y la
humillación corporal que el ritual proclamaba
para sí, puesto que era ejercido por los sujetos
encargados de cautelar el orden oficial y combatir las
mismas transgresiones en las que esa oficialidad incurría.
El poder, entonces, alcanzó en Sade una dimensión
infinitamente más compleja y más política
que una simple operación binaria de control de
los más fuertes sobre los más débiles.
La dominación y, en muchos casos la cooptación
de sujetos más débiles (cuyo poder radicaba únicamente
en sus propios cuerpos), era sólo uno de los escenarios
que Sade advirtió.
Porque en realidad la sexualidad funcionaba sólo
como una instancia intermediadora de los poderes centrales
que se probaban a sí mismos, a través del
violento ejercicio de la sexualidad sobre los débiles,
para así excederse y reafirmarse como suprapoderes.
En último término, la verdadera transgresión
radicaba en traspasar y profanar el límite del
poder adquirido para, de esa manera, proyectarlo como
una totalidad inextricable.
El llamado “caso Spiniak” pertenece sin
duda a esa esfera. A la esfera del poder. Allí los
cuerpos populares de niños y adolescentes operan
sólo como un simple material para probar cuál
es el grado de poder del poder de los protagonistas implicados.
El escándalo institucional (familiar, empresarial,
político, eclesiástico, jurídico,
militar) y la incerteza en torno a la resolución
que va a tener este “caso”, forma parte de
un mismo escenario que se debate ya sea por mantener
el límite del poder o bien permitir su ampliación
infinita y omnipotente.
Sade en su obra literaria, apuntó a un “poder
sin límite” radicado en las instituciones.
Un poder que iba a reaparecer orgánica y políticamente
en los regímenes totalitarios del siglo XX que
hicieron del cuerpo su sede más encarnizada.
Pero también habría que pensar cómo
y en cuánto el capitalismo salvaje y su ideología
relativista porta, paradójicamente, una arista
totalitaria que se deja caer sobre el cuerpo para subyugarlo
y aniquilarlo en tanto construcción crítica
y reflexiva. Se podría pensar cómo el capital
organiza una impresionante jerarquización hasta
constituir, en sus zonas más marginales lo que
se podría denominar como “cuerpos desechables”.
Y, siguiendo la línea de pensamiento del filósofo
italiano Giorgio Agamben, se podría hablar incluso
de “vidas desechables”.

Julia
Toro
Resulta pertinente, en este punto citar la novela El
Río de Alfredo Gómez Morel que fuera publicada
en los años 60 en Chile, porque allí, precisamente,
está inscrita la huella escritural del “testigo-niño”,
protagonista del desamparo y la exclusión que
expone sus estrategias de supervivencia. Se trata posiblemente
de la única producción en que autor y lugar
de la enunciación literaria emanan de un espacio
ultra marginal.
Alfredo Gómez Morel, en tanto habitante del río
Mapocho, antigua “caleta” de niños
vagabundos, formula literariamente esta experiencia.
Señala conceptualmente, entre otras cosas que,
una vez que las instituciones primeras, las más
relevantes en las que se forma el sujeto han fracasado
porque han subvertido sus funciones y se han transformado
en espacios de mera violencia, se desencadena el ilegalismo.
Entonces esa zona ilegal es transitada en primer término
por las propias instituciones (familiares, educacionales)
que a su vez las inoculan en los cuerpos infantiles a
los cuales sólo les cabe refugiarse en el espacio
abiertamente ilegal para obtener su sobrevivencia. Porque,
en este punto, no hay que olvidar el aporte de Michel
Foucault cuando afirmó que las relaciones de poder
se reproducen de manera vertical, como también
que el poder circula por todas las esferas.
La zona de poder de estos sujetos infantiles vagabundos
radica en su propio cuerpo que deben transar sexualmente
de manera fría, sistemática y sostenida.
Entonces, carne y violencia son los únicos capitales
con el que cuentan estos niños alojados en la
ribera del río Mapocho. Así, Alfredo Gómez
Morel va construyendo en su libro un camino prácticamente
sin retorno hacia un ilegalismo cada vez más pronunciado.
Cuerpos que, más allá del goce infractor
que los recorre, están dispuestos socialmente
para ser consumidos y para los cuales sólo cabe
consumarse en tanto consumo.
En una ribera está entonces el llamado “caso
Spiniak 2003” y relegado debajo del puente, El
Río, que fuera publicado hace cuarenta años.
Un libro en el cual el niño-testigo ya había
escrito este presente y con seguridad también
escribió lo que la escritora mexicana Elena Garro
tituló como: “recuerdos del porvenir”.
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