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Antropólogo por Rodomiro Spotorno

 

 
 
Desde que fue publicada la segunda edición del Glosario Chileno del Amor, hace casi diez años, he perseverado en mi preocupación por desentrañar ciertas cuestiones relativas a las palabras malsonantes y a nuestra particular manera, como chilenos y latinoamericanos, de estructurar esta fascinante zona oscura de la comunicación, especie de inconsciente del habla.

Estos años de lecturas, viajes y, especialmente, conversaciones, para las que el “Glosario” me ha servido de muy útil y provechosa carta de presentación, creo que me autorizan para aventurar algunas hipótesis, muy tentativas, por cierto, pero que me gustaría participar.

Primera hipÓtesis, con la que se intenta explicar la ausencia de la blasfemia
Las palabras malsonantes se originan en tres fuentes fundamentales: la blasfemia, el sexo y la escatología, esta última se ha excluido de este trabajo, aun cuando algunas veces se contacte esa zona, más que nada por su inevitable cercanía, conceptual y física, al tema que nos preocupa.

Las que no están en este trabajo, y no por decisión del autor, por demás siempre discutible, son las expresiones malsonantes que provienen de la blasfemia. Y es así simplemente porque ellas no tienen uso entre nosotros. Los chilenos y, en general, los latinoamericanos, no blasfemamos.

Las causas por las cuales se perdió esa riquísima y escandalosa tradición peninsular y, en general, europea (y también islámica y judía), creemos que hunden sus raíces en nuestra específica forma de mestizaje.

Partamos de la base evidente de que para blasfemar hay que creer. La blasfemia no tiene sentido sin la fe.

Sobre esta base ensayemos la primera hipótesis, que podríamos formular más o menos así:
En América Latina la penetración del catolicismo, dadas las características de la colonización y su colisión con las cosmogonías nativas, dio por resultado un sentimiento religioso en el que el Dios omnipotente, normativo y castigador judío, el padre severo y policiaco semítico, tiene menos entidad,especialmente en los sectores populares, que el culto mariano, "verdadero pilar de la catolicidad en América", según lo expresara el propio Juan Pablo II.

Movámonos en estas delicadas cuestiones con el cuidado que es menester. Aquí habría que recordar una característica fundamental de la colonización española en América que muchas veces se olvida: ella fue una colonización eminentemente masculina. No vinieron mayoritariamente familias, como en la colonización angloamericana, sino hombres solos, jóvenes, solteros, pobres y sin más destino que partir al fin del mundo a la búsqueda de lo que su patria les negaba: la felicidad.

Y si, según las sabias palabras del Arcipreste de Hita, la felicidad no es otra cosa que "el buen yantar y la fembra placentera", para ellos la España de la época sólo les ofrecía hambre y pecado.

Así fue como esas oleadas masculinas adolescentes de comida y amor se dejaron caer sobre estas ubérrimas tierras y los que no obtuvieron oro, reservado para los capitanes guerreros y eclesiásticos, sí encontraron de los otros dos alimentos en abundancia.

Buen ejemplo de ello es la institución del "abarraganamiento" o amancebamiento, plenamente aceptada y muy difundida durante la Colonia, que permitió al peninsular disfrutar de varias indígenas como concubinas, hasta más de media docena los muy carentes o rijosos, a las que instalaba en distintas y diferentes casas, según fueran sus recursos y la importancia concedida a cada concubina y con la retahíla de hijos que es dable imaginar. América fue una mesa bien servida y un gran lecho de amor para los peninsulares.
Ese fue el carácter de nuestro mestizaje y el origen de nuestros pueblos. Así se repobló América y aunque está plena y abundantemente documentado, los historiadores, por razones que se me escapan, lo olvidan, o minusvaloran, con frecuencia.

El padre progenitor, del que el concepto del dios de la tradición judeo-cristiana es una proyección celestial, es en nuestra América una figura ausente, un hombre español compartido entre varias mujeres y casas, al que el hijo mestizo ve muy poco y, en muchos casos, ni siquiera conoce. Una figura a la que no se ama y más que temer, se detesta.

 


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