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  EL LENGUAJE CHILENO DEL AMOR...  
 
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Por su parte el padre nativo, vencido y humillado, tampoco fue una figura sobre la que se pudiera fabricar ningún dios. El dios de América Latina es, entonces, la madre indígena, transustanciada en la Virgen María.

Somos un continente "huachito". Esta palabra no existe en español peninsular. Ellos, dura y condenatoriamente dicen "bastardo" y decírselo a cualquiera es un gravísimo insulto.

"Huacho" significa huérfano, en quechua. Hoy, popularmente, quiere decir hijo sólo de madre. En Chile es una palabra de gran afectuosidad, las parejas se tratan tiernamente de "huachita" y "huachito" el uno a la otra, e incluso se puede, coloquial y muy cariñosamente, referirse de ese modo a casi cualquiera.

La madre, la única presente, es la figura que preside el olimpo latinoamericano. Pero esta deidad, Virgen María-Madre India, no castiga hasta la tercera generación, no ordena ir a la guerra, no obliga a pactos con ablaciones genitales, no dicta la implacable ley, no hace diluviar ni amenaza con ningún aterrador Apocalipsis, sino que se constituye en una presencia femenina hecha de tolerancia, de calor, de alimento placentero, de comprensión, de complicidad, de perdón perpetuo e incondicional, de consuelo ante la desdicha histórica irreparable del despojamiento y la dominación.

¿Quién, pues, en su sano juicio, podría imprecar o blasfemar contra una divinidad de tan compasivo y dulce carácter?

A mí no se me ocurriría, ni por broma, hacerlo con la Virgen de la Candelaria, la virgencita de la que soy devoto, dado mi origen nortino. Sería como sacarme la madre a mí mismo.

Segunda hipÓtesis: La misoginia mestiza
La segunda hipótesis que he barruntado se refiere propiamente a la materia de este trabajo y al esfuerzo por caracterizar este "corpus" que constituiría el lenguaje chileno del amor, expresión de una cierta manera nacional de vivir el amor.

No es nuevo afirmar que el lenguaje es masculino. Sin embargo de la sola lectura de este registro cabría deducir que en él la masculinidad de toda habla se refuerza aún más, alcanzando con frecuencia la misoginia, el desprecio, o tal vez habría que decir resentimiento hacia lo femenino.

Esto no resulta contradictorio con la consideración y hasta divinización de la madre que apuntábamos anteriormente, como podría parecer a simple vista, sino que es complementario y forma parte del mismo sistema de percepción, al que no tenemos más remedio que llamarlo por su nombre: mestizo.

El mestizo, huacho por definición, ama a la madre, que es lo único que tiene, pero desprecia o detesta o, mejor, está profundamente resentido con la sexualidad de ella, y por tanto, con la sexualidad de todas las mujeres, en la medida que no sólo le es negada en cuanto hijo (Edipo y todo su cuento), sino también, en cuanto hombre respecto de las demás mujeres, ya que su calidad de mestizo le sitúa en un plano siempre secundario e inferior, tanto para la conquista de cualquier mujer, como para el acceso a las más apetecibles (inevitablemente, dada la imposición del canon estético europeo, blancas o, al menos, “blanquiñosas”) respecto del hombre español o criollo. Como apuntaba un tío mío "Condenado a comer pescada, uno termina por encontrarla mejor que el congrio, las pocas veces que puede comerlo. No hay más remedio y el que no se consuela es porque no quiere".

Sin embargo, este resentimiento aflora con fuerza y gran agresividad en el territorio libertino de este lenguaje y así, gran parte de las palabras que nominan el genital masculino evocan objetos hirientes, desde la más utilizada "pico", hasta "chafalote", que es un cuchillo, "chuzo", que es una herramienta para romper la tierra, por poner sólo tres ejemplos de un largo etcétera.

Es decir, lo que se quiere es un instrumento no de placer, o tal vez no sólo de placer, sino también de dolor, e incluso que dañe. Esta aspiración vengativa y revanchista se expresa también en la connotación de las expresiones que mentan el acto sexual.

Como contrapartida, aquellas palabras o expresiones que se refieren al genital femenino suelen apelar a la idea de herida, como la central "raja", que propiamente es una rotura o fragmento y también a ideas amenazantes, como la gráfica "araña peluda".

Es significativa también la vaguedad, la ambigüedad e imprecisión de esta familia de palabras, que no precisan las distintas partes del aparato amatorio femenino, precisión en la que podríamos decir que se deleitan sus equivalentes masculinos, sino las confunden en un todo indeterminado y oscuro. Así "chucha" significaba al principio, en quechua, sólo vello púbico y "cresta" aludía a los labios mayores.


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El mestizo, huacho por definición, ama a la madre, que es lo único que tiene, pero desprecia o detesta o, mejor, está profundamente resentido con la sexualidad de ella, y por tanto, con la sexualidad de todas las mujeres, en la medida que no sólo le es negada en cuanto hijo (Edipo y todo su cuento), sino también, en cuanto hombre respecto de las demás mujeres, ya que su calidad de mestizo le sitúa en un plano siempre secundario e inferior.