La
partícula lingüística clave para una aproximación
al concepto de “sexo” o de “sexualidad”,
en la cultura mapuche, es el prefijo ku, partícula
bastante bien perfilada en el mapudungun, sobre todo cuando
cumple la función de sílaba inicial que denota
concavidad o canal fecundo, canalización de la energía.
Esta partícula aparece constituyendo tres palabras
cuyo significado ayuda a comprender la notable función
semántica en el vocablo que alude a la sexualidad.
Aparece en kuram: “huevo”, kutri: “vagina” y
kudañ: “testículo”. Como se ve,
todas las acepciones apuntan a lo mismo: ku dice relación
con un “hueco” o “canal” que produce
el germen o el fruto de la vida.
El acto sexual o coito, a su vez, se designa como kurretu.
Literalmente significa “acción circular y
recíproca que se hace con la kure, es decir, con
la “esposa”, palabra que se traduce etimológicamente
como “la que torna pura la energía de la vida”,
la que “purifica o ennoblece la fecundidad”.
De este modo la noción de sexualidad en la cultura
mapuche se aproxima bastante a la noción griega
del eros, en tanto apunta a la idea de la energía
que hace posible la vida.
Aproximación etimológica
al amor
Ayün “amor”, o aiñ encierra tres
nociones básicas en su raíz. Significa “belleza”, “un
tipo especial de luz, y transparencia”. Está directamente
entroncada con su matriz, el vocablo aywon (también
ayon) que significa a su vez “nacimiento de la luz”,
o literalmente, “luz que mira” (el amor sería
una clarividencia lúcida y no un enceguecimiento
pasional).
También aywon, raíz directa de ayün,
se traduce en algunas zonas de la Araucanía como “amanecida”, “sol
naciente” y en otras, designa la cualidad transparente
del vidrio y los cristales y muy particularmente, la superficie
de los espejos. Sería, entonces, el tipo de luz
que se espejea en las aguas transparentes y que tiene la
virtud de devolver la imagen. Para el viejo Arauco, el
amor sería una forma de iluminación solar,
una suerte de amanecida para el espíritu, una especie
de recuperación de la aurora interna, un estado
de renacimiento esperanzador (como lo es toda madrugada)
en donde la claridad de las certezas traspasa la realidad
y hace transparente la opacidad artificial de las cosas.
ngapitun, el rapto
“Rapto de la esposa” y “matrimonio” constituían
sinónimos en lengua mapuche, lo que se refleja en la expresión
ngapitun. El rapto generalmente era preparado y simulado, e implicaba poner a
prueba las cualidades viriles del novio. Este debía pasar adelante en
determinadas pruebas que se le oponían para el logro de su objetivo y
que permitían calibrar sus cualidades. Había resistencia y vigilancia
de los hermanos y padres de la novia. El caso más proverbial en este sentido
lo constituye la hazaña de Trekamañ Manquilef, un longko de fines
del siglo XIX, quien recorrió desde Quepe al fuerte de San Luis de Mendoza,
casi 3.000 kilómetros a caballo, para “robarse” a María
de la Vacca Riveros, esposa del comandante en jefe de los Regimientos argentinos.
Ella, al cabo de un año y de tener un hijo con Trekamañ, ante la
oferta de éste de devolverla a Buenos Aires, donde estaban su ex esposo
y sus cinco hijos, decide continuar con el cacique en su reducción de
Quepe. Este hecho se ubica como el evento fundamental del orgullo familiar y
de la sabiduría popular local: “A los Manquilef, todas las mujeres
le saldrán bonitas porque Trekamañ fue un valiente”.
Para “tener mujer” se necesitaban, por tanto,
requisitos previos. Uno de ellos era la capacidad económica
que se expresaba en el pago de la dote (mafün) al
padre. Esto queda reflejado en el proverbio que aún
se escucha en la Araucanía: Kure pikelayaimi nienolmi
iael: “no le prometas hacerla esposa si no tienes
comida”. Este consejo era entregado al joven que
desea casarse sin conciencia de los aspectos prácticos
que genera la convivencia familiar. El primer deber del
varón y de todo ser vivo es el de procurarse a sí mismo
y a otros alimento y abrigo. No cumplir con este requisito
fundamental, lo inhabilitaba de inmediato en su derecho
a tener esposa, máxime si la tradición ancestral
hablaba que el guerrero (koná) debía “merecer
mujer”. Tener mujer era, asimismo, signo de la madurez
iniciática del varón. Es decir, cuando el
joven volvía de Puelmapu (la “tierra del oriente”,
Argentina), debía volver con ganado, joyas de plata,
traer el ükupuerta (los signos de haber encontrado “la
puerta del poder” en unas famosas grutas llamadas
kuramalal), y mujer. Estas eran las pruebas y evidencias
que reflejaban que el varón ya no era un mero wentru
(“hombre”), sino un koná, un iniciado
en el conocimiento y en la guerra, tanto visible como invisible.
Asimismo, unirse a una mujer o a varias de ellas era signo
no sólo de prestigio material sino de poder personal.
Ellas eran, tanto esposas como hijas y nueras, la garantía
de la prosperidad de los caciques, porque se creía
que ellas eran la llave al mundo de la materia. Sin ellas,
los longkos no realizaban ninguna transacción comercial.
Hasta hoy en algún sector de la Araucanía
se dice “para que un negocio resulte, la mujer debe
estar de acuerdo”. Asimismo, aún queda alguna
madre anciana que le dice a su nieto el antiguo consejo: “la
peor desgracia de un koná (guerrero) es que le toque
una mujer poco ambiciosa”. Lo implícito en
esto es la idea mítica de que la mujer no sólo
representa la fertilidad de la naturaleza, sino que todo
tipo de prosperidad está vinculada con su vientre.
A ese respecto, es interesante recordar aquí las
motivaciones que tenía el cacique Kallfukurá para
llevar a sus 33 esposas a lo alto de un cerro mientras él,
en lo bajo, hacía sus operaciones de estrategia
militar y de batalla. La tradición afirma que lo
hacía de este modo, “para que ellas, con su
mente, le parieran la victoria”.
Con todo, la práctica central y el ideal cotidiano
de la vida guerrera masculina era el ideal del trepelay
mi duam, es decir “mantén tu mente despierta”.
Sólo con la actitud vigilante y despierta del acechar
guerrero (lloftulen), había alguna garantía
de que el hombre tuviera a su lado a una “buena esposa”.
Junto a lo anterior, otro factor de éxito no sólo
para el logro de los objetivos en el arte de conquistar
una mujer, era la práctica –bastante generalizada
antiguamente- de la abstinencia sexual. Tal era el caso,
por ejemplo, en los nueve días y noches previas
a un torneo de palín o chueka. Asimismo, se guardaba
abstinencia tres noches previas a la ceremonia del kapun,
vale decir a la fiesta, exclusivamente masculina, del castramiento
de los animales. La explicación respecto de los
motivos no deja de ser interesante: “no nos acostamos
con mujer para que los animales no pierdan sangre y porque
nosotros, los hombres, no necesitamos que nos castren para
no andar desparramando nuestra energía con cualquiera
y cualquier momento como lo hacen los animales” (Alberto
Keupillan: Quelwe, 1984).
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