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  AMOR Y SEXUALIDAD EN LA CULTURA MAPUCHE  
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La sexualidad de la mujer
La mujer –en la cultura mapuche– es la que conecta y enlaza mundos, él “lugar” donde se cuajan destinos y fenómenos nuevos. Así tenemos, por ejemplo, que en la antigüedad mapuche, el adulterio femenino revestía caracteres gravísimos por la condición e índole íntima de la mujer. Pues, “por intermedio de una misma mujer la existencia del marido quedaba misteriosamente unida a la del amante”. Y el cronista agregaba sentencioso: “se creía que si el amante de la mujer casada se enfermaba o si se moría, al esposo le pasaban las mismas desgracias”(Citado por H. Gunckel, en “Travesía” N° 9 Dic., 1949, Temuco). Es decir, ella es la detentora de una llave, que abre y cierra puertas en la Naturaleza, la portadora del karma, de ese conjunto de suertes o influencias individuales que configuran de antemano la biografía o el mapa psicológico-moral de una persona. Si es capaz de modificar e influenciar drásticamente el destino de su esposo -tanto si ocurre en una entrega fiel o como en el estado ambiguo de “casada infiel”- con absoluta más propiedad podrá condicionar y troquelar el destino de un hijo, un fruto de su propio vientre. Una vez sembrado el germen masculino, cuajado el embrión, la administración de las fuerzas de la vida la dirige y regula la mujer. Lo que ella haga o no haga resultará decisivo en esa “fábrica de futuro” que es su vientre y su mente. Justamente a ella asigna la tradición mapuche el mérito de forjar el coraje guerrero del viejo Arauco, mediante la práctica de un rito de embarazada, donde con su mente cada amanecer “inyectaba” al sol invicto en el embrión. Se explica entonces el carácter de tabú que poseía la embarazada nativa. Interrumpía drásticamente su intimidad conyugal, se le apartaba físicamente de la tribu y se le construía una choza especial; se quemaba su ajuar porque de ella se desprendía una fuerza prodigiosa, que sobrepasaba el control de los fenómenos cotidianos. Por lo tanto, al modo de una diosa que de pronto se tornaba extranjera a la tribu, esa mujer se veía envuelta en una fuerza peligrosa, extraña, inmanejable y perturbadora porque de ese claustro preñado se podrían desprender y descolgar por el mundo -como del cofre de Pandora- todos los bienes o todos los males del universo. Ese vientre podía modificar el curso del mundo y transformar el derrotero de los destinos

fütapura
Todo el rico y sugestivo concepto de sexualidad femenina al que aludimos aquí queda englobado por la expresión fütapura, “señorita”; la mujer en su estado prenupcial. Desmontando la triple articulación del vocablo, aparece contenido al interior de él todo un perfil de la vocación femenina, una especie de “misión ontológica” de la mujer: Füta, es, como bien sabemos, “gran marido”, “esposo de calidad divina”, “sabio, anciano, alto”, ya que la voz participa del principal calificativo a la divinidad: Füta Chao, “Gran-alto-esposo-Padre”. El infijo pür, por su parte, es una forma lingüístca del verbo pürn, “teñir, “el tomar la tinta en el paño”, de donde deriva el adjetivo: pür “teñido”, “teñida”. Y finalmente el sufijo a, que corresponde a un apócope del sustantivo am, “alma”. Aunque también puede conectarse con una contracción de la voz ad, que como adjetivo significa “armónica”, “bonita”; “de buen aspecto la faz)”.

Reuniendo de nuevo y reensamblando las partículas ya perfectamente perfiladas como unidades semánticas autónomas, nos aparece una traducción más veraz y plena para “señorita”: füta pür am: “la que aspira teñir su alma por un marido noble”. Esta definición de la mujer soltera en edad de casarse, hay que asumirla en el contexto de la importancia que la tradición mapuche daba a la primera relación sexual de la joven célibe. Las madres enseñaban y aconsejaban que el primer hombre para una mujer debía ser un küme kona, un “buen guerrero” porque en ella iba a quedar marcada la impronta de su energía, “el espíritu de su fuerza”, espíritu que podría ser de calidad superior o bien corresponder a nada más que el bajo apetito de su animalidad no “vigilada”. Esto es lo que explica que muchas mujeres, ya lo dijimos, a falta de varones con poder y calidad propios, optaran sin cuestionamiento por ser la cuarta a quinta esposa de un gran jefe, de un Füta longko, toda vez que éste era garantía de una influencia masculina superior, que iría a teñir con calidad su virginal interioridad. Este “teñido del alma”, de acuerdo con la tradición, se hace evidente hasta en el aspecto físico de la mujer luego que ella “conoce” por primera vez a un varón. La sabiduría popular mapuche lo cristaliza en un elocuente proverbio Intas wilkitulu kalewetui: “guinda que pica el zorzal, cambia de aspecto”.

En un caballo negro hacia lo alto de la fiesta

Tayülün ka kefafan
müley ngillatun mu
nayi – ñayingey
ka ütrüflongkome
key ñi tapayu kurü anay,
yedomoalu wentepüle (1)

El arte de conducir “el caballo negro hacia lo alto de la fiesta”, es decir, dignificar y ennoblecer el impulso erótico y el acto sexual, implica un saber, una calidad de experiencia mística previa. De otro modo ese dar rienda a la libido no conduce a ninguna parte. El sexo permanece en su opaco estado de bestia negra si el jinete y la acompañante de su grupa resultan sordos a las melodías lejanas y sutiles del escarpado “rito de arriba”, rito al que sólo se accede bajo el transporte de un “brioso deseo” de comunión con lo divino.

El sexo –en el pensamiento indígena- es una fuerza poderosa, creadora y envolvente de todas las facultades humanas y no por ser una voluntad divina que prescriba determinada moralidad en la conducta. Y como fuerza que es, lo que decide su “bondad” o su “moral” es la dirección hacia donde se la empuja. Lo que cuenta es qué propósito se escoge para someter bajo él ese cúmulo de energía disponible. Por lo tanto, todo se resuelve en un asunto de sabiduría: Sabiduría para elegir una meta y sabiduría para guiar hábilmente –con mano diestra- las riendas del “caballo del deseo”.

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(1) Ya hay canciones sagradas y gritos de alabanza / en el gran ritual de unión con lo divino; / Por eso está inquieto y pide rienda mi caballo negro, / con el brioso deseo de llevar una mujer / que galope en ancas de mi caballo / hacia lo más alto de esa fiesta. Canto tradicional mapuche.

 

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Historiador Ziley Mora Perez . Academico, escritor e investigador de la cultura Mapuche.