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Antropólogo por Michelle Hafemann


Para las trabajadoras sexuales, sentir placer con un cliente es pecado. Para los clientes, hacer con ellas cosas que no harían con sus esposas es la meta. Estos son parte de los valores y códigos que se complementan con el erotismo en el negocio del sexo

 
 
La “profesión más antigua del mundo” ya no es la misma de antaño. Las “aposentadoras” o “arranchadas” del siglo XIX –mujeres que, a causa de la migración rural-urbana de los jefes de familia, “paraban la olla” ofreciendo comida, bebida, albergue y diversión a los campesinos– dieron paso, a comienzos del 1900 a las meretrices cosmopolitas, que se distinguían entre “asiladas” y “aisladas”. Las asiladas vivían y trabajaban tiempo completo en los lenocinios y eran sometidas a un estricto régimen diario, que les impedía salir de la casa sin previa autorización de la comadrona o regenta. Las aisladas, en cambio, eran independientes y se valían de domicilios particulares, hoteles, casas de citas, cafés o chincheles para prestar sus servicios.

La primera normativa sobre comercio sexual se dictó en Santiago, en 1896, con fines higiénico-policiales. Autorizaba el ejercicio de la prostitución a toda mujer que voluntariamente quisiese practicarla y se inscribiese en los registros municipales: las oficinas de Casas de Tolerancia. La inspección sanitaria se practicaba en el Dispensario donde las trabajadoras sexuales “asiladas” debían acudir semanalmente para someterse a revisiones médicas. De aquí derivan las cifras y estadísticas que reflejan los albores de la prostitución moderna en el país. No obstante, los datos sólo incluían a las mujeres que se inscribían, existiendo un subregistro altísimo.

A la altura del nuevo mileno
Con la llegada del modelo neoliberal, el comercio sexual adquirió ribetes empresariales. Actualmente, la trabajadora y el cliente se vinculan en una transacción de sexo por dinero y la relación no se extiende más allá de lo que dura el “contacto” o relación sexual. Además, la oferta se ha diversificado y hoy en día las trabajadoras sexuales deben competir con prostitutos hetero y homosexuales; travestis, transexuales e incluso niños. Existen anfitrionas –o scorts– de clase alta, que se promocionan en diarios o a través de Internet; azafatas –o cabareteras– cada vez más jóvenes; callejeras que ofertan una “francesa” (sexo oral) por un par de lucas y copetineras de choperías que, entre cerveza y cerveza, venden el cuerpo. Eso y más, si se toman en cuenta las hot lines –líneas teléfónicas eróticas–, la amplia gama de pornografía disponible en la web y el surtido de productos que se encuentran en los sex shops, todos ellos más bien orientados a la autogestión sexual.

En la actualidad se estima en más 60 mil la cantidad de personas que trabaja en el comercio sexual, de las cuales las autoridades sanitarias dicen controlar a tan sólo 7.500. Del total, cerca de 10 mil son menores de edad. En tanto, el número de burdeles en el país bordea los 3 mil. La oferta es amplia y variada y el mercado del placer garantiza satisfacción al alcance de la mano por precios accesibles a cualquier bolsillo y una atención profesional dispuesta a cumplir con (casi) todas las expectativas. Pero, como en todo, hay aspectos que permanecen inmunes al paso del tiempo, conceptos, valores y juicios morales que forman parte de los códigos urbanos y que se transan con dificultad. En el gremio de las trabajadoras sexuales, el propio placer sigue siendo un pecado. Porque, como dicen en el ambiente, una cosa es trabajar de puta y otra es serlo.

Sexo, erotismo y placer
Los límites de la transacción sexual los pone la trabajadora. Es un asunto que se negocia con el cliente en la misma habitación o, en el caso de los menos apremiados por la calentura, en el cortejo previo, pero siempre de acuerdo a los márgenes que la profesional se autoimpone de acuerdo a su tolerancia y, en el menor número de casos, a sus preferencias.

Elizabeth Dentone lleva más de 20 años en el comercio sexual. En la actualidad, trabaja en una discoteca y es presidenta del Sindicato Nacional de Trabajadoras Independientes “Angela Lina”. Se inició en el negocio cuando tenía 29 años, tras el fracaso de su única experiencia de vida en pareja. Antes de su ingreso al ambiente, Elizabeth era una mujer casada que disfrutaba plenamente la sexualidad en el matrimonio, lo que de paso le significó un plus al momento de asumir su nueva ocupación. A ella le gusta dar placer y, de paso, sentirlo. Pero su caso es una excepción, porque para la gran mayoría de las trabajadoras la satisfacción sexual propia en el marco de la relación con un cliente es algo que está totalmente fuera de todas las posibilidades profesionalmente aceptadas. Es, simplemente, un tabú.

“Es por el pecado”, explica. Y con esto se refiere a que, para una trabajadora sexual, sentir placer con un cliente es contravenir la motivación propia del oficio, en la que el hombre paga por usar su cuerpo y la mujer cobra por cederlo; eso y nada más. La sensualidad, los sentimientos y la intimidad erótica de la mujer son aspectos que quedan total y absolutamente fuera de la transacción. O casi. “Hay trabajadoras que dicen “ay, yo acabé con este h…” o “estaba tan bueno, me hizo acabar” como si no se convencieran. Es como que no quieren sentir placer, les da rabia acabar con un tipo que al final no es mal parecido o que en realidad les gusta. Pero no van a reconocer que el tipo las está haciendo gozar a ellas, no les gusta porque no es parte de su trabajo. Además, en el ambiente es mal visto”.

En este cuadro los celos juegan un papel secundario. Elizabeth dice que el tema pasa también “porque después les da rabia que ese tipo que las hizo gozar se vaya después con otra trabajadora y no las elija a ellas”.

Macho menos
Otro de los aspectos que no cambia en el comercio sexual chileno es el perfil de los hombres que acuden a los servicios de las trabajadoras. Elizabeth sostiene que todos son distintos, cada cual con sus propios problemas y preferencias, algunos buscan solamente la satisfacción sexual mientras que otros, en realidad, lo que necesitan es un hombro para llorar las penas y un oído paciente para desahogar las angustias. No obstante, llegada la hora de enfrentar a la trabajadora sexual, todos se comportan de la misma manera. Son fantasiosos, mentirosos, fanfarrones o infieles, quieren ser el mejor en la cama o el que más veces las ha hecho llegar al orgasmo. Eso en cuanto a lo que quieren; otra cosa es lo que hacen.

“En la mayoría de los casos –según dice la experta– están agotados con sus problemas, sus mujeres no los comprenden, sus hijos no les hablan, o eso es lo que dicen. Nosotras los escuchamos, los distraemos. Llegan a la discoteca, se toman un trago y con eso se divierten. Al hombre le gusta la aventura, el desahogo. Gritan, hacen bromas, se pasean por la discoteca de un lado a otro con el trago en la mano o se sientan a tomar solos en la barra y a mirar como pasan las niñas. Y en eso se entretienen”.

Elizabeth relata que en algunas ocasiones ha tenido la oportunidad –no formal, por supuesto– de conocer a las esposas de algunos de sus clientes. Y se ha encontrado, para su sorpresa, con mujeres muy buenas mozas, cuyos maridos pagan por tener sexo con “unas que ni te cuento”. Y otros que tienen dos mujeres: la esposa y la otra, la que cumple con sus fantasías sexuales. Te dicen “qué daría yo por hacer esto con mi esposa”, pero no saben cómo pedírselo. Y como en el comercio sexual todo es libre, nada se prohíbe, van con la trabajadora, no sé si para sentirse más hombres o para cumplir con sus fantasías sexuales”.

Al parecer, a medida que el país evoluciona, la sexualidad y el erotismo hacen el proceso contrario, cayendo en la genitalidad, la farsa y la satisfacción rápida. Así, más que un sistema económico perfecto, lo que se requiere es una sesión de terapia colectiva, que se oriente a desarrollar la capacidad de conectarse con el placer dejando a un lado los utilitarismos, las trancas y los tabúes.

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En el gremio de las trabajadoras sexuales, el propio placer sigue siendo un pecado. Porque, como dicen en el ambiente, una cosa es trabajar de puta y otra es serlo.

Se estima en más 60 mil la cantidad de personas que trabaja en el comercio sexual, de las cuales las autoridades sanitarias dicen controlar a tan sólo 7.500. Del total, cerca de 10 mil son menores de edad.

Historiador Michelle Hafemann . Periodista