La “profesión
más antigua del mundo” ya no es la misma de
antaño. Las “aposentadoras” o “arranchadas” del
siglo XIX –mujeres que, a causa de la migración
rural-urbana de los jefes de familia, “paraban la olla” ofreciendo
comida, bebida, albergue y diversión a los campesinos– dieron
paso, a comienzos del 1900 a las meretrices cosmopolitas,
que se distinguían entre “asiladas” y “aisladas”.
Las asiladas vivían y trabajaban tiempo completo en
los lenocinios y eran sometidas a un estricto régimen
diario, que les impedía salir de la casa sin previa
autorización de la comadrona o regenta. Las aisladas,
en cambio, eran independientes y se valían de domicilios
particulares, hoteles, casas de citas, cafés o chincheles
para prestar sus servicios.
La primera normativa sobre comercio sexual se dictó en
Santiago, en 1896, con fines higiénico-policiales.
Autorizaba el ejercicio de la prostitución a toda
mujer que voluntariamente quisiese practicarla y se inscribiese
en los registros municipales: las oficinas de Casas de
Tolerancia. La inspección sanitaria se practicaba
en el Dispensario donde las trabajadoras sexuales “asiladas” debían
acudir semanalmente para someterse a revisiones médicas.
De aquí derivan las cifras y estadísticas
que reflejan los albores de la prostitución moderna
en el país. No obstante, los datos sólo incluían
a las mujeres que se inscribían, existiendo un subregistro
altísimo.
A la altura del nuevo mileno
Con la llegada del modelo neoliberal, el comercio sexual
adquirió ribetes empresariales. Actualmente, la
trabajadora y el cliente se vinculan en una transacción
de sexo por dinero y la relación no se extiende
más allá de lo que dura el “contacto” o
relación sexual. Además, la oferta se ha
diversificado y hoy en día las trabajadoras sexuales
deben competir con prostitutos hetero y homosexuales;
travestis, transexuales e incluso niños. Existen
anfitrionas –o scorts– de clase alta, que
se promocionan en diarios o a través de Internet;
azafatas –o cabareteras– cada vez más
jóvenes; callejeras que ofertan una “francesa” (sexo
oral) por un par de lucas y copetineras de choperías
que, entre cerveza y cerveza, venden el cuerpo. Eso y
más, si se toman en cuenta las hot lines –líneas
teléfónicas eróticas–, la
amplia gama de pornografía disponible en la web
y el surtido de productos que se encuentran en los sex
shops, todos ellos más bien orientados a la autogestión
sexual.
En la actualidad se estima en más 60 mil la cantidad
de personas que trabaja en el comercio sexual, de las cuales
las autoridades sanitarias dicen controlar a tan sólo
7.500. Del total, cerca de 10 mil son menores de edad.
En tanto, el número de burdeles en el país
bordea los 3 mil. La oferta es amplia y variada y el mercado
del placer garantiza satisfacción al alcance de
la mano por precios accesibles a cualquier bolsillo y una
atención profesional dispuesta a cumplir con (casi)
todas las expectativas. Pero, como en todo, hay aspectos
que permanecen inmunes al paso del tiempo, conceptos, valores
y juicios morales que forman parte de los códigos
urbanos y que se transan con dificultad. En el gremio de
las trabajadoras sexuales, el propio placer sigue siendo
un pecado. Porque, como dicen en el ambiente, una cosa
es trabajar de puta y otra es serlo.
Sexo, erotismo y placer
Los límites de la transacción sexual los
pone la trabajadora. Es un asunto que se negocia con el
cliente en la misma habitación o, en el caso de
los menos apremiados por la calentura, en el cortejo previo,
pero siempre de acuerdo a los márgenes que la profesional
se autoimpone de acuerdo a su tolerancia y, en el menor
número de casos, a sus preferencias.
Elizabeth Dentone lleva más de 20 años en
el comercio sexual. En la actualidad, trabaja en una discoteca
y es presidenta del Sindicato Nacional de Trabajadoras
Independientes “Angela Lina”. Se inició en
el negocio cuando tenía 29 años, tras el
fracaso de su única experiencia de vida en pareja.
Antes de su ingreso al ambiente, Elizabeth era una mujer
casada que disfrutaba plenamente la sexualidad en el matrimonio,
lo que de paso le significó un plus al momento de
asumir su nueva ocupación. A ella le gusta dar placer
y, de paso, sentirlo. Pero su caso es una excepción,
porque para la gran mayoría de las trabajadoras
la satisfacción sexual propia en el marco de la
relación con un cliente es algo que está totalmente
fuera de todas las posibilidades profesionalmente aceptadas.
Es, simplemente, un tabú.
“Es por el pecado”, explica. Y con esto se
refiere a que, para una trabajadora sexual, sentir placer
con un cliente es contravenir la motivación propia
del oficio, en la que el hombre paga por usar su cuerpo
y la mujer cobra por cederlo; eso y nada más. La
sensualidad, los sentimientos y la intimidad erótica
de la mujer son aspectos que quedan total y absolutamente
fuera de la transacción. O casi. “Hay trabajadoras
que dicen “ay, yo acabé con este h…” o “estaba
tan bueno, me hizo acabar” como si no se convencieran.
Es como que no quieren sentir placer, les da rabia acabar
con un tipo que al final no es mal parecido o que en realidad
les gusta. Pero no van a reconocer que el tipo las está haciendo
gozar a ellas, no les gusta porque no es parte de su trabajo.
Además, en el ambiente es mal visto”.
En este cuadro los celos juegan un papel secundario. Elizabeth
dice que el tema pasa también “porque después
les da rabia que ese tipo que las hizo gozar se vaya después
con otra trabajadora y no las elija a ellas”.
Macho menos
Otro de los aspectos que no cambia en el comercio sexual
chileno es el perfil de los hombres que acuden a los
servicios de las trabajadoras. Elizabeth sostiene que
todos son distintos, cada cual con sus propios problemas
y preferencias, algunos buscan solamente la satisfacción
sexual mientras que otros, en realidad, lo que necesitan
es un hombro para llorar las penas y un oído paciente
para desahogar las angustias. No obstante, llegada la
hora de enfrentar a la trabajadora sexual, todos se comportan
de la misma manera. Son fantasiosos, mentirosos, fanfarrones
o infieles, quieren ser el mejor en la cama o el que
más veces las ha hecho llegar al orgasmo. Eso
en cuanto a lo que quieren; otra cosa es lo que hacen.
“En la mayoría de los casos –según
dice la experta– están agotados con sus problemas,
sus mujeres no los comprenden, sus hijos no les hablan,
o eso es lo que dicen. Nosotras los escuchamos, los distraemos.
Llegan a la discoteca, se toman un trago y con eso se divierten.
Al hombre le gusta la aventura, el desahogo. Gritan, hacen
bromas, se pasean por la discoteca de un lado a otro con
el trago en la mano o se sientan a tomar solos en la barra
y a mirar como pasan las niñas. Y en eso se entretienen”.
Elizabeth relata que en algunas ocasiones ha tenido la
oportunidad –no formal, por supuesto– de conocer
a las esposas de algunos de sus clientes. Y se ha encontrado,
para su sorpresa, con mujeres muy buenas mozas, cuyos maridos
pagan por tener sexo con “unas que ni te cuento”.
Y otros que tienen dos mujeres: la esposa y la otra, la
que cumple con sus fantasías sexuales. Te dicen “qué daría
yo por hacer esto con mi esposa”, pero no saben cómo
pedírselo. Y como en el comercio sexual todo es
libre, nada se prohíbe, van con la trabajadora,
no sé si para sentirse más hombres o para
cumplir con sus fantasías sexuales”.
Al parecer, a medida que el país evoluciona, la
sexualidad y el erotismo hacen el proceso contrario,
cayendo en la genitalidad, la farsa y la satisfacción
rápida. Así, más que un sistema
económico perfecto, lo que se requiere es una
sesión de terapia colectiva, que se oriente a
desarrollar la capacidad de conectarse con el placer
dejando a un lado los utilitarismos, las trancas y los
tabúes.
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