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Suele decirse que el epistolario amoroso tiene un componente
inevitable de ridículo. Estas cartas de Gabriela
Mistral, conmovedoras y profundas, parecieran ser
la excepción que confirma la regla. Escritas
entre 1914 y 1921, una buena parte de ellas fueron
cursadas antes de que ambos corresponsales llegaran
siquiera a conocerse personalmente.
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No
discutamos los modos de amarnos; hablemos de esto que es
lo inmediato y lo esencial: Tú ¿me querrás
fea? Tú ¿me querrás antipática?
Tú ¿me querrás como soy? Te lo pregunto
y veo luego que no puedes contestarme”.
“Como un niño me hablas, con toda la ingenuidad
de un niño y me dirás Sí. Te siento
niño en muchas cosas y eso me acrece más
la ternura. Mi niño, así te he dicho hoy
todo el día y me ha sabido a más amor la
palabra que otras. Esta ternura mía es cosa bien
extraña. No fui nunca así para nadie. El
amor es otra cosa que esta ternura. El amor es más
pasional y lo exaltan imaginaciones sensuales. Me exaltan
a mí sobre todo tus palabras doloridas y tiernas “desviadas
un poco del ardor carnal”. Quizás tu mirada
me conmueva más que abrazo; quizás me dé tu
mirar la embriaguez que los demás arrancan de caricias
más íntimas. ¡Niño mío!
Yo no sé si mis manos han olvidado o no han sabido
nunca acariciar; yo no sé si todo lo que te tengo
aquí adentro se hará signo material cuando
esté contigo, si te besaré hasta fatigarme
la boca, como lo deseo, si te miraré hasta morirme
de amor, como te miro en la imaginación. No sé si
ese miedo del ridículo que mata en mí muchas
acciones bellas y que me apaga muchas palabras de cariño
que tú no ves escritas, me dejará quietas
las manos y la boca y gris la mirada ese día. ¡Ese
día! Si voy a sufrir mucho ¿no será preferible
evitarlo, Manuel? Pero es necesario. Te prometo procurar
que estemos solos. Sería padecer más si fuera
delante de otros. No te escribo más, aunque quisiera
seguir. ¿Por qué? Porque esta carta me ha
hecho sufrir más que otra alguna. Es terrible esta
situación. ¿Serás capaz de quererme
después de haberme visto? Como un heroísmo
talvez. Pero yo no admitiría heroísmos de
esa especie.
Tuya, tuya, completa, inmensamente.
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“Cuando me mandes un certificado, previéneme.
Y pon la carta no tan a la vista. Pega dos hojas. ¿Por
qué eres tan flojo? El mismo día de despachar
el certificado despachas carta simple.”
(Pág. 135- 136)
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“Manuel
amado, todo el día he andado preocupada de ti, de
la carta que te escribí anoche. Los gritos de la
gente en la estación, a la llegada de los Cancilleres,
no me espantaron esta preocupación. ¿Encontraste
fría o seca esa carta? Dímelo. El temor de
haberte disgustado me ha seguido todo el día. He
tenido el ánimo “entristecido y amoroso”.
Esta preocupación de haberte lastimado levemente,
cómo dice de mí quererte hondamente. Yo no
soy un buen corazón. Cuando he hecho un daño
suelo decirme con un egoísmo brutal: “más
me han hecho otras gentes a mí.” Contigo no.
Por ahorrarte una lágrima andaría un camino
de rodillas.”
“De rodillas: esa es mi actitud de humildad para
ti, y de amor. Y nunca yo he sido una humilde, aunque la
gente crea eso de mí, por mi cara de monja pacífica.
Mira, he tomado mi café (tiritaba de frío)
y he cerrado los ojos para verte, y he exaltado mi amor
hasta la embriaguez y hubiera querido prolongar el gozo
muchas horas. Te adoro, Manuel. Todo mi vivir se concentra
en este pensamiento y en este deseo: el beso que puedo
darte y recibir de ti. ¡Y quizás – seguramente – ni
pueda dártelo ni pueda recibirlo! Si me convenzo
del todo, del todo, que tú no vas a dármelo,
yo no iré a verte, Manuel. No quiero sufrir más.” (Pág.
137)
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“(…) Siempre le dije lo que soy, siempre.
Y si no lo hubiese sabido por mí, lo supiera por
la gente, y si ni esto hubiese habido, con leerme un poco
los versos habría comprendido que soy la más
desconcertante y triste (lamentable) mezcla de dulzura
y dureza, de ternura y de grosería. También
es cierto, Manuel, que cuando se tiene un alma como la
suya no es posible explicarse sin una natural repugnancia,
el alma opuesta. Hay en Ud. –no olvide esto primero– una
suavidad natural, que es cosa de su sangre, una virtud
casi química (perdone la expresión) a la
que ha venido a agregarse la depuración voluntaria
por la cultura. Ni aquello ni esto lo tengo yo. Mi herencia
es cosa fatal; la cultura nada ha hecho en mí o
porque estudié tarde o porque los temperamentos
primitivos repelen la educación. Recuerde, para
perdonarme del todo, que yo le hablé en serio y
en broma de mis intemperancias de carácter. Si me
hubiese creído antes nos habríamos ahorrado,
Ud., y yo, este dolor.” .
(Pág. 183)
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“(…) Porque ésta
es la verdad. Tú me has arrojado de tu lado sin un motivo,
como el otro. ¡Gracias, Manuel, por este castigo, por
esta humillación amarga que por tu mano tan amada me
dan otras manos! Te confesaré que jamás, jamás,
creí que de ti me viniera un golpe así, sin razón,
que una carta enferma de ternura se contestara de este modo
por un alma tan suave y tan justa como la tuya.”
(Pág. 139) |
“Este no es amor sano, Manuel, es ya cosa de desequilibrio,
de vértigo. ¡Y en mi cara beatífica, y
en mi serenidad de abadesa! ¡Qué decires de amor
los tuyos! Tienen que dejar así, agotada, agonizante.
Tu dulzura es temible: dobla, arrolla, torna el alma como un
harapo fláccido y hace de ella lo que la fuerza, la
voluntad de dominar, no conseguirían. Manuel, ¡qué tirano
tan dulce eres tú! Manuel ¡cómo te pertenezco
de toda pertenencia, cómo me dominas de toda dominación! ¿Qué más
quieres que te dé, Manuel, qué más? Si
no he reservado nada, ¿qué me pides? ¿Quieres
que llegue a estado más lamentable aún que el
que te he pintado por la incertidumbre de lo que pasaba en
tu predio de alma? Verdad es, Manuel, que tengo de la unión
física de los seres imágenes brutales en la mente
que me la hacen aborrecible.”
(Pág. 144) |
Cartas
de amor de Gabriela Mistral Introducción, recopilación, iconografía
y notas de Sergio Fernández Larraín. Editorial
Andrés Bello. Santiago de Chile, 1978. |
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