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¿Pueden los animales tener pasiones?, esa parece ser la interrogante que intenta responder este inquietante relato de Balzac que cuenta la extraña relación entre un hombre y una pantera en la soledad del desierto.

 
 
En “Los Chuanes”, la primera obra que Honoré de Balzac se atrevió a firmar con su propio nombre en 1829, figura el relato Una pasión en el desierto; la historia de un soldado provenzal que es hecho prisionero en el desierto del Sahara y quien logra soltar sus ataduras y amparándose de un caballo, un fusil y algunas vituallas, se da a la fuga.

Después de mucho deambular el prófugo encuentra refugio en un perdido oasis, donde es sorprendido por una enorme pantera que se instala prácticamente a sus pies. Indeciso de atacar a la fiera y en la ausencia de mejor alternativa, el atribulado soldado trata de ganarse la confianza del temible felino…

“(…) con un suave movimiento, como si hubiera querido acariciar a una hermosa mujer, le pasó la mano sobre todo el cuerpo de la cabeza hasta la cola. El animal levantó voluptuosamente su cola, sus ojos se dulcificaron; y cuando por tercera vez sintió aquella caricia, produjo ese rourou propio de los gatos cuando expresan su placer; pero aquel murmullo partía de un gaznate tan poderoso que resonó en la gruta como las últimas notas del órgano de una iglesia”.

“El provenzal, comprendiendo la importancia de sus caricias, las redobló hasta el punto de aturdir a la imperiosa cortesana, y cuando se creyó seguro de haber extinguido su ferocidad, levantóse y quiso salir de la gruta; la pantera le dejó marchar; mas cuando hubo franqueado la colina, saltó con la ligereza de un gorrión entre las ramas, y fue a restregarse contra las piernas del soldado”.

“¡Ah! Miñona, exclamó el soldado, acariciando a la pantera con entusiasmo, ahora seremos amigos hasta la muerte”.

“El desierto quedó entonces como poblado, porque contenía un ser a quien el francés podía hablar, sin que él se explicase las razones de aquella amistad increíble. Por más que desease permanecer alerta, se durmió, y al despertar, ya no vio a la pantera; subió a la colina, y la divisó a lo lejos, dando saltos en dirección a él. Llegaba con el hocico ensangrentado, y recibió con gusto las caricias de su compañero. -¡ah, ah! Señorita, exclamó el provenzal, sois una buena joven; pero sin duda habéis devorado algún maugrabino. ¡Muy bien! Es un animal como tú; pero no hagas lo mismo con el francés, pues ya no te querría”.

“Así se pasaron algunos días. Aquella compañía permitió al provenzal admirar las bellezas sublimes del desierto; y desde el instante en que tuvo horas de temor y de tranquilidad, alimento, y un ser en quien pensar, su alma estuvo agitada por contrastes. La soledad le reveló todos sus secretos; pudo descubrir en la salida y puesta del sol espectáculos desconocidos del mundo, y estremecíase al oír sobre su cabeza el suave aleteo de un ave. Vivió con el día de Oriente admirando sus pompas maravillosas; estudió durante las noches los efectos de la luna sobre el océano de arenas donde el simoun producía olas, ondulaciones y rápidos cambios; y después de disfrutar del terrible espectáculo de un huracán, veía llegar la noche con delicia, pues entonces se dejaba sentir la benéfica frescura de las estrellas”.

“Cierto día, una ave inmensa se cernió en los aires; el provenzal dejó a su pantera para examinar aquel nuevo huésped; pero, después de un momento de espera, la sultana gruñó sordamente.

- ¡Creo, Dios me perdone, que mi compañera está celosa! exclamó el francés, al ver que los ojos del animal estaban otra vez rígidos”.

“El águila desapareció en los aires mientras que el soldado admiraba la grupa redondeada de la pantera, que en aquel momento estaba admirable de gracia y juventud. El hombre y el animal se miraron con expresión inteligente, y la pantera se estremeció al sentir que las uñas de su amigo le rascaban la cabeza, sus ojos brillaron como relámpagos, y después los cerró con fuerza”.

- “Ignoro qué daño habría hecho a la pantera (relataría posteriormente el soldado); pero se volvió como si la hubiesen ultrajado, y con sus agudos dientes me mordió en el muslo, aunque ligeramente. Entonces, creyendo yo que su propósito era devorarme, le hundí mi puñal en el cuello. La pantera rodó profiriendo un grito que me heló el corazón; la vi agitarse y mirarme sin cólera; y hubiera dado cualquier cosa en el mundo, hasta la cruz que no tenía aún, para devolverle la vida. Me parecía haber asesinado á una persona y los soldados que, habiendo visto mi bandera, acudían en mi auxilio, me encontraron con lágrimas en los ojos”.

“Por lo demás, no siempre echo de menos mis palmeras y mi pantera... En el desierto se halla todo y no se halla nada. (…) el desierto es Dios sin los hombres”.

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